Textos más vistos de Horacio Quiroga publicados por Edu Robsy | pág. 21

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autor: Horacio Quiroga editor: Edu Robsy


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O Uno u Otro

Horacio Quiroga


Cuento


—¿Por qué no te enamoras de nosotras?

Zum Felde miró atentamente uno tras otro a los cuatro dominós que habiéndolo notado solo, acababan de sentarse en el sofá, compadecidos de su aislamiento. Zum Felde colocó su silla frente a ellas. Pero como hubiera respondido que posiblemente no sabía qué hacer, un dominó concluía de lanzar aquella pregunta con afectuosa pereza. Bajo el medio antifaz corría en línea fraternal la misma enigmática sonrisa.

—Son muchas —repuso él pacíficamente.

—¡Oh, no esperamos tanta dicha de ti!

—No podría de otro modo. ¿Cómo adivinar a la que luego ha de gustarme?

—¿Es decir, la más linda de nosotras?

—… que no eres tú, ¿cierto?

—Cierto; soy muy fea, Zum… Felde.

—No, no eres fea, aunque alargues tanto mi apellido. Pero creo…

—… ¿te refieres a mí? —observó dulcemente otra. Zum Felde la miró en los ojos.

—¿Eres linda, de veras?

—No sé… Zum Felde. Realmente no sé… Pero creo que de mí te enamorarías tú.

—¿Y tú no de mí, amor?

—No; de ti, yo —repuso otra lánguida voz.

Zum Felde se sonrió, recorriendo rápidamente con la mirada, garganta, boca y ojos.

—Hum…

—¿Por qué hum, Zum Felde?

—Por esto. Tengo un cierto miedo a las aventuras de corazón mezcladas con antifaz. Y si ustedes entendieran un poco de amor, me atrevería a contarles por qué. ¿Cuento?

Los dominós se miraron fugazmente.

—Yo entiendo un poquito, Zum Felde…

—Yo tengo vaga idea…

—Yo otra, Zum Felde…

Faltaba una.

—¿Y tú?

—Yo también un poquito, Zum Felde…


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2 págs. / 5 minutos / 113 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Sinfonía Heroica

Horacio Quiroga


Cuento


De modo pues que el soldado desconocido, una vez comprobada su identidad, subió directamente al cielo.

El cielo no es, como pudiera creerse, un ámbito sin límites donde deambulan confundidas las almas de los justos. El cielo posee categorías muy precisas, originadas por la diversidad de méritos y causas que llevan hasta él. Existe así el cielo particular de los sentimentales, de los hombres de genio, de los hombres juiciosos, y de los mentecatos.

Hay muchos cielos más, tantos como son variadas las bondades del alma. Pero adonde fue el soldado desconocido, es al cielo de los héroes.

No es el cielo de los héroes el más poblado de todos los cielos, como bien se comprenderá; pero por razones obvias, los llamados a su seno representan en el cielo mismo una verdadera aristocracia, tal como la que sus cuerpos mortales representaron en la tierra un día. Y a ese cielo selecto entre todos, donde el más disimulado de sus habitantes encarna esa cosa formidable que se llama un héroe, allá fue, con la velocidad de un rayo de luz, el soldado desconocido.

Dios mismo tiene debilidad por ese su cielo de élite, y sus miradas se detienen en él con más ternura, y menos justicia de las suponibles. Pero el recién llegado no era un héroe transitorio, ocasional o discutible. Nada de esto: era, como ya lo hemos dicho, el soldado desconocido. Y el Señor, después de poner en conmoción el cielo entero con el hosanna de cánticos que anunciaban un grande y dichoso acontecimiento, hizo abrir las puertas celestiales cuan grandes eran, ante la persona del soldado desconocido.


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5 págs. / 9 minutos / 21 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Un Idilio

Horacio Quiroga


Cuento


I

«… En fin, como no podré volver allí hasta fines de junio y no querría de ningún modo perder aquello, necesito que te cases con ella. He escrito hoy mismo a la familia y te esperan. Por lo que respecta al encargo… etcétera».

Nicholson concluyó la carta con fuerte sorpresa y la inquietud inherente al soltero que se ve lanzado de golpe en un matrimonio con el cual jamás soñó. Su esposa sería ficticia, sin duda; pero no por eso debía dejar de casarse.

—¡Estoy divertido! —se dijo con decidido mal humor—. ¿Por qué no se le habrá ocurrido a Olmos confiar la misión a cualquier otro?

Pero enseguida se arrepintió de su mal pensamiento, recordando a su amigo.

—De todos modos —concluyó Nicholson—, no deja de inquietarme este matrimonio artificial. Y siquiera fuera linda la chica… Olmos tenía antes un gusto detestable. Atravesar el atrio bajo la carpa, con una mujer ajena y horrible…

En verdad, si el matrimonio que debía efectuar fuera legítimo, esto es, de usufructo personal, posiblemente Nicholson no hubiera hallado tan ridícula la ceremonia aquella, a que estaba de sobra acostumbrado. Pero el caso era algo distinto, debiendo lucir del brazo de una mujer que nadie ignoraba era para otro.

