Textos más populares esta semana de Horacio Quiroga publicados por Edu Robsy que contienen 'u' | pág. 11

Mostrando 101 a 110 de 205 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Horacio Quiroga editor: Edu Robsy contiene: 'u'


910111213

Lógica al Revés

Horacio Quiroga


Cuento


A fines de 1894, Alberto Durero y yo trabamos relación íntima y especial. Llámola especial, porque ella nació de circunstancias puramente filosóficas, gracias al empeño de un tercero en concordia que puso uno enfrente de otro dos fogosos espíritus, como era los nuestros por aquel bello entonces. Dimos en hablar de todo y para todo, sacando al fin consecuencias no comunes de nuestras charlas. En tierras ideológicas, sobre todo, tan bien carpimos la mala hierba, tal acrobacia nos aligeró el ánimo, que estuvimos a un paso de dar con nuestra razón en el vacío, en fuerza de sondar abismos a que Dios ha puesto intraspasable cancel. Recuerdo que, entre otras cosas, nos preocupaba establecer la cabal diferencia que existe entre lo que es y lo que puede ser. La negación de lo último está compensada por el desborde de evidencia que es lo primero. Una verdad bien establecida ─la más nimia─ lleva en sí la sustancia de varias existencias, una de las cuales, por lo menos pertenece a cosas que pueden ser. Decíamos también, recordando la insinuación de los rayos X, qué distancia de tiempo y espacio separa las alucinaciones, de los cuerpos invisibles cuya sombra luminosa se proyecta en nuestro cuarto. Y para todo esto nos recostábamos como en un muro en aquel principio de que basta que el cerebro autorice una idea, la más bizarra, para que ella pueda ser ─no verdad, pues su sola posibilidad lo prueba─ sino evidente en el orden visual. Lo principal estaba hallado; la dificultad residía en conocer el grado de interés que hay en cada cosa, y que nosotros, so pena de caer en lamentables errores, debíamos encontrar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 32 visitas.

Publicado el 18 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 26 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 24 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Machito

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando dos recién casados comprenden que han cumplido la misión encomendada, recurren ─respecto del ser en formación─ a palabras de cómica gravedad: el infante... el heredero... el hombrecito.

Estas expresiones, bien se ve, son dictadas por la dicha de tener el primer hijo.

¡Las pedagogías y los regímenes establecidos de antemano! Se le otorga desde ya, sin embargo, el usufructo de ciertas perversas cualidades. Será, por lo pronto, rabioso como el padre. Esto parece halagar siempre a las madres, por ser el ejercicio del rabiar facultad sumamente viril. El padre en cuestión es, en este caso, un hombre ponderado; no importa: la ternura conyugal exige como adorno de inequívoca hombría, que sea un hombrecito rabioso. Gritará a veces hasta ensordecer la casa.

¡Bello, todo esto! El chico nace ─machito por lo pronto, para mayor gloria de la voz blanca que: «¡No ves! ¡estaba segura!»─ y se duerme, mientras el padre, más cansado que la abuela, la tía y la partera juntas, recostado a la cama dice a su mujer algunas burdas frases de consuelo que tienen el curioso don de conmoverla profundamente.

El chico cuenta ya veinte días, y padre y madre han logrado olvidar la poética historia de la conjuntivitis, el pezón retraído, la obstinación del chico en mamar con la oreja, las griegas y el ácido bórico.

Hasta este momento todo ha ido bien porque, aunque rudo el trabajo, se trataba de la pobre madre y del podre minúsculo ser.

Mas concluido el peligro y excluida toda inquietud, surge de repente una verdad franca, lisa y evidente que los padres no habían sospechado siquiera: que los chicos efectivamente gritan y rabian.

Una verdad así fue la que deslumbró y golpeó al matrimonio de Gastambide-Giuliani cuando su infante gritó a las ocho, gritó a las nueve y gritó a las diez. ¿Enfermo? Jamás. ¿Hambre? Tampoco. ¿Pañal plegado, alfiler abierto? No. ¿Qué, entonces?


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 20 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Las Mujercitas

Horacio Quiroga


Cuento


Por ejemplo, mi chica mayor, de cinco años, se entretuvo toda la tarde de ayer en remover los cajones del fondo, martirizando a un sapo. Sí, señora, mi mujer dice igualmente que ése es un juego, y a ella también le parece mentira lo que digo. Está convencida de que yo calumnio a mis hijos, y de que pocas veces se habrá visto un hombre más injusto que yo. Recuerde, sin embargo, la mínima parte de sus cosas. Hasta podría hacerse en cuentitos. Vea, por ejemplo:

El nene recibe un paquete, y toda la gracia del regalo está en la sonrisita y la mirada que aquél deja caer sobre su hermano. ¡Pero qué sonrisa! Sobre todo, si la criatura desprovista expresa en gimoteos su desamparo. Por mi parte, no he visto en hombre alguno una expresión de más vil goce torturante que la de esa monadas de tres años.

