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Sobre el Arte de Contar Historias

Horacio Quiroga


Ensayo


El manual del perfecto cuentista

Una larga frecuentación de las personas dedicadas entre nosotros a escribir cuentos, y alguna experiencia personal al respecto, me han sugerido más de una vez la sospecha de si no hay, en el arte de escribir cuentos, algunos trucs de oficio, algunas recetas de cómodo uso y efecto seguro, y si no podrían ellos ser formulados para pasatiempo de las muchas personas cuyas ocupaciones serias no les permiten perfeccionarse en una profesión mal retribuida por lo general, y no siempre bien vista.

Esta frecuentación de los cuentistas, los comentarios oídos, el haber sido confidente de sus luchas, inquietudes y desesperanzas, han traído a mi ánimo la convicción de que, salvo contadas excepciones en que un cuento sale bien sin recurso alguno, todos los restantes se realizan por medio de recetas o trucs de procedimiento al alcance de todos, siempre, claro está, que se conozcan su ubicación y su fin.

Varios amigos me han alentado a emprender este trabajo, que podríamos llamar de divulgación literaria, si lo de literario no fuera un término muy avanzado para una anagnosia elemental.

Un día, pues, emprenderé esta obra altruista, por cualquiera de sus lados, y piadosa, desde otro punto de vista.

Hoy apuntaré algunos de los trucs que me han parecido hallarse más a flor de ojo. Hubiera sido mi deseo citar los cuentos nacionales cuyos párrafos extracto más adelante. Otra vez será. Contentémonos por ahora con exponer tres o cuatro recetas de las más usuales y seguras, convencidos de que ellas facilitarán la práctica cómoda y casera de lo que se ha venido a llamar el más difícil de los géneros literarios.


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Dominio público
25 págs. / 44 minutos / 7.015 visitas.

Publicado el 20 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Devorador De Hombres

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama



Yo, Rajá, tigre real de Bengala, voy a contar en lenguaje humano cómo me vengué de mi dueño, el domador Kimberley, que me amansó.

¡Yo, Rajá, tigre manso! Este fue su error. Considerábase muy satisfecho de mi docilidad, de mi dulzura al permitirle hundir su cabeza en mi boca... Pero antes es menester que recuerde cómo fui cazado, y esto dará razón de cuánto oprobio y ardiente sed de venganza resecó mi alma de fiera real en mis cinco años de cautiverio.


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Dominio público
35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 30 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

El Hombre Artificial

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama


I


La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.

—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.

Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.

—Nada, todavía —respondió al fin—; no es tiempo aún.


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Dominio público
37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 23 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

Los Buques Suicidantes

Horacio Quiroga


Cuento


Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 980 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Triple Robo de Bellamore

Horacio Quiroga


Cuento


Días pasados los tribunales condenaron a Juan Carlos Bellamore a la pena de cinco años de prisión por robos cometidos en diversos bancos. Tengo alguna relación con Bellamore: es un muchacho delgado y grave, cuidadosamente vestido de negro. Le creo tan incapaz de esas hazañas como de otra cualquiera que pida nervios finos. Sabía que era empleado eterno de bancos; varias veces se lo oí decir, y aun agregaba melancólicamente que su porvenir estaba cortado; jamás sería otra cosa. Sé además que si un empleado ha sido puntual y discreto, él es ciertamente Bellamore. Sin ser amigo suyo, lo estimaba, sintiendo su desgracia. Ayer de tarde comenté el caso en un grupo.

—Sí —me dijeron—; le han condenado a cinco años. Yo lo conocía un poco; era bien callado. ¿Cómo no se me ocurrió que debía ser él? La denuncia fue a tiempo.

—¿Qué cosa? —interrogué sorprendido.

—La denuncia; fue denunciado.

—En los últimos tiempos —agregó otro— había adelgazado mucho.

Y concluyó sentenciosamente:

—Lo que es yo no confío más en nadie.

Cambié rápidamente de conversación. Pregunté si se conocía al denunciante.

—Ayer se supo. Es Zaninski.

Tenía grandes deseos de oír la historia de boca de Zaninski: primero, la anormalidad de la denuncia, falta en absoluto de interés personal; segundo, los medios de que se valió para el descubrimiento. ¿Cómo había sabido que era Bellamore?

Este Zaninski es ruso, aunque fuera de su patria desde pequeño. Habla despacio y perfectamente el español, tan bien que hace un poco de daño esa perfección, con su ligero acento del Norte. Tiene ojos azules y cariñosos que suele fijar con una sonrisa dulce y mortificante. Cuentan que es raro. Lástima que en estos tiempos de sencilla estupidez no sepamos ya qué creer cuando nos dicen que un hombre es raro.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 525 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Abeja Haragana

Horacio Quiroga


Cuento, Cuento infantil


Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.

Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.

Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.

Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:

—Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.

La abejita contestó:

—Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.

—No es cuestión de que te canses mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.

Y diciendo así la dejaron pasar.

Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:

—Hay que trabajar, hermana.

