En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque
«Yabebirí» quiere decir precisamente «Río—de—las—rayas». Hay tantas, que
a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a
quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar rengueando
media legua para llegar a su casa: el hombre iba llorando y cayéndose de
dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se puede sentir.
Como en el Yabebirí hay también muchos otros peces, algunos hombres
van a cazarlos con bombas de dinamita. Tiran una bomba al río, matando
millones de peces. Todos los peces que están cerca mueren, aunque sean
grandes como una casa. Y mueren también todos los chiquitos, que no
sirven para nada.
Ahora bien: una vez un hombre fue a vivir allá, y no quiso que
tiraran bombas de dinamita, porque tenía lastima de los pececitos. Él no
se oponía a que pescaran en el río para comer; pero no quería que
mataran inútilmente a millones de pececitos. Los hombres que tiraban
bombas se enojaron al principio, pero como el hombre tenía un carácter
serio, aunque era muy bueno, los otros se fueron a cazar a otra parte, y
todos los peces quedaron muy contentos. Tan contentos y agradecidos
estaban a su amigo que había salvado a los pececitos, que lo conocían
apenas se acercaba a la orilla Y cuando él andaba por la costa fumando,
las rayas lo seguían arrastrándose por el barro, muy contentas de
acompañar a su amigo. Él no sabía nada, y vivía feliz en aquel lugar.
Y sucedió que una vez, una tarde, un zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí, y metió las patas en el agua, gritando:
—¡Eh, rayas! ¡Ligero! Ahí viene el amigo de ustedes, herido.
Las rayas, que lo oyeron, corrieron ansiosas a la orilla. Y le preguntaron al zorro:
—¿Qué pasa? ¿Dónde está el hombre?
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