Sigue el mismo caso. El nene se cansó del juguete; evidentemente no le interesa más. Pero la gracia está aquí en alejarse a la distraída del chiche, para detenerse a diez pasos y recuperar la feroz sonrisilla ante el otro pequeño, que creyendo llegado el momento de disfrutar de su parte de goce en esta vida, se encamina con paso inseguro al juguete abandonado. Nuestro héroe salta entonces hasta el chiche y pone sus manos encima.

─¡No, es mío! ─grita triunfal.

En estos dos lances, sobre todo, es preciso ver a las mujercitas.

Otro ejemplo. El nene está en cama, indispuesto, y su hermanita, recorriendo gozosa la pieza de un lado al otro, no se cansa de repetir:

─El nene no se va a levantar, ¿no, mamá?

Presenta otro aspecto. Esta vez es la nena quien recibe en su sombrerito un moño nuevo. Para que el moño ese sea un adorno de real mérito, es indispensable que el nene continúe con su moño viejo:

─El nene no tiene, ¿verdad, mamá?


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 18 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Pasado Amor

Horacio Quiroga


Novela corta


I

Lo que menos esperaban Aureliana y sus hijas, en aquel mediodía de mayo, era ver detenerse ante el portón al break que llegaba del puerto, y descender de él a su patrón Morán. Las chicas corrieron de un lado para otro, gritando todas la misma cosa a su madre, que a su vez se hallaba bastante aturdida; de modo que cuando acudían todas presurosas al molinete, ya Morán lo había transpuesto y se dirigía a ellas con aquella clara y franca sonrisa que constituía su atractivo mayor.

— El patrón... ¡qué bueno! —exclamaba Aureliana por único, tímido y cariñosísimo comentario.

— Pensé escribirle —dijo Morán— avisándole que llegaría de un momento a otro, pero ni aun a último momento estaba seguro de que vendría... ¿Y por aquí, Aureliana? ¿Sin novedad?

— Ninguna, señor. Las hormigas, solamente...

— Ya hablaremos de eso más tarde. Ahora aprónteme el baño. Nada más.

— ¿Pero no va a comer, señor? No tenemos nada; pero Ester puede ir de una corrida al boliche...

— No, gracias. Café solamente, en todo caso.

— Es que no tenemos café.

— Mate, entonces. No se preocupe Aureliana.

Y con un breve silbido a una de las chicas, silbido cuya brusquedad atemperaba la amistad de los ojos, Morán indicó su valija de mano que había quedado sobre el molinete, y esperó a que Aureliana volviera con las llaves del chalet.

Hacía dos años que faltaba de allí. Desde la curva ascendente del camino, su casita de piedras quemadas, su taller y el mismo rojo vivo de la arena, habíanle impresionado mal. De espaldas a la puerta descascarada por dos años de sol, la impresión se afirmaba hasta oprimirle casi de soledad, bajo el gran cielo crudo y silencioso que lo circundaba. Un mediodía de Misiones vierte demasiada luz sobre el paisaje para que éste pueda adquirir un color definido.

Aureliana y las llaves llegaban por fin.


Leer / Descargar texto

Dominio público
71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 1.227 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Los Precursores

Horacio Quiroga


Cuento


Yo soy ahora, che patrón, medio letrado, y de tanto hablar con los catés y los compañeros de abajo, conozco muchas palabras de la causa y me hago entender en la castilla. Pero los que hemos gateado hablando guaraní, ninguno de ésos nunca no podemos olvidarlo del todo, como vas a verlo enseguida.

Fue entonces en Guaviró-mi donde comenzamos el movimiento obrero de los yerbales. Hace ya muchos años de esto, y unos cuantos de los que formamos la guardia vieja —¡así no más, patrón!— están hoy difuntos. Entonces ninguno no sabíamos lo que era miseria del mensú, reivindicación de derechos, proletariado del obraje, y tantas otras cosas que los guainos dicen hoy de memoria. Fue en Guaviró-mi, pues, en el boliche del gringo Vansuite (Van Swieten), que quedaba en la picada nueva de Puerto Remanso al pueblo.

Cuando pienso en aquello, yo creo que sin el gringo Vansuite no hubiéramos hecho nada, por más que él fuera gringo y no mensú.

¿A usted le importaría, patrón, meterte en las necesidades de los peones y fiarnos porque sí? Es lo que te digo.

¡Ah! El gringo Vansuite no era mensú, pero sabía tirarse macanudo de hacha y machete. Era de Holanda, de allaité, y en los diez años que llevaba de criollo había probado diez oficios, sin acertarle a ninguno. Parecía mismo que los erraba a propósito. Cinchaba como un diablo en el trabajo, y enseguida buscaba otra cosa. Nunca no había estado conchabado. Trabajaba duro, pero solo y sin patrón.

