Textos más populares este mes de Horacio Quiroga publicados por Edu Robsy | pág. 18

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autor: Horacio Quiroga editor: Edu Robsy


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El Gerente

Horacio Quiroga


Cuento


¡Preso y en vísperas de ser fusilado!... ¡Bah! Siento, sí, y me duele en el alma este estúpido desenlace; pero juro ante Dios que haría saltar de nuevo el coche si el gerente estuviese dentro. ¡Qué caída! Salió como de una honda de la plataforma y se estrelló contra la victoria. ¡Qué le costaba, digo yo, haber sido un poco más atento, nada más! Sobre todo, bien sabía que yo era algo más que un simple motorman, y esta sola consideración debiera haberle parecido de sobra.

Ya desde el primer día que entré noté que mi cara no le gustaba.

—¿Qué es usted? —me preguntó.

—Motorman —respondí sorprendido.

—No, no —agregó impaciente—, ya sé. Las tarjetas estas hablan de su instrucción: ¿qué es?

Le dije lo que era. Me examinó de nuevo, sobre todo mi ropa, bien vieja ya. Llamó al jefe de tráfico.

—Está bien; pase adentro y entérese.

¿Cómo es posible que desde ese día no le tuviera odio? ¡Mi ropa!... Pero tenía razón al fin y al cabo, y la vergüenza de mí mismo exageraba todavía esa falsa humillación.

Pasé el primer mes entregado a mi conmutador, lleno de una gran fiebre de trabajo, cuya inferioridad exaltaba mi propia honradez. Por eso estaba contento.

¡El gerente! Tengo todavía sus muecas en los ojos.

Una mañana a las 4 falté. Había pasado la noche enfermo, borracho, qué sé yo. Pero falté. A las 8, cuando fui llamado al escritorio, el gerente escribía: sintió bien que yo estaba allí, pero no hizo ningún movimiento. Al cabo de diez minutos me vio —¡cómo lo veo yo ahora!— y me reconoció.

—¿Qué desea? —comenzó extrañado. Pero tuvo vergüenza y continuó:— ¡Ah! sí, ya sé.

Bajó de nuevo la cabeza con sus cartas. Al rato me dijo tranquilamente:


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3 págs. / 5 minutos / 887 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Globo de Fuego

Horacio Quiroga


Cuento


—Mi matrimonio no tiene historia —dijo Rodríguez Peña una vez que hubo cesado el fuerte trueno—. No hemos tenido drama alguno, ni antes ni después. Tal vez antes —agregó— pudo haberlo habitado... Y sin ello no estaría casado.

Otro gran trueno retumbó, más súbito y violento que los anteriores, y tras él se oyó arreciar, a través de las puertas cerradas, la lluvia torrencial que inundaba el patio.

—¡Qué horror de agua! —exclamó una chica, levantándose con algunas compañeras a mirar la lluvia a través de los postigos. Y a cada nueva descarga que hacía temblar la casa, levantaban los ojos inquietos al techo.

—Cuéntenos eso, Rodríguez Peña —dijeron los hombres maduros—. Puede que las niñas casaderas aprovechen su historia.

Nuestro amigo no se hizo de rogar. Y gravemente, según su costumbre, comenzó:

—Ustedes saben —dijo— que mi mujer no es linda. No ignoran tampoco que todos tenemos la vanidad del buen gusto, por lo cual es muy difícil que anunciemos, sin disculpas a otro hombre que nos hemos enamorado de una mujer fea. Comprenderán así ustedes cómo no quise confesarme a mí mismo, los primeros días que la conocí, que amaba a la que es hoy mi mujer.

"Me agradó en seguida, a pesar de su cara sin gracia. Mi mujer tiene la cara menos graciosa que se puede concebir. Lo que me sedujo en ella fue la tranquilidad de su alma, y su metal de voz lleno de bondad. A pesar de esto, no tuve el menor pudor en expresarme así a un amigo que me había visto rendido con ella.

"—No tenía nada que hacer... Es interesante, pero tiene una cara imposible...

"Me mostré en lo sucesivo muy solícito, dándole a comprender que no jugaba con ella; pero, no obstante, mis expresiones no pasaban de un tono muy ligero, tal vez para engañarme a mí mismo sobre lo que en realidad sentía por ella.


