Chiquitos:
Los dos perros de caza que yo tenía, no existen más. Uno
lo perdí hace ya una semana en un combate con una víbora de la cruz; el
otro fue triturado ayer por un inmenso yacaré.
¡Y qué perros eran, chiquitos míos ! ¡Ustedes no hubieran dado
cinco centavos por ellos: tan flacos y llenos de cicatrices estaban. Mis
pobres perros no se parecían a esos lanudos perros grises de policía
que ustedes ven allí, juguetones y reventando de grasa, ni a esos
leonados perros ovejeros, que peinan con el pelo partido al medio. Los
míos eran perros de monte, sin familia conocida, ni padres muchas veces
conocidos tampoco. Pero como perros de caza, bravos, resistentes y
tenaces para correr, no tenían iguales.
Fíjense bien en esto: el instinto de cazar en los animales, y el
perro entre ellos, es una cuestión de hambre. Cuanta más hambre tienen
más se les aguza el olfato, y mayor es su tenacidad para perseguir a su
presa. Un perro gordo, con el vientre bien hinchado, prefiere dormir la
siesta en un felpudo a correr horas enteras tras tigre.
Los animales, como los hombres, hijos míos, son más activos cuando tienen hambre.
Bueno. Perdí mis perros, y si no pude vengar el primero, pues era
de noche y estábamos en un pajonal, tuve en cambio el gusto de
crucificar —como ustedes lo oyen— al yacaré que me devoró el segundo.
La historia pasó de este modo:
Ayer, al entrar el sol, estaba acampado a la orilla del río
Bermejo, en el territorio del Chaco, cuando vi pasar, muy alto, una
bandada de garzas blancas. Las seguí con la vista, pensando en el gusto
con que habría bajado de un tiro dos o tres, para enviarles las largas
plumas del lomo, o «aigrettes», como las llaman en las casas de modas.
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