Y ella respondió en seguida:

—¡Uno de estos días lo voy a hacer!

—No es cuestión de que lo hagas uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la dejaron pasar.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 2.607 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Diablo de un Solo Cuerno

Horacio Quiroga


Cuento


En el país de África, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería vivir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros, que plantaban mandioca y bananos. Pero en aquel lugar no había nadie, ni bananos, ni mandioca, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontrada. Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas, y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga, sí, entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar, y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal; pero las balas de plomo se achataban contra la piel, y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiéndole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo, y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Éste es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 56 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Jangada

Horacio Quiroga


Libreto


Bosquejo de filme con el argumento en grandes líneas, salvo algunas escenas detalladas y varias leyendas ya prontas. 


Figuras principales: 


JULIO ORGAZ: Protagonista, 30 años, ingeniero. 

TOMÁS ELSY: Dueño de obraje, edad madura. 

BEATRIZ ELSY: Hija del anterior, chica educada en Buenos Aires sin mayor conocimiento del valor de la naturaleza y de los hombres. Muy joven.

NARCISO MIRÍN: Veinte y tantos años, pretendiente de Beatriz. Caza, pesca y colecciona mariposas. Tipo ridículo del filme.

CAYÉ: Peón de obraje (mensú). Traidor del filme. 


La escena pasa en el territorio de Misiones. Actos en un obraje, en una jangada y en un banco de arena del Alto Paraná. (En el delineamiento de la cinta, las leyendas ya definitivas se marcan con lápiz rojo. La inicial T intercalada en el texto, indica retrato, casi siempre en primer término, del tipo mencionado en la leyenda previa. La inicial D indica detalle de algún elemento decorativo, reforzador de la incidencia dramática, etc.). 


(Título en blanco)


En 1902, las denuncias recibidas sobre los horrores que se cometían en los obrajes del Territorio de Misiones, fueron tantas y tan continuas, que el Gobierno Nacional, por intermedio del Departamento del Trabajo, envió inspectores que lo cercioraran sobre la verdad de las denuncias. 

El puerto de Posadas, capital de Misiones. Vapor alistándose para zarpar; D - de últimas cargadas de mulas en proa. Peones en la playa, listos para embarcarse. 

Los mensú, nombre genérico de los peones de obraje, cuya vida se reparte entre las penurias del bosque y Posadas, donde derrochan en tres días de locura el adelanto que exigen siempre sobre su futura ganancia. 


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Dominio público
30 págs. / 53 minutos / 15 visitas.

Publicado el 3 de septiembre de 2026 por Brian.

La Meningitis y su Sombra

Horacio Quiroga


Cuento


No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra de todo esto.

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una tarjeta de Funes, que dice así:

_Estimado amigo:

Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

Luis María Funes_.

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

—Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

—Me parece que sí—no pude menos que responderle.

—Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

—Todo lo que quiera—le respondí francamente, aunque poniéndome al mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

—¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 567 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Cacería del Hombre por las Hormigas

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos:

Si yo no fuera su padre, les apostaría veinte centavos a que no adivinan de dónde les escribo. ¿Acostado de fiebre en la carpa? ¿Sobre la barriga de un tapir muerto? Nada de esto. Les escribo acurrucado sobre las cenizas de una gran fogata, muerto de frío… y desnudo como una criatura recién nacida.

¿Han visto cosa más tremenda, chiquitos? Tiritando también a mi lado y desnudo como yo, está un indio apuntándome con la linterna eléctrica como si fuera una escopeta, y a su círculo blanco yo les escribo en una hoja de mi libreta… esperando que las hormigas se hayan devorado toda la carpa.

¡Pero qué frío, chiquitos! Son las tres de la mañana. Hace varias horas que las hormigas están devorando todo lo que se mueve, pues esas hormigas, más terribles que una manada de elefantes dirigida por tigres, son hormigas carnívoras, constantemente hambrientas, que devoran hasta el hueso de cuanto ser vivo encuentran.

A un presidente de Estados Unidos llamado Roosevelt, esas hormigas le comieron, en el Brasil, las dos botas en una sola noche. Las botas no son seres vivos, claro está; pero están hechas de cuero, y el cuero es una sustancia animal.

Por igual motivo, las hormigas de esta noche se están comiendo la lona de la carpa en los sitios donde hay manchas de grasa. Y por querer comerme también a mí, me hallo ahora desnudo, muerto de frío, y con pinchazos en todo el cuerpo.

La mordedura de estas hormigas es tan irritante de los nervios que basta que una sola hormiga pique en el pie para sentir como alfilerazos en el cuello y entre el pelo. La picadura de muchísimas puede matar. Y si uno permanece quieto, lo devoran vivo.

Son pequeñas, de un negro brillante, y corren en columnas con gran velocidad. Viajan en ríos apretadísimos que ondulan como serpientes, y que tienen a veces un metro de anchura. Casi siempre de noche es cuando salen a cazar.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 356 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

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