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3 págs. / 5 minutos / 1.446 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Conductor del Rápido

Horacio Quiroga


Cuento


Desde 1905 hasta 1925 han ingresado en el Hospicio de las Mercedes 108 maquinistas atacados de alienación mental.

Cierta mañana llegó al manicomio un hombre escuálido, de rostro macilento, que se tenía malamente en pie. Estaba cubierto de andrajos y articulaba tan mal sus palabras que era necesario descubrir lo que decía. Y, sin embargo, según afirmaba con cierto alarde su mujer al internarlo, ese maquinista había guiado su máquina hasta pocas horas antes.

En un momento dado de aquel lapso de tiempo, un señalero y un cambista alienados trabajaban en la misma línea y al mismo tiempo que dos conductores, también alienados.

Es hora, pues, dados los copiosos hechos apuntados, de meditar ante las actitudes fácilmente imaginables en que podría incurrir un maquinista alienado que conduce un tren.

Tal es lo que leo en una revista de criminología, psiquiatría y medicina legal, que tengo bajo mis ojos mientras me desayuno.

Perfecto. Yo soy uno de esos maquinistas. Más aun: soy conductor del rápido del Continental. Leo, pues, el anterior estudio con una atención también fácilmente imaginable.

Hombres, mujeres, niños, niñitos, presidentes y estabiloques: desconfiad de los psiquiatras como de toda policía. Ellos ejercen el contralor mental de la humanidad, y ganan con ello: ¡ojo! Yo no conozco las estadísticas de alienación en el personal de los hospicios; pero no cambio los posibles trastornos que mi locomotora con un loco a horcajadas pudiera discurrir por los caminos, con los de cualquier deprimido psiquiatra al frente de un manicomio.


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9 págs. / 16 minutos / 202 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Corto poema de María Angélica

Horacio Quiroga


Cuento


I

Habiendo decidido cambiar de estado, uníme en matrimonio con María Angélica, para cuya felicidad nuestras mutuas familias hicieron votos imperecederos. Blanca y exangüe, debilitada por una vaga enfermedad en la cual —como coincidiera con el anuncio de nuestro matrimonio— nunca creí sino sonriendo, María Angélica llevó al nuevo hogar cierta melancolía sincera que en vez de deprimirnos hizo más apacibles nuestros aturdidos días de amor. Paseábamos del brazo, en esos primeros días, contentos de habernos conocido en una edad apropiada; mis palabras más graves la hacían reír como a una criatura, la salud ya en retorno comenzaba a apaciguar su demasiada esbeltez, y el señor cura, que vino a visitarnos, no pudo menos de abrazarla con mi consentimiento.

II

Los diversos regalos que recibimos en aquella ocasión fueron tantos que no bastó la sala para contenerlos. Nos vimos obligados a despejar el escritorio, retiramos la mesa, dispusimos la biblioteca de modo que hubiera mayor espacio; y allí, en la exigua comodidad, bien que muchas veces tornó favorable una loca expansión, pasamos las horas leyendo las tarjetas: diminutas cartulinas —sujetas con lazos de seda— de las amigas de María Angélica; sobres de algunas señoras a quienes mi esposa trató muy poco, dentro de los cuales a más de las tarjetas pusieron una flor; cartas enteras de mis antiguas relaciones que recordaron entonces una dudosa intimidad, flores, alhajas, objetos de arte. Cuando nuestra vista se fatigaba, nos deteníamos enternecidos, apoyadas una en otra nuestras cabezas, ante el sencillo obsequio de mis padres que me devolvieron —lleno por ellos y mis hermanos de afectuosas felicitaciones— el retrato de María Angélica.


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20 págs. / 35 minutos / 52 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


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6 págs. / 11 minutos / 26 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Episodio

Horacio Quiroga


Cuento


La guerra, prolongándose, se exacerbaba. Como la montonera no tenía cuartel, no podía darlo, según la frase de uno de ella. Los realistas, por su lado, simplificaban la victoria de igual modo. Si el ánimo era abundante, la munición no. De aquí que el degüello reemplazara no pocas veces al fusilamiento, proceso tardo y dispendioso.

