Textos más populares este mes de Horacio Quiroga publicados por Edu Robsy | pág. 16

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autor: Horacio Quiroga editor: Edu Robsy


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Idilio

Horacio Quiroga


Cuento


Samuel era un muchacho a quien sus múltiples conquistas habían dado un nombre en las lides de amor. No tenía oficio: a veces hacía el lisiado, el ciego, cualquier cosa que excitara compasión. Sus triunfos amorosos estaban en relación con su vida; muchachas abandonadas, vendedoras de diarios, ex sirvientas caídas como un trapo en medio de la calle.

De cualquier modo eran triunfos. Y en las tardes de los arrabales, en las noches bajo un cobertizo cualquiera, ponían ellos tanto amor como una pareja bien alimentada y bien dormida.

Su último triunfo fue Lía. Se unieron en una hermosa mañana de primavera, tibia y olorosa. El pedía limosna con los ojos en blanco. Ella que pasaba con sus diarios, conociéndole, le ofreció riendo un ejemplar. El rió a su vez y la abrazó en plena calle, como un conquistador. Tal fue la resistencia de Lía que para rechazarle, hubo de dejar caer los diarios. Mas en pos de breve fatiga, ya estaban unidos ante la santa ara del amor callejero y fácil.

Su seducción asombraba.

—¿Qué haces tú —le preguntaban— para conseguirlas sin más ni más?

—Abrazarlas en la calle —respondía encogiéndose de hombros.

Pobres muchachos que veían caer las frutas, y meditaban en la manera de cogerlas si aún pendieran de los árboles.

Lía desde entonces vivió con Samuel y Samuel fue el hombre de Lía. Se amaban lo suficiente para ayudarse en sus mutuas especulaciones y dormir juntos de noche; eso les bastaba. Él era celoso a ratos y la mortificaba con bajas alusiones. Llegaba hasta pegarle estrujándola sin piedad entre sus brazos de hombre. Pero Lía, a pesar de todo, sentía extraño amor por aquel flaco amante, y entrecerraba los párpados, como a un suave rocío, a esas lágrimas de dolor.


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3 págs. / 6 minutos / 87 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Reproducción

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era un buen muchacho y amaba entrañablemente a María. Pedro sentía por ella el mismo afecto. Uno y otro, hace tiempo, la habían galanteado mucho, la habían querido mucho, y de esto hacía varios años. Ambos se presentaban de nuevo, llenos de amor, con una carrera formada, y con una larga historia de recuerdos que suscitarían en su presencia...

Se querían como amigos que se comprenden íntimamente, francamente, estrechamente, sin egoísmo, sin secretos, fatalmente predestinados a las más dolorosas pruebas del corazón.

María no era hermosa, tenía los ojos negros, densamente iluminados. Su impasible expresión, retocada por el corte sensual de los labios, daba a aquel cuerpo delgado y silencioso una mezclada forma de ocultismo e indiferencia, correctamente social.

Hablaba pausadamente o ligero, sin calor, sin convicción apta para despertar toda duda. Amaba sin saber por qué,. sin darse cuenta de ello, como una cosa que nos ha sido impuesta y ejecutamos, sin ser comprendida, no obstante. Pensaba en los dos amigos que le hablarían de su pasado amor, con una impasibilidad que recordaba la fría y bostezante actitud de un César ante una lucha de gladiadores. Esperaba que ambos se le acercaran con indiferencia: atendería al que la hiciera sentir más. Y todo esto sin preocupación, sin fuego, con la tranquila curiosidad de una criatura que observa los movimientos de un ave a quien ha roto un ala.

No deseaba ni emociones, ni cariño, ni generosidad: quería saber simplemente cuál de los dos tenía más ingenio.

Había perdido a su madre siendo muy niña.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 19 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Patria

Horacio Quiroga


Cuento


El discurso que el soldado herido dijo a los animales del monte que querían formar una patria puede ser transcripto en su totalidad, en razón de ser muy breve y de ayudar a la comprensión de este extraño relato.

