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Para Estudiar el Asunto

Horacio Quiroga


Cuento


No ha habido probablemente empresa más contrariada en sus principios que la Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza motriz. Ya se ve: un rival de ese calibre perjudicaba en lo más hondo de sus estatutos a todas las compañías existentes nacionales o transatlánticas, de gas o electricidad. Hubo obstrucciones sin cuenta, tratándose naturalmente de una lucha de millones. Pero cuando el pozo de la Continental hubo llegado a cuatrocientos ochenta y tres metros, y la columna artesiana surgió con mucho mayor empuje del calculado, la hostilidad arreció.

La Continental, sin embargo, maniobró tan sabiamente, que obtuvo maravillosas garantías, y acto seguido la concesión pasaba al Congreso.

Ahora bien, la mayoría de los diputados halló que las garantías del gobierno eran excesivas, y la concesión, con proyecciones hasta el Juicio Final.

De modo que la Hidráulica, viendo en esa resistencia un peligro mucho mayor que los hasta entonces corridos, resolvió iluminar debidamente el cerebro de los congresales.

El primero a quien le cupo el honor de esta respetable enseñanza —y decimos «primero» por simple cálculo de probabilidades— fue David Seguerén, correntino, jurisconsulto, y de blancura más bien disimulada. Este joven sensato, electo por cualquier misterio de la política, debía concluir su periodo el próximo año. Hallábase desprovisto de toda esperanza de reelección, y aunque antes había atendido su naciente estudio con éxito, volviendo allá no tendría mucho que hacer, después de cuatro años de clientela perdida. Luego, había una madre y muchas hermanas, pobres como él y como lo habían sido siempre. Seguerén veía, pues, acercarse el momento de su cesantía, con la constante inquietud del hombre que alimenta a su familia paterna.

Esta inquietud fue la brecha a que se dirigió la empresa.


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2 págs. / 4 minutos / 99 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


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4 págs. / 7 minutos / 24 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Rea Silvia

Horacio Quiroga


Cuento


Hay en este mundo naturalezas tan francamente abiertas a la vida que la desgracia puede ser para ellas el pañal en que se envuelven al nacer. Permítaseme esta ligera filosofía en honor a la crítica infancia de una criatura que nació para los más tormentosos debates de la pasión humana, y cuya vida pudo ser desgraciada como puede serlo el agua de los más costosos jarrones.

Sus padres le dieron por nombre Rea Silvia y la conocí en su propia casa. Era una criatura voluntariosa, de ojos negros y aterciopelados. Su alma expuesta al desquicio la hizo adorar (era muy pequeña) los brocatos oscuros de los sillones, las cortinas de terciopelo en que se envolvía tiritando como en un grande abrazo.

Era alegre, no obstante. Su turbulencia pasaba la medida común de las hijas últimas a que todo se consiente. Las amigas queridas de su mamá (señorita de Almendros, señorita de Joyeuse, señora de Noblecorazón) soñaban —unas para el futuro, otra para esos días— un ángel igual al de la blanca madre. El canario, que era una diminuta locura, los mirlos más pendencieros de la casa vecina, vivían en gravedad, si preciso fuera compararlos con las carcajadas de Rea. ¿Cómo, pues, tan alegre, perdía las horas en la sala oscura, sombra y desgracia de las hijas que van a soñar en ellas? Problemas son estos que solo una noble y grande alma puede descifrar.

Hay detalles que pintan un carácter: si esto es vulgar, Rea Silvia no lo era.

Hablaba de amor.

—Yo sé —decía una vez delante de un reflexivo grupo de criaturas—, yo sé muchas cosas. Yo he leído y además adivino. Para nosotras (se alisó gravemente la falda) el amor es toda la existencia. Una señora murió, murió de amor. Nadie la conocía sino mamá y papá. Murió.

Las criaturas —de la mano— se miraron. Una alzó la voz débilmente:

—¿Murió?…


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4 págs. / 8 minutos / 42 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Su Chauffeur

Horacio Quiroga


Cuento


Lo encontré en la barranca de Pino, haciendo eses con su automóvil ante la Comisión Examinadora de tráfico.

—Aquí me tiene —me dijo alegremente, a pesar del sudor que lo cubría—, enredado en estos engranajes del infierno. Un momento, y concluyo. ¡Vamos! ¡Arre!

Yo no le conocía veleidades automovilísticas, ni tampoco otras, fuera de una cultura general que disimulaba risueñamente bajo su blanca dentadura de joven lobo.

—Ya concluimos. ¡Uf! Debo de haber roto uno o dos dientes… ¿No le interesa el auto?… A mí tampoco, hasta hace una semana. Ahora… ¡Buen día, compañero! Voy a limpiarme los oídos del ruido de los engranajes.

Y cuando se iba con su automóvil, volvió la cabeza y me gritó sin parar el motor:

—¡Una sola pregunta! ¿Qué autor está en este momento de moda entre las damas de mundo?

Mis veleidades particulares no alcanzan hasta ese conocimiento. Le di al azar un par de nombres conocidos.