En tales odios, del degüello a la tortura no hay más que un paso, y ambos beligerantes salvábanlo con frecuencia, so pretexto de patriótica redención.

A los reveses diarios sucedían nuevas fortunas. El país, jugado a golpes de sable, cambiaba de bandera cada día o semana. El flamante dueño llevaba siempre a la población conquistada su pequeño saco de venganzas sobre las personas de estos delatores, de aquéllos pasados al enemigo. Y como las tropas realistas operaban en país hostil, sus infortunios en tal género eran mucho mayores que los de la montonera.

Así su ira viose enérgicamente solicitada en cierta ocasión por un joven patriota que hizo veinte leguas en una noche para ir a avisar a una fuerza de la patria que el enemigo, escaso, había entrado en su pueblo. El muchacho montaba mal. Cuando llegó, lívido, tuvieron que sostenerlo. Temblaba, los ojos desvariados, escupiendo sangre a cada instante, sin poder hablar.

A la noche siguiente la montonera cayó sobre el villorio oscuro y masacró a los realistas.

Los patriotas mantuviéronse diez días en el pueblo, hasta que la aproximación de un regimiento enemigo los puso sobre alerta. Recibieron orden de evacuar la posición, y, aunque de mala gana, antes de la llegada de aquél se fueron.


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2 págs. / 5 minutos / 12 visitas.

Publicado el 15 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Un Simple Antojo

Horacio Quiroga


Cuento


Quiero dejar constancia en estas líneas de los agravios que tengo contra el Banco de la Nación Argentina.

Yo era hasta muy poco tiempo un hombre feliz, cuanto se puede serlo con un buen apetito y una mujer sin mayores caprichos. Hoy tengo un géiser en vez de estómago, y ella, mi mujer, tiene una idea fija. Además, está encinta. No creo que se necesite más.

Véase ahora la obra torturadora, maquiavélica del Banco de la Nación Argentina. Un buen día me dijeron:

─¿No le convendría un buen empleo en el Banco de la Nación? No le vendría mal, yo creo... Fuera de que los empleados de banco son muy bien vistos.

Que me viniera bien, está fuera de duda. Pero lo de ser empleado bien visto, me fue particularmente agradable. Y parece que así es, en efecto.

Acepté el empleo. Hace de esto dos años. Recuerdo muy bien la mirada de ternura con que me acogieron mis compañeros el primer día.

─¿Usted es huérfano de padre y madre, señor? ─me preguntó uno de ellos.

─Sí... más o menos... ─le respondí, no sabiendo adónde iba el muchacho.

─¡Oh, no es nada! ─agregó con una plácida sonrisa─. El banco es nuestro padre.

─Sí ─apoyaron tiernos los demás─. Él es nuestro padre.

En efecto, a los pocos días me daba cuenta de cuán hondo y estrecho es este lazo de familia. Éramos entonces 1.050 o 1.100 empleados. Ahora apenas alcanzamos a 1.000. Y el banco es el padre de todos nosotros.

Véase: cuando un muchacho ha cumplido los veintidós años, y comete una absurda tontería con una muchacha de también veintidós años, no se cree obligado sino a dos cosas: a dar cuenta del fenómeno a la propia conciencia, o al padre de la muchacha. Nada más, y esto es ya bastante trabajo.

Pero aquí está el error. Puede muy bien pensar así un muchacho libre o huérfano de padres; pero jamás un empleado del Banco de la Nación. Porque el presidente del banco nos llama entonces y nos dice:


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Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Las Mujercitas

Horacio Quiroga


Cuento


Por ejemplo, mi chica mayor, de cinco años, se entretuvo toda la tarde de ayer en remover los cajones del fondo, martirizando a un sapo. Sí, señora, mi mujer dice igualmente que ése es un juego, y a ella también le parece mentira lo que digo. Está convencida de que yo calumnio a mis hijos, y de que pocas veces se habrá visto un hombre más injusto que yo. Recuerde, sin embargo, la mínima parte de sus cosas. Hasta podría hacerse en cuentitos. Vea, por ejemplo:

El nene recibe un paquete, y toda la gracia del regalo está en la sonrisita y la mirada que aquél deja caer sobre su hermano. ¡Pero qué sonrisa! Sobre todo, si la criatura desprovista expresa en gimoteos su desamparo. Por mi parte, no he visto en hombre alguno una expresión de más vil goce torturante que la de esa monadas de tres años.