Cuando puso el boliche, la muchachada creímos que se iba a fundir, porque por la picada nueva no pasaba ni un gato. Ni de día ni de noche no vendía ni una rapadura. Sólo cuando empezó el movimiento los muchachos le metimos de firme al fiado, y en veinte días no le quedó ni una lata de sardinas en el estanteo.

¿Que cómo fue? Despacio, che patrón, y ahora te lo digo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 241 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

De Caza

Horacio Quiroga


Cuento


Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un momento de fumar.

Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos destrozamos las piernas en el caraguatá tras un coatí. A las once llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas. Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y, enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito, interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.

La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe, tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras un árbol, precaución más que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.

Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.

He cazado algunas veces; sin embargo, el wínchester me temblaba en las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más allá de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte cerrado de malezas, con más fijeza y angustia que en esa ocasión.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 154 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Idilio

Horacio Quiroga


Cuento


Samuel era un muchacho a quien sus múltiples conquistas habían dado un nombre en las lides de amor. No tenía oficio: a veces hacía el lisiado, el ciego, cualquier cosa que excitara compasión. Sus triunfos amorosos estaban en relación con su vida; muchachas abandonadas, vendedoras de diarios, ex sirvientas caídas como un trapo en medio de la calle.

De cualquier modo eran triunfos. Y en las tardes de los arrabales, en las noches bajo un cobertizo cualquiera, ponían ellos tanto amor como una pareja bien alimentada y bien dormida.

Su último triunfo fue Lía. Se unieron en una hermosa mañana de primavera, tibia y olorosa. El pedía limosna con los ojos en blanco. Ella que pasaba con sus diarios, conociéndole, le ofreció riendo un ejemplar. El rió a su vez y la abrazó en plena calle, como un conquistador. Tal fue la resistencia de Lía que para rechazarle, hubo de dejar caer los diarios. Mas en pos de breve fatiga, ya estaban unidos ante la santa ara del amor callejero y fácil.

Su seducción asombraba.

—¿Qué haces tú —le preguntaban— para conseguirlas sin más ni más?

—Abrazarlas en la calle —respondía encogiéndose de hombros.

Pobres muchachos que veían caer las frutas, y meditaban en la manera de cogerlas si aún pendieran de los árboles.

Lía desde entonces vivió con Samuel y Samuel fue el hombre de Lía. Se amaban lo suficiente para ayudarse en sus mutuas especulaciones y dormir juntos de noche; eso les bastaba. Él era celoso a ratos y la mortificaba con bajas alusiones. Llegaba hasta pegarle estrujándola sin piedad entre sus brazos de hombre. Pero Lía, a pesar de todo, sentía extraño amor por aquel flaco amante, y entrecerraba los párpados, como a un suave rocío, a esas lágrimas de dolor.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 87 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Junto a la Madre Muerta

Horacio Quiroga


Cuento


—Si le parece, vamos un momento a Mompox. Ha muerto la madre de un amigo a quien estimo realmente.

Eran las cuatro de la mañana y nos habíamos detenido momentáneamente en una esquina para separarnos.

—¿Y qué haré yo allí?

—Un rato. Por lo demás, si lo invito a ir es porque estoy seguro de que no habrá torturas para usted.

Las torturas consisten en primer término en las condolencias expresivas a fuerza de antebrazo, y luego las mujeres que han visiblemente llorado y gozan en tales ocasiones de una movilidad extraordinaria. Además Mompox es una calle muy lejana.

—¿Se decide?

Fuimos. En el comedor, paseándose, estaba Gómez. Mi amigo no le palmeó cinco o seis veces los omóplatos ni el otro esperó de mí la más remota sacudida de manos. Después, no había mujeres, o por lo menos no se las veía, lo que es exactamente lo mismo. Apenas cinco o seis hombres sentados en penitencia contra la pared, en el mismo lugar donde hallaron las sillas.

—¿Café? —nos ofreció Gómez.

Habíamos tomado demasiado. Salimos al patio para estar más a gusto, pero el vivo frío nos echó presto y entramos, sin darnos cuenta en la sala, honrada sala de muerte, sin nada anormal, ocupada en medio por la terrible realidad de nuestra madre muerta. Estábamos solos.

—¿Cuándo?... —preguntó mi amigo.

—Esta mañana; estaba muy mal desde un mes atrás.

El rostro acusaba efectivamente gran quebranto sobre su transida vejez.

—Creía que era más joven...

—No; setenta años.

Lo que me ha extrañado, porque no sabía, es el apellido en el aviso...

—Sí; se había casado por segunda vez.

Hubo una larga pausa.

Realmente —insistió mi amigo— a pesar de su edad estaba muy avejentada.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 52 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

910111213