—Mi matrimonio no tiene historia —dijo
Rodríguez Peña una vez que hubo cesado el fuerte trueno—. No hemos tenido drama
alguno, ni antes ni después. Tal vez antes —agregó— pudo haberlo habitado... Y
sin ello no estaría casado.
Otro gran trueno retumbó, más súbito y
violento que los anteriores, y tras él se oyó arreciar, a través de las puertas
cerradas, la lluvia torrencial que inundaba el patio.
—¡Qué horror de agua! —exclamó una
chica, levantándose con algunas compañeras a mirar la lluvia a través de los
postigos. Y a cada nueva descarga que hacía temblar la casa, levantaban los ojos
inquietos al techo.
—Cuéntenos eso, Rodríguez Peña
—dijeron los hombres maduros—. Puede que las niñas casaderas aprovechen su
historia.
Nuestro amigo no se hizo de rogar. Y
gravemente, según su costumbre, comenzó:
—Ustedes saben —dijo— que mi mujer no
es linda. No ignoran tampoco que todos tenemos la vanidad del buen gusto, por lo
cual es muy difícil que anunciemos, sin disculpas a otro hombre que nos hemos
enamorado de una mujer fea. Comprenderán así ustedes cómo no quise confesarme a
mí mismo, los primeros días que la conocí, que amaba a la que es hoy mi mujer.
"Me agradó en seguida, a pesar de su
cara sin gracia. Mi mujer tiene la cara menos graciosa que se puede concebir. Lo
que me sedujo en ella fue la tranquilidad de su alma, y su metal de voz lleno de
bondad. A pesar de esto, no tuve el menor pudor en expresarme así a un amigo que
me había visto rendido con ella.
"—No tenía nada que hacer... Es
interesante, pero tiene una cara imposible...
"Me mostré en lo sucesivo muy
solícito, dándole a comprender que no jugaba con ella; pero, no obstante, mis
expresiones no pasaban de un tono muy ligero, tal vez para engañarme a mí mismo
sobre lo que en realidad sentía por ella.
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