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Misiones

Horacio Quiroga


Artículo


El Ambiente


El territorio nacional de Misiones —o algunas de sus zonas características— ha prestado su escenario para el desarrollo de más de un relato en que el recién llegado a aquella región ha sufrido y continúa sufriendo, sobre su destino, el ensalmo que el suelo, el paisaje y el clima de Misiones infiltran en un individuo hasta abolir totalmente en su voluntad toda ulterior tentativa de abandonar el país.

Cuentan en primera línea, y sólo para una pequeña zona del litoral, dos personajes de distinta índole, francés el uno, criollo el otro. El primero de éstos había llegado un tiempo atrás a la capital del territorio con un cargo perfectamente determinado: tenedor de libros de una de las grandes casas de Posadas. A pesar de ser aún muy joven, su gran conocimiento del Debe y Haber augurábale próspero y rápido porvenir en la plaza. No tenía flaqueza alguna; antes bien, sus virtudes chocaban casi por la intensidad de su puritanismo.


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7 págs. / 12 minutos / 10 visitas.

Publicado el 22 de agosto de 2026 por Brian.

Post-Amor

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Hay una teoría filosófica, cuya tendencia positiva y humana nos muestra en la denominación de cada estado psicológico, el móvil de una idea, de una evolución, de un sentimiento.

En el orden pasional o simplemente afectivo, la conciencia del yo origina el egoísmo, y éste á su vez engendra el interés.

Lo que a los poetas se escapa en una nube de cadencias rimadas en el corazón, los adeptos á aquella doctrina lo han incrustado en una palabra amplia de trascendencia severa.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 10 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

Ante el Tribunal

Horacio Quiroga


Artículo, crítica


Cada veinticinco o treinta años el arte sufre un choque revolucionario que la literatura, por su vasta influencia y vulnerabilidad, siente más rudamente que sus colegas. Estas rebeliones, asonadas, motines o como quiera llamárseles, poseen una característica dominante que consiste, para los insurrectos, en la convicción de que han resuelto por fin la fórmula del Arte Supremo.

Tal pasa hoy. El momento actual ha hallado a su verdadero dios, relegando al olvido toda la errada fe de nuestro pasado artístico. De éste, ni las grandes figuras cuentan. Pasaron. Hacía atrás, desde el instante en que se habla, no existe sino una falange anónima de hombres que por error se consideraron poetas. Son los viejos. Frente a ella, viva y coleante, se alza la falange, también anónima, pero poseedora en conjunto y en cada uno de sus individuos, de la única verdad artística. Son los jóvenes, los que han encontrado por fin en este mentido mundo literario el secreto de escribir bien.

Uno de estos días, estoy seguro, debo comparecer ante el tribunal artístico que juzga a los muertos, como acto premonitorio del otro, del final, en que se juzgará a los "vivos" y los muertos.

De nada me han de servir mis heridas aún frescas de la lucha, cuando batallé contra otro pasado y otros yerros con saña igual a la que se ejerce hoy conmigo. Durante veinticinco años he luchado por conquistar, en la medida de mis fuerzas, cuanto hoy se me niega. Ha sido una ilusión. Hoy debo comparecer a exponer mis culpas, que yo estimé virtudes, y a librar del báratro en que se despeña a mi nombre, un átomo siquiera de mi personalidad.


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3 págs. / 5 minutos / 203 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Aspectos Del Modernismo

Horacio Quiroga


Artículo


El pensamiento, a igual que el sentimiento, evoluciona con los tiempos y las épocas. Bajo el imperio de un cerebro poderoso, pero desequilibrado, la idea deja de ser severa para ser brillante, ilumina más de lo que enseña; deslumbra más de lo que ilumina. Llega coloreada a lo interno, pasando a través de la imaginación.

Las generaciones desarrolladas en ese medio, obran y reaccionan conforme a esa tendencia que el genio imprime a un siglo entero.

