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El Lobo de Esopo

Horacio Quiroga


Cuento


Era un magnífico animal, altísimo de patas, y flaco, como conviene a un lobo. Sus ojos, normalmente oblicuos, se estiraban prodigiosamente cuando montaba en cólera. Tenía el hocico cruzado de cicatrices blanquecinas. La huella de su pata encendía el alma de los cazadores, pues era inmensa.

La magnífica bestia vivió la juventud potente, empapada en fatiga y sangre, que es patrimonio de su especie, y durante muchos años sus grandes odios naturales fueron el perro y el hombre.

El brío juvenil pasó, sin embargo, y con la edad madura llegáronle lenta, difícil, penosamente, ideas de un corte profundamente peregrino, cuyo efecto fue aislarle en ariscas y mudas caminatas.

La esencia de sus ideas en tortura podía condensarse en este concepto: «El hombre es superior al lobo».

Esta superioridad que él concedía al soberbio enemigo de su especie, desde que el mundo es mundo, no consistía, como pudiera creerse, en la vivísima astucia de aquél, complicada con sus flechas. No: el hombre ocupaba la más alta escala por haberse sustraído a la bestialidad natal, el asalto feroz, la dentellada en carne viva, hundida silenciosamente hasta el fondo vital de la presa.

Como se comprende, largos años pasaron antes que este concepto de superior humillación llegara a cristalizarse. Pero una vez infiltrado en sus tenaces células de lobo, no lo abandonó más.


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2 págs. / 4 minutos / 1.096 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Machito

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando dos recién casados comprenden que han cumplido la misión encomendada, recurren ─respecto del ser en formación─ a palabras de cómica gravedad: el infante... el heredero... el hombrecito.

Estas expresiones, bien se ve, son dictadas por la dicha de tener el primer hijo.

¡Las pedagogías y los regímenes establecidos de antemano! Se le otorga desde ya, sin embargo, el usufructo de ciertas perversas cualidades. Será, por lo pronto, rabioso como el padre. Esto parece halagar siempre a las madres, por ser el ejercicio del rabiar facultad sumamente viril. El padre en cuestión es, en este caso, un hombre ponderado; no importa: la ternura conyugal exige como adorno de inequívoca hombría, que sea un hombrecito rabioso. Gritará a veces hasta ensordecer la casa.

¡Bello, todo esto! El chico nace ─machito por lo pronto, para mayor gloria de la voz blanca que: «¡No ves! ¡estaba segura!»─ y se duerme, mientras el padre, más cansado que la abuela, la tía y la partera juntas, recostado a la cama dice a su mujer algunas burdas frases de consuelo que tienen el curioso don de conmoverla profundamente.

El chico cuenta ya veinte días, y padre y madre han logrado olvidar la poética historia de la conjuntivitis, el pezón retraído, la obstinación del chico en mamar con la oreja, las griegas y el ácido bórico.

Hasta este momento todo ha ido bien porque, aunque rudo el trabajo, se trataba de la pobre madre y del podre minúsculo ser.

Mas concluido el peligro y excluida toda inquietud, surge de repente una verdad franca, lisa y evidente que los padres no habían sospechado siquiera: que los chicos efectivamente gritan y rabian.

Una verdad así fue la que deslumbró y golpeó al matrimonio de Gastambide-Giuliani cuando su infante gritó a las ocho, gritó a las nueve y gritó a las diez. ¿Enfermo? Jamás. ¿Hambre? Tampoco. ¿Pañal plegado, alfiler abierto? No. ¿Qué, entonces?


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5 págs. / 9 minutos / 20 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Mono Ahorcado

Horacio Quiroga


Cuento


Estilicón, un mono mío de antes, tuvo un hijo, cuya vida amargué. Éste murió en 1904, y como escribí su historia —por lo menos la de la catástrofe— el mismo día de haberlo enterrado, la fecha de estas impresiones es, pues, anterior a diciembre de 1904.

Acabo de enterrar a Titán. He hecho abrir un agujero en el fondo del jardín, y allí lo hemos puesto con su soga. Confieso que ese desenlace me ha impresionado fuertemente. Después de una corta vida en paz, mis experiencias extravagantes lo han precipitado en un ensayo del que ya no saldrá.

En resumen, quise hacer hablar a mi mono. He aquí lo que yo pensaba entonces:


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3 págs. / 6 minutos / 133 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Segundo y el Octavo Número

Horacio Quiroga


Cuento


Se trata de dos vidas sin interés, y la historia es sencilla, aunque el cambio de caracteres pueda sugerir fuertes ideas de complicación. El era en resumidas cuentas un artista de circo, sin porvenir, y ella no tenía familia alguna.

