El individuo se enfermó. Llegó a la casa con atroz
dolor de cabeza y náuseas. Acostose enseguida, y en la sombría quietud
de su cuarto sintió sin duda alivio. Mas a las tres horas aquello
recrudeció de tal modo que comenzó a quejarse a labio apretado. Vino el
médico, ya de noche, y pronto el enfermo quedó a oscuras, con bolsas de
hielo sobre la frente.
Las hijas de la casa, naturalmente excitadas, contáronnos en voz
todavía baja, en el comedor, que era un ataque cerebral, pero que por
suerte había sido contrarrestado a tiempo. La mayor de ellas, sobre
todo, una muchacha fuertemente nerviosa, anémica y desaliñada, cuyos
ojos se sobreabrían al menor relato criminal, estaba muy impresionada.
Fijaba la mirada en cada una de sus hermanas que se quitaban mutuamente
la palabra para repetir lo mismo.
—¿Y usted, Desdémona, no lo ha visto? —preguntole alguno.
—¡No, no! Se queja horriblemente… ¿Está pálido? —se volvió a Ofelia.
—Sí, pero al principio no… Ahora tiene los labios negros.
Las chicas prosiguieron, y de nuevo los ojos dilatados de Desdémona iban de la una a la otra.
Supongo que el enfermo pasó estrictamente mal la noche, pues al día
siguiente hallé el comedor agitado. Lo que tenía el huésped no era
ataque cerebral sino viruela. Mas como para el diagnóstico anterior, las
chicas ardían de optimismo.
—Por suerte, es un caso sumamente benigno. El mismo médico le dijo a
la madre: «No se aflija, señora, es un caso sumamente benigno».
Ofelia accionaba bien, y Artemisa secundaba su seguridad. La hermana
mayor, en cambio, estaba muda, más pálida y despeinada que de costumbre,
pendiente de los ojos del que tenía la palabra.
—Y la viruela no se cura, ¿no? —atreviose a preguntar, ansiosa en el
fondo de que no se curara y aun hubiera cosas mucho más desesperantes.
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