Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las
otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión
de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un
momento de fumar.
Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El
monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza
faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos
destrozamos las piernas en el caraguatá tras un coatí. A las once
llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como
no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas.
Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un
perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y,
enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito,
interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.
La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un
rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los
sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe,
tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras un árbol, precaución más
que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.
Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.
He cazado algunas veces; sin embargo, el wínchester me temblaba en
las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más
allá de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte
cerrado de malezas, con más fijeza y angustia que en esa ocasión.
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