Fueron acróbatas, una pareja. La propiedad pide que de ella se trate al principio, por ser su importancia muy superior a la de su compañero. En efecto, la mujer tenía en este dúo el papel del músculo, y el varón el de la astucia. Hacían ejercicios formidables, como ser: el péndulo invertido, parado de manos, el sujeto hace oscilar su cuerpo por la sola fuerza de los puños; el nivel fijo, que consiste en cogerse de una barra por las manos, y extender el cuerpo horizontal, lo que es prodigioso; la gravitación vencida: echado de espaldas, el atleta afirma los pies en el suelo y levanta el cuerpo en extensión.

(Aunque de una dificultad casi milagrosa, este ejercicio es puramente muscular; no obstante, no se ocultaba al público un pequeño aparato de madera en que calzaban perfectamente los pies. El nombre de gravitación vencida y la creencia de ello se explica por la completa ignorancia de la ejecutante.)

Inútil es decir que sólo la mujer llevaba a cabo estas proezas. El, aunque fuerte, no podía. Pero en los ejercicios comunes era asombroso, suspendíase rígido con los dientes de su brazo extendido, como un pescado brutal; giraba como una honda, cogido a los cabellos de la atleta que le impulsaba con violentas rotaciones de cabeza; caía de lo alto sobre el vientre tendido de la mujer, que le repelía como una baja red de acero; finalizaba con un salto mortal desde la cabeza: su compañera tendía el busto adelante, y caía de golpe sobre sus senos.

Vestíanse de malla roja, y esta pareja llenaba el 2° número del programa en el circo donde les conocí.


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4 págs. / 7 minutos / 38 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

En el Yabebirí

Horacio Quiroga


Cuento


El cazador que tuvo el chucho y fue conmigo al barrero de Yabebirí se llamaba Leoncio Cubilla. Desde días atrás presentía una recidiva, y como éstas eran prolongadas, esperamos una semana, sin novedad alguna, por suerte.

Partimos por fin una mañana después de almorzar. No llevábamos perros; dos estaban lastimados y los otros no trabajaban bien solos. Abandonamos la picada maestra tres horas antes de llegar al barrero. De allí un pique de descubierta nos aproximó legua y media; y la última etapa —hecha a machete de una a cuatro de la tarde más caliente de enero— acabó con mi amor al calor.

El barrero consistía en una laguna virtual del tamaño de un patio, entre un mar de barro. Acampamos allí, en el pajonal de la orilla, para dominar el monte, a cien metros nuestro. El crepúsculo pasó sin llevarnos un animal, no obstante parecer habitual la rastrillada de tapires que subían al monte.

Por sobriedad —o esperanzas de carne fresca, si se quiere— no llevábamos sino unas cuantas galletas que comí solo; Cubilla no tenía ganas. Nos acostamos. Mi compañero se durmió enseguida, la respiración bastante agitada. Por mi parte estaba un poco desvelado. Miraba el cielo, que ya al anochecer había empezado a cargarse. Hacia el este, en la bruma ahumada que entonces subía apenas sobre el horizonte, tres o cuatro relámpagos habían cruzado en zig-zag. Ahora la mitad del cielo estaba cubierta. El calor pesaba más aún en el silencio tormentoso.

Por fin me dormí. Presumo que sería la una cuando me despertó la voz de Cubilla:

—¡El aguará guazú, patrón!

Se había incorporado y me miraba de hito en hito. Salté sobre la escopeta:

—¿Dónde?

Volvió cautelosamente la cabeza, mirando a todos lados, y repitió conteniendo la voz:

—¡El aguará!


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3 págs. / 5 minutos / 55 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Estefanía

Horacio Quiroga


Cuento


Después de la muerte de su mujer, todo el cariño del señor Muller se concentró en su hija. Las noches de los primeros meses quedábase sentado en el comedor, mirándola jugar por el suelo. Seguía todos los movimientos de la criatura que parloteaba con sus juguetes, con una pensativa sonrisa llena de recuerdos que concluía siempre por llenarse de lágrimas. Más tarde su pena, dulcificándose, dejole entregado de lleno a la feliz adoración de su hija, con extremos íntimos de madre. Vivía pobremente, feliz en su humilde alegría. Parecía que no hubiera chocado jamás con la vida, deslizando entre sus intersticios su suave existencia. Caminaba doblado hacia adelante, sonriendo tímidamente. Su cara lampiña y rosada, en esa senectud inocente, hacía volver la cabeza.

