Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de
cinc y se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la
trinchera, había aún treinta metros y el cajón pesaba. Era ésa la cuarta
detención —y la última—, pues muy próxima la trinchera alzaba su
escarpa de tierra roja.
Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los
dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de
eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de
Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.
De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban
enseguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las
precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol
tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la
angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de
espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara.
El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas
galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies
de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que
nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el
artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos
mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de
calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin,
aunque los dos hombres estaban vestidos como peones y hablaban como
ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones.
Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres
ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos
tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen.
Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret, como
tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con
tanta frescura como de la suya propia.
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