La normalidad de la vida en la selva es bien conocida. Las generaciones de animales salvajes se suceden unas a otras y unas en contra de las otras en constante paz, pues a despecho de las luchas y los regueros de sangre, hay un algo que rige el trabajo constante de la selva, y ese algo es la libertad. Cuando las especies son libres, en la selva ensangrentada reina la paz.

Esta felicidad la habían conocido los animales del bosque desde tiempo inmemorial, hasta que a los zánganos les cupo en suerte comprometerla.

Son más que conocidas las virtudes de las abejas. Han adquirido, en su milenaria familiaridad con el hombre, nociones de biología que les producen algunos trastornos cuando deben transformar una obrera en reina, pues no siempre aumentan la celda y el alimento en las proporciones debidas. Y esto se debe al marco filosófico ocasionado por la extraordinaria facultad que poseen de cambiar el sexo de sus obreras a capricho. Sin abandonar la construcción de sus magníficos panales, pasan la vida preocupadas por su superanimalidad y el creciente desprecio a los demás habitantes de la selva, mientras miden a prisa y sin necesidad el radio de las flores.

Esta es la especie que dio en la selva el grito de alerta, algunos años después de haberse ido el hombre remando aguas abajo en su canoa.

Cuando este hombre había llegado a vivir en el monte, los animales inquietos siguieron días y días sus manejos.

—Este es un buen hombre —dijo un gato montés guiñando un ojo hacia el claro del bosque en que la camisa del hombre brillaba al sol—. Yo sé qué es. Es un hombre.

—¿Qué daño nos puede hacer? —dijo el pesado y tímido tapir—. Tiene dos pies.


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8 págs. / 15 minutos / 203 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Los Pollitos

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando Eizaguirre llegó a la chacra que acababa de comprar allá, hallose con un campo raso y un rancho en el mayor abandono, sin otra cosa de estable que prodigiosa cantidad de vinchucas en los palos carcomidos, y muchos piques en el suelo. Los informes del vendedor habían sido bien distintos. Eizaguirre, espíritu lleno de calma y paciencia, consideró que todo el tiempo que perdiera en meditar la injusticia cometida con él sería al fin y al cabo en perjuicio suyo y no del vendedor. Por consiguiente, desde el primer día entregose a inspeccionar el rancho, a afirmar el pozo y demás.

Como no tenía peón y trabajaba mucho, al llegar la noche caía rendido en su catre. No obstante esta fatiga y su poco amor a las frías noches de aquel país, había en el rancho un detalle turbador que lo arrojó a dormir afuera: las sombrías vinchucas. Eizaguirre tenía mosquitero pero se ahogaba bajo él como acontece a algunas personas sin suerte. Debió pues, fabricar con las arpilleras en que llegara envuelto su colchón una especie de palio sobre cuatro ramas, y bajo el que dormían en compañía la gallina y sus ocho pollos.

Esta familia habíale sido regalada por un colono compasivo, a quien él compadecía a su vez, pagándole siempre los dos o tres choclos que comía diariamente. Eizaguirre cuidaba de sus pollitos con mucho mayor afecto que el de la propia madre; tan solícito éste, que una tarde, cuando el tiempo hubo pasado, los pollos emprendieron camino del palio a dormir bajo el catre. En vano la gallina se obstinó con infinitos glu-glú y falsos picoteos en llevarlos al dormidero habitual. Tuvo que transar y en pocos días se acostumbró.


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3 págs. / 6 minutos / 97 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

En el Yabebirí

Horacio Quiroga


Cuento


El cazador que tuvo el chucho y fue conmigo al barrero de Yabebirí se llamaba Leoncio Cubilla. Desde días atrás presentía una recidiva, y como éstas eran prolongadas, esperamos una semana, sin novedad alguna, por suerte.

