El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal.
Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y
malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El
hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados
y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló
sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se
le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión
sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como
él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa
también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas
dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e
inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la
mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la
empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció
mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre,
y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de
llegar al término de su existencia.
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un
día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro
turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto,
que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese
momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
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