—… ¿Y Tagore? Perfectamente.

—Agregue Proust —agregué después de un momento de reflexión—. Bien mirado, quédese con éste. ¿Para qué quiere a Proust?

Se rió otra vez, echando mano a sus palancas por toda despedida, y enfiló a la Avenida Vertiz.

Dos meses después hallábame yo en el centro esperando filosóficamente un claro en la cerrada fila de coches, cuando en un automóvil de familia tuve la sorpresa de ver a mi chauffeur, de librea, hierático y digno en su volante como un chauffeur de gran casa.

Creí que no me hubiera visto; pero al pasar el coche, y sin alterar la línea de su semblante, me lanzó de reojo una guiñada de reconocimiento, y siguió imperturbable su camino.

Yo hubiera concluido por hacer lo mismo con el mío, si un instante después no me saludan con la mano en la visera, y me cogen del brazo. Era mi chauffeur.


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7 págs. / 13 minutos / 66 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Suicidio de Amor

Horacio Quiroga


Cuento


─¿Los hombres de ahora? ¡Bah! ¡Son incapaces del menor amor, del más pequeño amor! ¿Se ríe?... Y no vayamos muy lejos, señor Oyuela... ¿Cuántos meses me ha pretendido usted?

─Pretendido... señorita...

─Pongamos gustado... es lo mismo. Tal vez dos meses... uno por lo menos. ¿Y por qué no me «pretendió» realmente, como usted dice?

─Porque usted no tiene fortuna.

─¡Exactamente, señor Oyuela! ¡Y todavía se atreve usted a defender a sus contemporáneos!

─Primero de todo, señorita, yo no he ofendido a los hombres de ahora, ni a los de nunca. Segundo, yo no la pretendí a usted porque usted no tiene fortuna y porque tampoco la tengo yo. Y siendo, como soy, un ser completamente inútil, de más está probarle la insigne locura que hubiera cometido.

─¡Pero justamente, Oyuela! En esa locura habría consistido su amor... si me lo hubiese tenido. Un amor que no se lanza, que no da la energía suficiente para luchar en todo y contra todo, tornando facilísimo lo que parece insalvable a un hombre no enamorado, no, ¡eso no es amor, ni lo ha sido jamás, señor!

─Acaso, señorita Leonor... Acaso no pueda yo discutir con sus dos años de Filosofía y Letras... ¿Creo que fueron dos años los que usted cursó?...

─Uno solamente, señor Completamente Inútil... ¿Y no fue esto un poquito de motivo para que usted no me...

─No creo. ¡Si usted hubiera tenido fortuna!... Pero, en fin, usted insiste en que esas locuras de vida pruebas amor, ¿no es eso?

─¡Inmensamente, sí!

─Pues yo conozco un caso en que no hay nada de eso, y prueba seguramente mucho más amor... pero temo contarlo.

─¿Quién? ¿Usted?... ¿Y usted teme contarme algo, después de todas las tonterías que ha dicho cuando... usted creía que yo tenía fortuna?

─No, ésta es zoncera de un orden que usted tal vez con comprendería.


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2 págs. / 4 minutos / 21 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Dos Historias de Pájaros

Horacio Quiroga


Cuento


─Yo le voy a contar a usted esto mismo ─me dijo el plantador─: dos historias de pájaros. Después de ellas comprenderá usted en gran parte lo que está viendo.

Lo que yo veía era un tendal de preciosos pajarillos, rigurosamente envenenados por el hombre que me hablaba. Sus cadáveres salpicaban como gotas de sangre toda la extensión de los almácigos de yerba. Noche a noche el plantador, con su linterna eléctrica, distribuía los granos envenenados, no sólo en los canteros, sino por la quinta de frutales, en el jardín mismo, donde no es presumible que las avecillas de color púrpura hicieran daño alguno.

Hasta donde alcanzaba el poder de aquel hombre, su plantación era un cementerio de pájaros. Por todas partes se veía sus cadáveres desplumados por el viento, y más o menos secos, según que el sol o las hormigas del país se hubieran anticipado a la descomposición.

Todas las madrugadas la plantación entera trinaba melodiosamente como en una aurora de paraíso. Pero al salir el sol, aquella aurora melodiosa se abatía fulminada en lluvia de sangre.

─Esto mismo ─repitió el hombre, contemplando tranquilo la matinal hecatombe que yo miraba mudo─. Yo también sentía lo que siente usted ahora ante este espectáculo, y juraba que una casa sin niños, una tierra sin flores y una aurora sin pájaros, son la desolación misma. Para los individuos en mi caso, creo hoy que las flores y los pájaros constituyen un lujo, así sea de la naturaleza, y sólo gozable con amor por las gentes ricas. El hombre pobre, y aquí sobre todo, no puede detenerse cuando ante el filo de su azada surge una voluptuosa azucena del monte, o una bandada de espléndidos pajarillos se asienta a escarbar sus almácigos regados con humano sudor.