Partimos por fin una mañana después de almorzar. No llevábamos perros; dos estaban lastimados y los otros no trabajaban bien solos. Abandonamos la picada maestra tres horas antes de llegar al barrero. De allí un pique de descubierta nos aproximó legua y media; y la última etapa —hecha a machete de una a cuatro de la tarde más caliente de enero— acabó con mi amor al calor.

El barrero consistía en una laguna virtual del tamaño de un patio, entre un mar de barro. Acampamos allí, en el pajonal de la orilla, para dominar el monte, a cien metros nuestro. El crepúsculo pasó sin llevarnos un animal, no obstante parecer habitual la rastrillada de tapires que subían al monte.

Por sobriedad —o esperanzas de carne fresca, si se quiere— no llevábamos sino unas cuantas galletas que comí solo; Cubilla no tenía ganas. Nos acostamos. Mi compañero se durmió enseguida, la respiración bastante agitada. Por mi parte estaba un poco desvelado. Miraba el cielo, que ya al anochecer había empezado a cargarse. Hacia el este, en la bruma ahumada que entonces subía apenas sobre el horizonte, tres o cuatro relámpagos habían cruzado en zig-zag. Ahora la mitad del cielo estaba cubierta. El calor pesaba más aún en el silencio tormentoso.

Por fin me dormí. Presumo que sería la una cuando me despertó la voz de Cubilla:

—¡El aguará guazú, patrón!

Se había incorporado y me miraba de hito en hito. Salté sobre la escopeta:

—¿Dónde?

Volvió cautelosamente la cabeza, mirando a todos lados, y repitió conteniendo la voz:

—¡El aguará!


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3 págs. / 5 minutos / 55 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Justa Proporción de las Cosas

Horacio Quiroga


Cuento


Hasta el año pasado un individuo de levita y sombrero de copa se estacionaba todas las tardes en la esquina Artes y juncal, dando en la manía de disponer el orden de los carruajes para evitar interrupciones. Los jueves y domingos de tarde tenía gran tarea porque desempeñaba a conciencia su solícito cometido. Ponía toda su alma en tan ingrata función; cansado, sudoroso, hecho una lástima de desasosiego, tenía la conciencia fresca y fuerte por el exacto deber cumplido. El individuo era loco, y dio en tan lamentable extremo muy sencillamente.

Nicolás Pueyrredón era agente de comercio. Ocupábase de corretajes, liquidaciones y esas adyacencias mercantiles de que yo desgraciadamente no entiendo. Profesaba la fe de la justa proporción de las cosas, sin vértigos posibles. Sabía que a los números, siendo infinitos, puédensele siempre agregar impunemente un uno, un modesto uno.

—Claro es —decía sonriendo— son infinitos; siempre hay lugar para un uno.

Su espíritu gozaba tranquilamente con esto, siendo de por sí incapaz de un revolcón por la locura. Por lo demás, era un hombre expresivo.

He aquí que un día salió de su casa a las 5 de la tarde en dirección a la dársena sur, debía poner en la estafeta del París una carta de última hora. En la calle San Martín el carruaje se detuvo un largo rato; perdió diez minutos. En Defensa y Venezuela una victoria se cruzó de tal modo que fue imposible marchar durante cinco minutos. En la misma calle Defensa y Estados Unidos el carruaje de Pueyrredón atropelló un cupé de ruedas amarillas que iba a contramarcha; volvió a perder diez minutos. De modo que cuando llegó a la dársena el vapor humeaba ya en el canal de entrada.


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2 págs. / 4 minutos / 69 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Venida del Primogénito

Horacio Quiroga


Cuento


I

Con la estación que había llegado, el cielo se apaciguó por varios días; y en los yermos plantíos a que trastornaron los chubascos sin fin, la mano del quintero puso un poco del orden que era necesario. Por el sol de los establos lejanos las jóvenes vaqueras cruzaban con ramas floridas; las brisas tornábanse livianas; los pavos reales --recobradas sus grandes plumas-- exhibían como reinas quietas su decorativa visión.