En nuestras edades, el pensamiento bucea siempre, mina siempre la verdad; pero más a menudo vuela. Y esta repetida elevación de cabeza nos sume en constante vértigo. Acabamos por deslumbrarnos, prefiriendo un golpe de alas a un golpe de piqueta; la reverberación de una imagen a la serenidad de un aforismo.

Somos más artistas que pensadores; gustamos más de un sofisma resplandeciente que de una verdad fríamente expuesta.


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1 pág. / 2 minutos / 10 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

De "Algo"

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Vamos a ver: El pesimismo, esa terrible afección del sentimiento, ¿puede dominarnos, sin antes haber sentido los efectos del desengaño, del exceso, del hastío?

No lo parece a simple vista; y sin embargo, es verdad. Tengo un amigo muy joven aún, casi un niño. Un niño, y es pesimista.

¿Ha sufrido mucho?. Creo que no, en el sentido general de la palabra. Su delicadeza extrema, su sentimiento riquísimo ha sufrido con una gota que no quema, con un dolor apenas. Lee desde pequeño; y aún no tenía doce años y lloraba sobre "Los miserables", aquella última estrofa del libro, el crepúsculo de Valjean. Creo que ha nacido en una mañana de otoño y su escuela fueron los llantos de su madre y los besos de dolor al hijo póstumo Es enfermo, nervioso, hasta la neurastenia; no ríe con frecuencia.

¿Comprenderéis que a los 17 años, el amigo mío crea más en el dolor que en el placer, que dude de la ciencia, del amor?


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1 pág. / 1 minuto / 9 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

El Desierto y Otros Cuentos

Horacio Quiroga


Cuentos, Colección


El desierto

La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit. El hombre conocía bastante bien su río para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa.

La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.

Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no se oía tampoco ahora un solo trueno.

«Lluvia para toda la noche» —pensó. Y volviéndose a sus acompañantes, que se mantenían mudos en popa:

—Pónganse las capas —dijo brevemente—. Y sujétense bien.

En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y dos o tres veces el remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido. Pero aun a trueque de romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la fronda, pues de apartarse cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda la noche delante de su puerto, sin lograr verlo.

Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero avanzó un rato aún. Las gotas caían ahora más densas, pero también con mayor intermitencia. Cesaban bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de dónde. Y recomenzaban otra vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de nuevo en la misma oscuridad y la misma depresión de atmósfera.

—Sujétense bien —repitió Subercasaux a sus dos acompañantes—. Ya hemos llegado.


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113 págs. / 3 horas, 17 minutos / 939 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El León

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez una ciudad levantada en pleno desierto, donde todo el mundo era feliz. La ciencia, la industria y las artes habían culminado al servicio de aquella ciudad maravillosa que realizaba el ideal de los hombres. Gozábase allí de todos los refinamientos del progreso humano, pues aquella ciudad encarnaba la civilización misma.

Pero sus habitantes no eran del todo felices, aunque lo hayamos dicho, porque en su vecindad vivían los leones.

Por el desierto lindante corrían, saltaban, mataban y se caían los leones salvajes. Las melenas al viento, la nariz husmeante y los ojos entrecerrados, los leones pasaban a la vista de los hombres con su largo paso desdeñoso. Detenidos al sesgo, con la cabeza vuelta, tendían inmóviles el hocico a las puertas de la ciudad, y luego trotaban de costado, rugiendo.

El desierto les pertenecía. En balde y desde tiempo inmemorial, los habitantes de la ciudad habían tratado de reducir a los leones. Entre la capital de la civilización y las demás ciudades que pugnaban por alcanzar ésta, se interponía el desierto y su bárbara libertad. Idéntico ardor animaba a ambos enemigos en la lucha; la misma pasión que ponían los hombres en crear aquella gozosa vida sin esfuerzos, alimentaba en los leones su salvaje violencia. No había fuerza, ni trampa, ni engaño que no hubieran ensayado los hombres para sojuzgarlos; los leones resistían, y continuaban cruzando el horizonte a saltos.