»Cuando no se disputa con otros la vida a la naturaleza, cuando los intereses de las especies no se encuentran, es fácil entonces pasmarse ante un pote con granos al arsénico o harinas al cianuro...


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5 págs. / 8 minutos / 46 visitas.

Publicado el 8 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Balde

Horacio Quiroga


Cuento


—¡Señora! —gritó la sirvienta sofocada aún por la rápida ascensión—: son del depósito de abajo. Están enojadísimos con los niños... han querido quemar todo.

—¿Qué?, ¿quemar?, ¿qué?... Que suban. ¿Luisa? ¡Ah! ¡estos hijos! El dependiente estaba ya arriba.

—¡Sí, señora, sí, son sus hijos! ¡Sus niños que ya no saben qué hacer! Estaban agujereando el piso para incendiar el depósito... Los hemos visto.

—¡Qué horror! ¡Estos hijos van a acabar conmigo! ¿Pero está seguro? ¿No será una broma de criaturas?

—¿Broma, señora? ¡Sus niños son poco amigos de bromas! Con una barrena habían hecho un agujero para echar un fósforo. Se morían de gusto pensando en lo que iba a pasar. Esas son las bromas de sus niños... Por suerte los hemos oído a tiempo.

La señora prometió corregirlos debidamente, asegurando al empleado que nunca más volverían a tener quejas de ellos. Aquel, con una esquiva mirada de desconfianza, volvió gruñendo a su depósito de alcoholes.

La idea de los chicos era en efecto de pasmosa sencillez; por el agujero aquel, que el malhadado tuerto denunciara, se iba a echar entre todos un fósforo encendido. Los toneles de alcohol arden al menor contacto de una llama; esto es evidente. Pero el fuego artificial había fracasa­do porque el tuerto, oyendo el cuchicheo en el techo, había visto el agujero sobre el cual los chicos se daban incesantes cabezazos para aplicar todos a un tiempo el ojo. Aunque la idea era del segundo, el mayor ha­bía conseguido la barrena, perteneciéndole por tanto la llave del plan. El menor, cuya imaginación dormía aún entre recién pasados ensueños de fosfatinas y arrow—root, había logrado obtener que entre los tres se cogiera el fósforo encendido, y entre los tres se lo arrojase a aquel cielo prohibido.


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5 págs. / 8 minutos / 263 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Compañero Iván

Horacio Quiroga


Cuento


Una fría tarde de septiembre cruzábamos con Isola la Chacarita. En una cruz de hierro, igual y tan herrumbrada como todas las demás, leí al pasar:

IVAN BOLKONSKY

Nada más. El apellido me llamó la atención, y se lo hice notar a Isola.

—El mismo que la madre de Tolstoi —le dije—. Pero éste seguramente no era conde —agregué, considerando la plebeya uniformidad de las cruces a ras de tierra.

Isola se volvió vivamente, miró un rato la cruz, y me respondió:

—No, no era conde, pero era de la estirpe de los Tolstoi… ¡Pobre Iván! Yo creo que nunca le he hablado de él.

—Creo que no —le respondí—. No me acuerdo.

—Seguramente —agregó pensativo—. No nos conocíamos entonces… Sentémonos un momento… Me ha hecho acordar de tantas cosas… ¡Pobre Iván! ¡El amor que le he tenido! Teníamos todos una admiración profunda por él. Y ¡tras! Falló, como cualquiera de nosotros…

—Cuente —le dije.


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4 págs. / 7 minutos / 159 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


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6 págs. / 11 minutos / 26 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Haschich

Horacio Quiroga


Cuento


En cierta ocasión de mi vida tomé una fuerte dosis de haschich que me puso a la muerte. Voy a contar lo que sentí: 1° para instrucción de los que no conocen prácticamente la droga; 2° para los apologistas de oídas del célebre narcótico.

La cuestión pasó en 1900. Diré de paso que para esa época yo había experimentado el opio —en forma de una pipa de tabaco que, a pesar de la brutal cantidad de opio (1 gramo), no me hizo efecto alguno; habíame saturado —toda una tarde— de éter, con náuseas, cefalgia, etc.; sabía de memoria el cloroformo que durante un año me hizo dormir cuando no tenía sueño, cogiéndome este a veces tan de improviso que no tenía tiempo de tapar el frasco; así es que más de una noche dormí ocho horas boca abajo, con 100 gramos de cloroformo volcado sobre la almohada. Al principio lo respiraba para alucinarme gratamente, lo que conseguí por un tiempo; después me idiotizaba, concluyendo por no usarlo sino en insomnios; lo dejé. Y un buen día llegué al haschich, que fue lo grave.

Los orientales preparan el haschich con extracto de cáñamo y otras sustancias poco menos que desconocidas. En estas tierras es muy raro hallarle; de aquí que yo recurriera simplemente al extracto de cannabis indica, base activa de la preparación (en la India, las gallinas que comen cáñamo se tornan extravagantes).


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4 págs. / 8 minutos / 256 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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