Y como la fecha de nuestros esponsales fuera ya algo fugaz, bajo el aire matinal en que tu cintura iba --como una asaz joven señora-- a buscar el apoyo de los grandes árboles, el nanzú de tus corpiños, los cinturones difíciles, las faldas oscuras que para mi comenzaban a ser sensatas, supuse que podrían muy bien ser las ropas de una mujer encinta.

II

Y surgieron las primeras entrevistas: Juana, la hermana menor, a quien el piano era grato; Estela, bien amada del padre, dormía con lámpara encedida; Doralisa, cuyas equívocas amistades atrajeron sobre sí la vigilancia materna; Perdigona, hábil en el manejo de la casa, era la mayor de todas.

Las cuatro hermanas, en compañía de la que debía ser mi esposa, me escuchaban como a un hermano mayor que hace preguntas sencillas. Y decía a Juana: «El piano es en verdad difícil instrumento». Y preguntaba a Estela: «¿No temes desvelarte con la luz encendida?». Y a Doralisa decía: «¡Ten cuidado, joven incauta». Y a Perdigona, hacendosa: «Difícilmente ¡oh Perdigona! se hallará precio a tus virtudes».


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1 pág. / 3 minutos / 44 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

Europa y América

Horacio Quiroga


Cuento


Salvador Pedro, cura italiano de familia española, tuvo al llegar a Dolores de Buenos Aires una honda tribulación. Justo es creer que un espíritu más educado que el suyo hubiera previsto mejor ese golpe a la Sacra Iglesia y su justiciera intervención. Sobre todo ¡qué impiedad! La fiebre, que esa noche le tuvo en cama después de su desastre, llenose de muchachas y muchachos de su pueblo natal que iban a consultarle en diarias conturbaciones que él aplacaba, como así debía ser. Y aquí, en esta América de crimen, ¡cielo santo!

En la aventura, sin embargo, no tuvieron ellos mayor culpa. Pedro llegó a Dolores lleno de una inocencia terrible. Nadie estaba más seguro que él del santo derecho espiritual, y aunque se sabía ignorante y todo, creía, como en Dios, en la misión de su sotana negra. Muchas discordias había desenvuelto, y a más de un hogar en peligro llegó él sin que lo llamaran, para verter en aquel infierno el rocío de su celeste personificación. No es pues de extrañar lo que pasó.

Llegó aquí sin saber adónde llegaba; y el mismo hecho ─tan rápido─ se adelantó a las explicaciones que no hubiera dejado de hacerle el párroco, acerca del camino más que prudente que se debe seguir aquí.

El mismo día de su instalación ─teniente cura─ una penitente fue en busca de su consuelo, bañada en llanto. La pobre muchacha había dado su corazón y su mano a un ingrato que el día anterior había roto el compromiso, llevándose con él la palabra dada y un largo trimestre de besos. Mucho la consoló, y el consuelo más dulce fue la promesa de que el ex novio volvería al camino de la fe y al honor familia.

Apenas salió ella, tomó su sombrero y emprendió el camino a casa del infiel, tranquilamente, como viejo pastor que no se inquieta ya por la oveja perdida en una encrucijada habitual.

Golpeó y se anunció. Al largo rato se le hizo entrar y saludó a una persona que lo miraba con la mayor curiosidad posible.


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2 págs. / 4 minutos / 25 visitas.

Publicado el 15 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Un Novio Difícil

Horacio Quiroga


Cuento


Hay dogmas terribles. Por ejemplo, defender a los amigos y defender a la mujer amada, sin entrar por el momento en mayores detalles. Quien los contraviene, tórnase presto animal inmundo, y por inclinarse a ello Larraechea perdió a su novia.

