Textos más populares este mes de Horacio Quiroga disponibles | pág. 11

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autor: Horacio Quiroga textos disponibles


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El Cine

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo, Compilación


Punto De Vista


Toda vez que el teatro ha tratado de llevar a la escena una obra cuyo asunto escapaba a las rígidas leyes de tiempo y lugar que rigen a una obra común; cuando la importancia capital de repetidas escenas, la multiplicidad de los lugares de acción o el largo tiempo transcurrido de una escena a otra; cuando todas o cada una de estas contingencias dramáticas aportaban su extraño elemento al escenario, el teatro, en estas ocasiones, no hacía teatro sino cine.

Cuando una obra meditada para el cine se desarrolla en la pantalla en cuatro o cinco escenas de violento contraste con el ambiente inicial de la pieza, y esas cuatro o cinco escenas absorben y condensan la vida interna de los personajes como si su psicología esperara ese instante para hacer allí explosión; cuando todo lo que es progresivo en el tiempo y en el alma —se trate del desenvolvimiento de un carácter o de un conflicto pasional— se resuelve en un corto número de escenas de gran efecto, el cine, al desaprovechar todas las fuerzas que de gradación y naturalidad posee, en vez de hacer cine hace entonces teatro. 


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Dominio público
119 págs. / 3 horas, 29 minutos / 10 visitas.

Publicado el 12 de septiembre de 2026 por Brian.

Post-Amor

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Hay una teoría filosófica, cuya tendencia positiva y humana nos muestra en la denominación de cada estado psicológico, el móvil de una idea, de una evolución, de un sentimiento.

En el orden pasional o simplemente afectivo, la conciencia del yo origina el egoísmo, y éste á su vez engendra el interés.

Lo que a los poetas se escapa en una nube de cadencias rimadas en el corazón, los adeptos á aquella doctrina lo han incrustado en una palabra amplia de trascendencia severa.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 10 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

La Señorita Leona

Horacio Quiroga


Cuento


Una vez que el hombre, débil, desnudo y sin garras, hubo dominado a los demás animales por el esfuerzo de su inteligencia, llegó a temer por el destino de su especie.

Había alcanzado ya entonces las más altas cumbres del pensamiento y de la belleza. Pero por bajo de estos triunfos exclusivamente mentales, obtenidos a costa de su naturaleza original, la especie se moría de anemia. Tras esa lucha sin tregua, en que el intelecto había agotado cuanto de dialéctica, sofismas, emboscadas e insidias caben en él, no quedaba al alma humana una gota de sinceridad. Y para devolver a la raza caduca su frescura primordial, los hombres meditaron introducir en la ciudad, criar y educar entre ellos a un ser que les sirviera de viviente ejemplo: un león.

La ciudad de que hablamos estaba naturalmente rodeada de murallas. Y desde lo alto de ellas los hombres miraban con envidia a los animales, de frente en fuga y sangre copiosísima, correr en libertad.

Una diputación fue, pues, al encuentro de los leones y les habló así:

—Hermanos: Nuestra misión es hoy de paz. Óigannos bien y sin temor alguno. Venimos a solicitar de ustedes una joven leona para educarla entre nosotros. Nosotros daremos en rehén un hijo nuestro, que ustedes a su vez criarán. Deseamos criar una joven leona desde sus primeros días. Nosotros la educaremos, y el ejemplo de su fortaleza aprovechará a nuestros hijos. Cuando ambos sean mayores, decidirán libremente de su destino.

Largas horas los leones meditaron con ojos oblicuos ante aquella franqueza inhabitual. Al fin accedieron; y en consecuencia se internaron en el desierto con un hombrecito de tres años que acompañaban con lento paso, mientras los hombres retornaban a la ciudad llevando con exquisito cuidado en brazos a una joven leona, tan joven que esa mañana había abierto las pupilas, y fijaba en los hombres que la cargaban, uno tras otro, la mirada clarísima y vacía de sus azules ojos.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 342 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Cachorros de Aguará-Guazú

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Voy a contarles ahora, chiquitos, la historia muy corta de tres cachorritos salvajes que asesiné —bien puede decirse—, llevado por las circunstancias.

Hace ya algún tiempo, poco después del asunto con la serpiente de cascabel, que les conté con detalles, tres indios de Salta enfermos del chucho y castañeteando los dientes, llegaron a venderme tres cachorritos de aguará -guazú casi recién nacidos.

Yo no tenía vacas, ustedes bien saben; ni una mala cabra para alimentar con su leche a los recién nacidos. Iba, pues, a desistir de adquirirlos, por mucho que me interesaran los zorritos, cuando uno de los indios, el más flaco y más tiritante de chucho, me ofreció en venta también dos tarros de leche condensada, que extrajo con gran pena del bolsillo del pantalón.

¿Habrán visto indio más pillo? ¿De dónde podía haber sacado sus tarros de leche? De un ingenio, seguramente. Estos indios de Salta van todos los otoños a trabajar en los ingenios de azúcar de Tucumán. Allí aprenden muchas cosas, Y entre las cosas que aprenden, aprenden a apreciar la bondad de la leche cuando sus chicos están enfermos del vientre.