La criatura creció. Su carácter apasionado llenaba a su padre de orgullo, aun sufriendo sus excesos; y bajo las bruscas contestaciones de su hija que lo herían despiadadamente, la admiraba, a pesar de todo, por ser hija suya y tan distinta de él.

Pero la criatura tuvo un día dieciséis años, y concluyendo de comer, una noche de invierno, se sentó en las rodillas de su padre y le dijo entre besos que quería mucho, mucho a su papá, pero que también lo quería mucho a él. El señor Muller consintió en todo; ¿qué iba a hacer? Su Estefanía no era para él, bien lo sabía; pero ella lo querría siempre, no la perdería del todo. Aun sintió, olvidándose de sí mismo, paternal alegría por la felicidad de su hija; pero tan melancólica que bajó la cabeza para ocultar los ojos.


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4 págs. / 8 minutos / 184 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Europa y América

Horacio Quiroga


Cuento


Salvador Pedro, cura italiano de familia española, tuvo al llegar a Dolores de Buenos Aires una honda tribulación. Justo es creer que un espíritu más educado que el suyo hubiera previsto mejor ese golpe a la Sacra Iglesia y su justiciera intervención. Sobre todo ¡qué impiedad! La fiebre, que esa noche le tuvo en cama después de su desastre, llenose de muchachas y muchachos de su pueblo natal que iban a consultarle en diarias conturbaciones que él aplacaba, como así debía ser. Y aquí, en esta América de crimen, ¡cielo santo!

En la aventura, sin embargo, no tuvieron ellos mayor culpa. Pedro llegó a Dolores lleno de una inocencia terrible. Nadie estaba más seguro que él del santo derecho espiritual, y aunque se sabía ignorante y todo, creía, como en Dios, en la misión de su sotana negra. Muchas discordias había desenvuelto, y a más de un hogar en peligro llegó él sin que lo llamaran, para verter en aquel infierno el rocío de su celeste personificación. No es pues de extrañar lo que pasó.

Llegó aquí sin saber adónde llegaba; y el mismo hecho ─tan rápido─ se adelantó a las explicaciones que no hubiera dejado de hacerle el párroco, acerca del camino más que prudente que se debe seguir aquí.

El mismo día de su instalación ─teniente cura─ una penitente fue en busca de su consuelo, bañada en llanto. La pobre muchacha había dado su corazón y su mano a un ingrato que el día anterior había roto el compromiso, llevándose con él la palabra dada y un largo trimestre de besos. Mucho la consoló, y el consuelo más dulce fue la promesa de que el ex novio volvería al camino de la fe y al honor familia.

Apenas salió ella, tomó su sombrero y emprendió el camino a casa del infiel, tranquilamente, como viejo pastor que no se inquieta ya por la oveja perdida en una encrucijada habitual.

Golpeó y se anunció. Al largo rato se le hizo entrar y saludó a una persona que lo miraba con la mayor curiosidad posible.


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2 págs. / 4 minutos / 25 visitas.

Publicado el 15 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Flor de Imperio

Horacio Quiroga


Cuento


Antonio Fatal se casó en 1881, y de su matrimonio tuvo dos hijos: Divina (el nombre de la madre) y Rubén, la primera de los cuales murió en temprana edad, arrebatada por el río. Rubén lloró largamente la desaparición de su hermana. ¿Quién le acompañaría a buscar las primeras flo­res de primavera, para las que era tan fresca la cabeza de Divina? ¿Quién como ella, se acordaría de encerrar con el mal tiempo a los pequeños pa­vorreales que no podían soportar la lluvia? ¿Quién se sentaría a su frente en la mesa, y dónde estaba, ¡ay!, la voz que contaría de igual modo que él las cosas que habían visto juntos? Muy largo fue ese año para Rubén. El dolor le había cogido sin precedente alguno, a no ser el causado por la muerte de una prima suya que no conocía y cuyo desventurado fin, sin embargo, le hizo llorar algunas noches. Pero ahora era la mitad de su exis­tencia lo que le faltaba. ¿Abandonarse al dolor? Rubén se abandonó, no obstante, como una criatura, y el esfuerzo de sus padres para arrancarle a esa pasión dolorosa fue tan infructuoso como el que ellos mismos se im­pusieron para su propio consuelo. Mas el tiempo, el sagrado tiempo de las esperanzas nevó suavemente sobre aquellos corazones lacerados, y al cru­do dolor del primer año sucedió ese lánguido afán de ponernos tristes, que es la dulzura posible de ciertas desolaciones.