Cómo, lo supe una noche de baile en que aquél y yo estábamos parados, estorbando bastante. Las aleatorias parejas pasaban rozándome, y, al calor de cuatro vueltas, sabíamos de memoria todos los rostros.

No todos: en cierto momento noté que Larraechea no me respondía, atento a una pareja que llegaba. La joven, que escuchaba a su compañero mirándose la punta de uno y otro zapato, levantó la cabeza en el preciso instante de cruzar delante nuestro, y saludó con seria extrañeza a Larraechea. Era indudable que lo había visto de lejos. La seguimos con los ojos.

─Mona, la chica ─dice─. ¿La conoces mucho?

─Bastante; ha sido novia mía.

─Es lástima que ya no lo sea más ─creí agregar, colocándome vagamente en su lugar.

─¡Sí, lástima! Yo no era seguramente el hombre soñado... si los muchachos que hacían dogmas supieran por qué hemos roto... Si le interesa, se lo cuento.

»Supongo ─comentó─ que no tendrá mucho interés en saber cómo y dónde la conocí. Hacía ya tres meses que éramos novios, cuando una noche, aquí mismo, un individuo ─ése justamente que está con ella y parece reemplazarme con toda felicidad─ se puso a mi lado; yo estaba parado por ahí, contra una cortina. Ella paseaba con no sé qué amigo de su barrio. El sujeto comentó la ocurrencia, el éxito del baile, las caras bellas, etc. Apenas me conocía, lo cual no obstaba para que me hiciera confidencias con inconsciente indiscreción de buen diablo. Así me dijo:

»─Hace un rato tenía usted una espléndida compañera.

»─¿Cree? ─le respondí por decir algo.


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2 págs. / 4 minutos / 23 visitas.

Publicado el 17 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Los Remos de La Gaviota

Horacio Quiroga


Cuento


Estábamos atracados a la playa de Posadas. Eran las tres de la mañana, y acababa de despertarme, muerto de sueño aún y con las caderas muy doloridas, porque una tabla de cedro de veinticinco centímetros no es un lecho confortable. Como no teníamos el menor interés en perder un solo minuto de ese día, desperté a mi vez a mis compañeros y nos lavamos la cara en el agua aceitosa de la orilla, empuñando en seguida los remos, de vuelta a San Ignacio.

Habíamos llegado a Posadas la tarde anterior, muy bien, si se quiere, pues en la segunda hora de viaje La Gaviota había roto dos veces el mástil, tres veces la botavara, concluyendo por trepar con su aparejo compuesto, encima de un arrecife de asperón, a todo el viento que puede no desear un aficionado, que es ya una dosis máxima de aire.

Durante un mes entero habíamos clamado por viento, esa honrada brisa que hace andar armoniosamente a las embarcaciones. Lo habíamos tenido por fin, la mañana anterior, y bien de largo, el viento norte de Misiones, silbante, implacable, que sopla y sopla hasta concluir ahogado en el diluvio de agua sombría del sur.

Había llegado a las seis de la mañana. La Gaviota volaba aguas abajo, cayendo de proa con un timpánico chasquido de palmeta a cada cabeceo. El Alto Paraná, con treinta o más brazas de agua, levanta olas, hay que creerlo.

Bajábamos rozando la costa paraguaya. El timón, bastante cerrado, roncaba y vibraba dentro de nuestro cuerpo. El bosque del litoral, fresco aún y doblado por el viento hacia el sur, parecía empujar él también.

Era un encanto. Al rato, no. Un ensamble de lapacho y canela con tornillos de dos pulgadas y media, es una cosa muy seria. Pero el viento norte, cuando se decide a bramar después de un mes de sequía brumosa, reconoce muy bien lo que está ensamblado. A las siete y media las cabezas de los tornillos pasaban a través de la canela, y la vela se acostaba de proa.


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11 págs. / 20 minutos / 23 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2026 por Edu Robsy.

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