El cazador que tuvo el chucho y fue conmigo al
barrero de Yabebirí se llamaba Leoncio Cubilla. Desde días atrás
presentía una recidiva, y como éstas eran prolongadas, esperamos una
semana, sin novedad alguna, por suerte.
Partimos por fin una mañana después de almorzar. No llevábamos
perros; dos estaban lastimados y los otros no trabajaban bien solos.
Abandonamos la picada maestra tres horas antes de llegar al barrero. De
allí un pique de descubierta nos aproximó legua y media; y la última
etapa —hecha a machete de una a cuatro de la tarde más caliente de
enero— acabó con mi amor al calor.
El barrero consistía en una laguna virtual del tamaño de un patio,
entre un mar de barro. Acampamos allí, en el pajonal de la orilla, para
dominar el monte, a cien metros nuestro. El crepúsculo pasó sin
llevarnos un animal, no obstante parecer habitual la rastrillada de
tapires que subían al monte.
Por sobriedad —o esperanzas de carne fresca, si se quiere— no
llevábamos sino unas cuantas galletas que comí solo; Cubilla no tenía
ganas. Nos acostamos. Mi compañero se durmió enseguida, la respiración
bastante agitada. Por mi parte estaba un poco desvelado. Miraba el
cielo, que ya al anochecer había empezado a cargarse. Hacia el este, en
la bruma ahumada que entonces subía apenas sobre el horizonte, tres o
cuatro relámpagos habían cruzado en zig-zag. Ahora la mitad del cielo
estaba cubierta. El calor pesaba más aún en el silencio tormentoso.
Por fin me dormí. Presumo que sería la una cuando me despertó la voz de Cubilla:
—¡El aguará guazú, patrón!
Se había incorporado y me miraba de hito en hito. Salté sobre la escopeta:
—¿Dónde?
Volvió cautelosamente la cabeza, mirando a todos lados, y repitió conteniendo la voz:
—¡El aguará!
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