Tales eran los seres que desde tiempo inmemorial obstaculizaban el avance de la civilización.

Pero un día los habitantes decidieron concluir con aquel estado de cosas, y la ciudad entera se reunió a deliberar. Pasaron los días en vano. Hasta que por fin un hombre habló así:


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4 págs. / 7 minutos / 648 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Mono Que Asesinó

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama


I


La terrible aventura comenzó en el jardín zoológico una mañana en que nuestro hombre se paseaba bastante aburrido de una jaula a otra. Sus pasos lo llevaron ante el puercoespín, personaje tan espinoso como modesto, pues casi nunca se lo ve fuera de su gruta; arrancáronlo de ahí para detenerlo ante las víboras adormecidas, y luego, pisando una rama seca aquí, mirando distraído allá, Guillermo Boox se detuvo en la jaula de los grandes monos, justamente ante la del pseudogibón ceniciento, al que acompañaban dos pequeños monos de Gibraltar, llamados «monas» con gravísima ofensa para los machos de la especie. 


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36 págs. / 1 hora, 3 minutos / 9 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

El Vampiro

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Con motivo de una agitación insólita que parecía producirse en la caballeriza, una noche de otoño, en un obraje del Alto Paraná, nos trasladamos a los galpones a ver qué pasaba allí, Nada vimos de anormal. Las mulas comían plácidamente sus hojas de palmera, sin el más leve asomo de inquietud.

Solamente que al barrer con el foco eléctrico los lomos de las acémilas, se levantaron de sobre ellas fantásticas sombras que agitaron el ámbito con su vuelo zumbante.

Eran los vampiros. Del lomo de cada mula, preferentemente de la cruz, escurrían hasta el suelo gruesos hilos de sangre.


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1 pág. / 3 minutos / 9 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Los Perseguidos

Horacio Quiroga


Cuento


Una noche que estaba en casa de Lugones, la lluvia arreció de tal modo que nos levantamos a mirar a través de los vidrios. El pampero silbaba en los hilos, sacudía el agua que empañaba en rachas convulsivas la luz roja de los faroles. Después de seis días de temporal, esa tarde el cielo había despejado al sur en un límpido azul de frío. Y he aquí que la lluvia volvía a prometernos otra semana de mal tiempo.

Lugones tenía estufa, lo que halagaba suficientemente mi flaqueza invernal. Volvimos a sentarnos prosiguiendo una charla amena, como es la que se establece sobre las personas locas. Días anteriores aquél había visitado un manicomio, y las bizarrías de su gente añadidas a las que yo por mi parte había observado alguna vez, ofrecían materia de sobra para un confortable vis a vis de hombres cuerdos.

Dada, pues, la noche, nos sorprendimos bastante cuando la campanilla de la calle sonó. Momentos después entraba Lucas Díaz Vélez.

Este individuo ha tenido una influencia bastante nefasta sobre una época de mi vida, y esa noche lo conocí. Según costumbre, Lugones nos presentó por el apellido únicamente, de modo que hasta algún tiempo después ignoré su nombre.

Díaz era entonces mucho más delgado que ahora. Su ropa negra, color trigueño mate, cara afilada y grandes ojos negros, daban a su tipo un aire no común. Los ojos, sobre todo, de fijeza atónita y brillo arsenical, llamaban fuertemente la atención. Peinábase en esa época al medio y su pelo lacio, perfectamente aplastado, parecía un casco luciente.

En los primeros momentos Vélez habló poco. Cruzóse de piernas, respondiendo lo justamente preciso. En un instante en que me volví a Lugones, alcancé a ver que aquél me observaba. Sin duda en otro hubiera hallado muy natural ese examen tras una presentación, pero la inmóvil atención con que lo hacía, me chocó.


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24 págs. / 43 minutos / 321 visitas.

Publicado el 4 de noviembre de 2022 por Edu Robsy.

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