Nicholson, hombre de mundo, sabía bien que la gracia de esa vida reside en la ligereza con que se toman las cosas; y si hay una cosa ridícula, es cruzar a las tres de la tarde por entre una compacta muchedumbre, llevando dignamente del brazo a una novia que acaba de jurar será fiel a otro.

Éste era el punto fastidioso de su desgano: aquella exhibición ajena. Ni soñar un momento con una ceremonia íntima; la familia en cuestión era sobrado distinguida para no abonar diez mil pesos por interrupción de tráfico a tal hora. Resignose, pues, a casarse, y al día siguiente emprendía camino a la casa de su futura mujer.


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18 págs. / 32 minutos / 131 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Un Novio Difícil

Horacio Quiroga


Cuento


Hay dogmas terribles. Por ejemplo, defender a los amigos y defender a la mujer amada, sin entrar por el momento en mayores detalles. Quien los contraviene, tórnase presto animal inmundo, y por inclinarse a ello Larraechea perdió a su novia.

Cómo, lo supe una noche de baile en que aquél y yo estábamos parados, estorbando bastante. Las aleatorias parejas pasaban rozándome, y, al calor de cuatro vueltas, sabíamos de memoria todos los rostros.

No todos: en cierto momento noté que Larraechea no me respondía, atento a una pareja que llegaba. La joven, que escuchaba a su compañero mirándose la punta de uno y otro zapato, levantó la cabeza en el preciso instante de cruzar delante nuestro, y saludó con seria extrañeza a Larraechea. Era indudable que lo había visto de lejos. La seguimos con los ojos.

─Mona, la chica ─dice─. ¿La conoces mucho?

─Bastante; ha sido novia mía.

─Es lástima que ya no lo sea más ─creí agregar, colocándome vagamente en su lugar.

─¡Sí, lástima! Yo no era seguramente el hombre soñado... si los muchachos que hacían dogmas supieran por qué hemos roto... Si le interesa, se lo cuento.

»Supongo ─comentó─ que no tendrá mucho interés en saber cómo y dónde la conocí. Hacía ya tres meses que éramos novios, cuando una noche, aquí mismo, un individuo ─ése justamente que está con ella y parece reemplazarme con toda felicidad─ se puso a mi lado; yo estaba parado por ahí, contra una cortina. Ella paseaba con no sé qué amigo de su barrio. El sujeto comentó la ocurrencia, el éxito del baile, las caras bellas, etc. Apenas me conocía, lo cual no obstaba para que me hiciera confidencias con inconsciente indiscreción de buen diablo. Así me dijo:

»─Hace un rato tenía usted una espléndida compañera.

»─¿Cree? ─le respondí por decir algo.


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2 págs. / 4 minutos / 23 visitas.

Publicado el 17 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Un Simple Antojo

Horacio Quiroga


Cuento


Quiero dejar constancia en estas líneas de los agravios que tengo contra el Banco de la Nación Argentina.

Yo era hasta muy poco tiempo un hombre feliz, cuanto se puede serlo con un buen apetito y una mujer sin mayores caprichos. Hoy tengo un géiser en vez de estómago, y ella, mi mujer, tiene una idea fija. Además, está encinta. No creo que se necesite más.

Véase ahora la obra torturadora, maquiavélica del Banco de la Nación Argentina. Un buen día me dijeron:

─¿No le convendría un buen empleo en el Banco de la Nación? No le vendría mal, yo creo... Fuera de que los empleados de banco son muy bien vistos.

Que me viniera bien, está fuera de duda. Pero lo de ser empleado bien visto, me fue particularmente agradable. Y parece que así es, en efecto.

Acepté el empleo. Hace de esto dos años. Recuerdo muy bien la mirada de ternura con que me acogieron mis compañeros el primer día.

─¿Usted es huérfano de padre y madre, señor? ─me preguntó uno de ellos.

─Sí... más o menos... ─le respondí, no sabiendo adónde iba el muchacho.

─¡Oh, no es nada! ─agregó con una plácida sonrisa─. El banco es nuestro padre.

─Sí ─apoyaron tiernos los demás─. Él es nuestro padre.

En efecto, a los pocos días me daba cuenta de cuán hondo y estrecho es este lazo de familia. Éramos entonces 1.050 o 1.100 empleados. Ahora apenas alcanzamos a 1.000. Y el banco es el padre de todos nosotros.

Véase: cuando un muchacho ha cumplido los veintidós años, y comete una absurda tontería con una muchacha de también veintidós años, no se cree obligado sino a dos cosas: a dar cuenta del fenómeno a la propia conciencia, o al padre de la muchacha. Nada más, y esto es ya bastante trabajo.

Pero aquí está el error. Puede muy bien pensar así un muchacho libre o huérfano de padres; pero jamás un empleado del Banco de la Nación. Porque el presidente del banco nos llama entonces y nos dice:


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5 págs. / 10 minutos / 11 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

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