—¡Señora! —gritó la sirvienta
sofocada aún por la rápida ascensión—: son del depósito de abajo. Están
enojadísimos con los niños... han querido quemar todo.
—¿Qué?, ¿quemar?, ¿qué?... Que suban.
¿Luisa? ¡Ah! ¡estos hijos! El dependiente estaba ya arriba.
—¡Sí, señora, sí, son sus hijos! ¡Sus
niños que ya no saben qué hacer! Estaban agujereando el piso para incendiar el
depósito... Los hemos visto.
—¡Qué horror! ¡Estos hijos van a
acabar conmigo! ¿Pero está seguro? ¿No será una broma de criaturas?
—¿Broma, señora? ¡Sus niños son poco
amigos de bromas! Con una barrena habían hecho un agujero para echar un fósforo.
Se morían de gusto pensando en lo que iba a pasar. Esas son las bromas de sus
niños... Por suerte los hemos oído a tiempo.
La señora prometió corregirlos
debidamente, asegurando al empleado que nunca más volverían a tener quejas de
ellos. Aquel, con una esquiva mirada de desconfianza, volvió gruñendo a su
depósito de alcoholes.
La idea de los chicos era en efecto
de pasmosa sencillez; por el agujero aquel, que el malhadado tuerto denunciara,
se iba a echar entre todos un fósforo encendido. Los toneles de alcohol arden al
menor contacto de una llama; esto es evidente. Pero el fuego artificial había
fracasado porque el tuerto, oyendo el cuchicheo en el techo, había visto el
agujero sobre el cual los chicos se daban incesantes cabezazos para aplicar
todos a un tiempo el ojo. Aunque la idea era del segundo, el mayor había
conseguido la barrena, perteneciéndole por tanto la llave del plan. El menor,
cuya imaginación dormía aún entre recién pasados ensueños de fosfatinas y
arrow—root, había logrado obtener que entre los tres se cogiera el fósforo
encendido, y entre los tres se lo arrojase a aquel cielo prohibido.
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