Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha
delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a
lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que
dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera
haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.
Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta
prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un
badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella
se vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó,
bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.
Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A
la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos.
La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora
bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el
tiempo que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien
calzada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los
escalones; pero juraría que no me equivoqué en un solo número y que
llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.
Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica
del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.
Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí:
DOCTOR SWINDENBORG
FÍSICO DIETÉTICO
¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa
mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado
una ideal ascensión de escalera, para concluir…
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