Calmóse. Pero su sensibilidad ya crecida se desordenó con el recio choque, y los retrocesos melancólicos, las nostalgias de cosas perdidas su­puestas bien dichosas, las congojas sin saber por qué —más ímprobas que el trabajo infructuoso— fueron no escasas en su trémula existencia. Conti­nuó viviendo débilmente, irresoluto de mañana, de tarde y de noche, abriendo su corazón a todas las agonías de las cosas que en su gran pecho de trastornado narraban vidas esenciales.


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2 págs. / 4 minutos / 48 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Historia de Estilicón

Horacio Quiroga


Cuento


Esa noche llegó mi gorila. Habían sido menester cinco cartas seguidas para obtener el cumplimiento de la promesa que arranqué a mi amigo en vísperas de su gran viaje. Iba a Camarones, quería ver las grandes selvas, las llanuras amarillas, las noches estrelladas y sofocantes que brillan impávidas sobre cabezas (le negros. ¿Cómo maniobró aquel perfecto loco para no dejar la vicia entre una turba de traficantes, cuarenta leguas más allá de las últimas factorías? No lo sé. Mi gorila estaba allí, un divino animalito pardo de cincuenta centímetros. Se mantenía en pie, gracias sin duda a los oficios de los pasajeros que durante la travesía distrajeron sus ocios enseñando a la huraña criatura las actitudes propias de un hombre. Se había recostado contra la pared, los brazos grandemente abiertos. Chirriaba sin cesar, llevando la vista de mí a la lámpara con extraordinaria rapidez.

Dimitri, el viejo sirviente asmático que a la muerte de mi padre sacudió tristemente la cabeza cuando le anuncié que podía si quería dejar nuestra casa, le observaba con atento estupor. El bien conocía estos monitos del Brasil que rompen nueces y son difíciles de cuidar; le eran familiares. Pero su asombro entonces era despertado por las proporciones de la bestia. Sin duda a sus ojos albinizados por las estepas lituanas de fauna extremadamente fácil, chocaba este oscuro animal complicado, en cuyos dientes creía ver aún trozos de cortezas roídas quién sabe en qué tenebrosa profundidad de selva. No obstante se acercó a mi pequeña fiera, no para acariciarla —¡oh, no!— sino para verla mejor. El animal se tiró al suelo chillando. Como me aturdía con sus gritos, advertí a Dimitri lo dejara en sosiego. Solo con él, lo observé bien.


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12 págs. / 21 minutos / 51 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Junto a la Madre Muerta

Horacio Quiroga


Cuento


—Si le parece, vamos un momento a Mompox. Ha muerto la madre de un amigo a quien estimo realmente.

Eran las cuatro de la mañana y nos habíamos detenido momentáneamente en una esquina para separarnos.

—¿Y qué haré yo allí?

—Un rato. Por lo demás, si lo invito a ir es porque estoy seguro de que no habrá torturas para usted.

Las torturas consisten en primer término en las condolencias expresivas a fuerza de antebrazo, y luego las mujeres que han visiblemente llorado y gozan en tales ocasiones de una movilidad extraordinaria. Además Mompox es una calle muy lejana.

—¿Se decide?

Fuimos. En el comedor, paseándose, estaba Gómez. Mi amigo no le palmeó cinco o seis veces los omóplatos ni el otro esperó de mí la más remota sacudida de manos. Después, no había mujeres, o por lo menos no se las veía, lo que es exactamente lo mismo. Apenas cinco o seis hombres sentados en penitencia contra la pared, en el mismo lugar donde hallaron las sillas.

—¿Café? —nos ofreció Gómez.

Habíamos tomado demasiado. Salimos al patio para estar más a gusto, pero el vivo frío nos echó presto y entramos, sin darnos cuenta en la sala, honrada sala de muerte, sin nada anormal, ocupada en medio por la terrible realidad de nuestra madre muerta. Estábamos solos.

—¿Cuándo?... —preguntó mi amigo.

—Esta mañana; estaba muy mal desde un mes atrás.

El rostro acusaba efectivamente gran quebranto sobre su transida vejez.

—Creía que era más joven...

—No; setenta años.

Lo que me ha extrañado, porque no sabía, es el apellido en el aviso...

—Sí; se había casado por segunda vez.

Hubo una larga pausa.

Realmente —insistió mi amigo— a pesar de su edad estaba muy avejentada.


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6 págs. / 10 minutos / 52 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

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