El indio poseedor de los tarros de leche condensada era seguramente padre de familia . Y pensó con mucha razón que yo le compraría sus tarros para criar a los aguaracitos. Y el demonio de indio acertó, pues yo, entusiasmado con los cachorritos, que compré por un peso los tres, pagué 10 por los dos tarros de leche. Y a más pagué un paquete de tabaco, y un retrato de mi tío, que vio colgado en la carpa. Hasta hoy no sé qué utilidad puede haberle reportado ese retrato de mi tío.

Crié, pues, a los cachorros de aguará-guazú, o gran zorro del Chaco, como también se le llama.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 628 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

De "Algo"

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Vamos a ver: El pesimismo, esa terrible afección del sentimiento, ¿puede dominarnos, sin antes haber sentido los efectos del desengaño, del exceso, del hastío?

No lo parece a simple vista; y sin embargo, es verdad. Tengo un amigo muy joven aún, casi un niño. Un niño, y es pesimista.

¿Ha sufrido mucho?. Creo que no, en el sentido general de la palabra. Su delicadeza extrema, su sentimiento riquísimo ha sufrido con una gota que no quema, con un dolor apenas. Lee desde pequeño; y aún no tenía doce años y lloraba sobre "Los miserables", aquella última estrofa del libro, el crepúsculo de Valjean. Creo que ha nacido en una mañana de otoño y su escuela fueron los llantos de su madre y los besos de dolor al hijo póstumo Es enfermo, nervioso, hasta la neurastenia; no ríe con frecuencia.

¿Comprenderéis que a los 17 años, el amigo mío crea más en el dolor que en el placer, que dude de la ciencia, del amor?


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1 pág. / 1 minuto / 9 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

Las Rayas

Horacio Quiroga


Cuento


...—"En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."

Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.

—Les contaré la historia—comenzó el hombre—porque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados —uno conmigo en los libros y otro en la venta— nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros como si aquella cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros!... En fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.

El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.


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3 págs. / 5 minutos / 577 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Salvaje

Horacio Quiroga


Cuento


El sueño

Después de traspasar el Guayra, y por un trecho de diez leguas, el río Paraná es inaccesible a la navegación. Constituye allí, entre altísimas barrancas negras, una canal de doscientos metros de ancho y de profundidad insondable. El agua corre a tal velocidad que los vapores, a toda máquina, marcan el paso horas y horas en el mismo sitio. El plano del agua está constantemente desnivelado por el borbollón de los remolinos que en su choque forman conos de absorción, tan hondos a veces que pueden aspirar de punta a una lancha a vapor. La región, aunque lúgubre por el dominio absoluto del negro del bosque y del basalto, puede hacer las delicias de un botánico, en razón de la humedad ambiente reforzada por lluvias copiosísimas, que excitan en la flora guayreña una lujuria fantástica.

En esa región fui huésped, una tarde y una noche, de un hombre extraordinario que había ido a vivir a Guayra, solo como un hongo, porque estaba cansado del comercio de los hombres y de la civilización, que todo se lo daba hecho; por lo que se aburría. Pero como quería ser útil a los que vivían sentados allá abajo aprendiendo en los libros, instaló una pequeña estación meteorológica, que el gobierno argentino tomó bajo su protección.

Nada hubo que observar durante un tiempo a los registros que se recibían de vez en cuando; hasta que un día comenzaron a llegar observaciones de tal magnitud, con tales decímetros de lluvia y tales índices de humedad, que nuestra Central creyó necesario controlar aquellas enormidades. Yo partía entonces para una inspección a las estaciones argentinas en el Brasil, arriba del Iguazú; y extendiendo un poco la mano, podía alcanzar hasta allá.


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23 págs. / 40 minutos / 159 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Fantasía Nerviosa

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.

Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.

Tenías las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.

Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.

Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.

En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.

Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.

Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas pálidas que llevaba prendido al seno.

Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.


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2 págs. / 4 minutos / 34 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Diablo de un Solo Cuerno

Horacio Quiroga


Cuento


En el país de África, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería vivir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros, que plantaban mandioca y bananos. Pero en aquel lugar no había nadie, ni bananos, ni mandioca, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontrada. Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas, y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga, sí, entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar, y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal; pero las balas de plomo se achataban contra la piel, y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiéndole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo, y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Éste es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.


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4 págs. / 8 minutos / 56 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Diablito Colorado

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un chico que se llamaba Ángel y vivía en la cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía enferma; y Ángel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires, donde estaba su familia. Pero allá en la cordillera, con el ejercicio y la vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más tarde serán hombres enérgicos.

Una tarde que Ángel corría por los valles, el cielo de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de Ángel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Ángel oyó un grito sumamente débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y saltaba y miraba asustado a Ángel, con su linda carita de diablito.

El muchacho lo agarró después por la punta de la cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de mirarlo bien por todos lados, le dijo:

─Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y arrojaré al medio del largo.

Al oír lo cual el diablito se echó a reír:


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7 págs. / 13 minutos / 47 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

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