Sigue el mismo caso. El nene se cansó del juguete; evidentemente no le interesa más. Pero la gracia está aquí en alejarse a la distraída del chiche, para detenerse a diez pasos y recuperar la feroz sonrisilla ante el otro pequeño, que creyendo llegado el momento de disfrutar de su parte de goce en esta vida, se encamina con paso inseguro al juguete abandonado. Nuestro héroe salta entonces hasta el chiche y pone sus manos encima.

─¡No, es mío! ─grita triunfal.

En estos dos lances, sobre todo, es preciso ver a las mujercitas.

Otro ejemplo. El nene está en cama, indispuesto, y su hermanita, recorriendo gozosa la pieza de un lado al otro, no se cansa de repetir:

─El nene no se va a levantar, ¿no, mamá?

Presenta otro aspecto. Esta vez es la nena quien recibe en su sombrerito un moño nuevo. Para que el moño ese sea un adorno de real mérito, es indispensable que el nene continúe con su moño viejo:

─El nene no tiene, ¿verdad, mamá?


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3 págs. / 6 minutos / 18 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Mancha Hiptálmica

Horacio Quiroga


Cuento


—¿Qué tiene esa pared?

Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.

Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.

—¿P... pared? —formuló al rato.

Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible.

—No es nada—contesté—. Es la mancha hiptálmica.

—¿Mancha?

—... hiptálmica. La mancha hiptálmica. Éste es mi dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza!... Bueno. Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto?... Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.

—¿Qué dices? —le pregunté inquieto.

—¡Qué sueño más raro! —me respondió, angustiada aún.

—¿Qué era?

—No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!

—¡Trata de acordarte, por Dios!—la insté, vivamente interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro...

Mi mujer hizo un esfuerzo.

—No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.

—¿Qué? ...

—Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica —¡Raro! —murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.

Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella también se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.

—¡Si... sí! —se reia—. En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...

—¿Un diente? ..

—No sé; creo que sí...


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2 págs. / 4 minutos / 2.301 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Una Conquista

Horacio Quiroga


Cuento


Él

Cada cuatro o cinco días, y desde hace dos meses, recibo cartas de una desconocida que, entre rasgos de ingenuidad y de esprit, me agitan más de lo que quisiera.

No son estas las primeras cartas de femenina admiración que recibo, puede creerse. Cualquier mediano escritor posee al respecto un cuantioso archivo. Las chicas literatas que leen mucho y no escriben, son por lo general las que más se especializan en esta correspondencia misteriosa, pocas veces artística, sentimental casi siempre, y por lo común estéril.

En mi carácter de crítico, me veo favorecido con epístolas admirativas y perfumadas, donde se aspira a la legua a la chica que va a lanzarse a escribir, o a la que, ya del oficio, melifica de antemano el juicio de su próximo libro.

Con un poco de práctica, se llega a conocer por la primera línea qué busca exactamente la efusiva corresponsal. De aquí que haya cartas amabilísimas que nos libramos bien de responder, y otras reposadas, graves —casi teosóficas—, que nos apresuramos a contestar con una larga sonrisa.

Pero de esta anónima y candorosa admiradora no sé qué pensar. Ya dos veces me he deslizado con cautela, y por la absurda ingenuidad de su respuesta he comprendido mi error.

¿Qué diablos pretende? ¿Atarme de pies y manos para leerme un manuscrito?

Tampoco, por lo que veo. Le he pedido me envíe su retrato; muy gentil cambio de fotografías. Me ha respondido que teniendo a la cabecera de su cama cuatro o cinco retratos míos recortados de las revistas, se siente al respecto plenamente satisfecha. Esto en cuanto a mí. En cuanto a ella, es "apenas una chica feúcha, indigna de ser mirada de cerca por un hombre de tan buen gusto como yo".

¿No muy tonta, verdad?


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5 págs. / 8 minutos / 169 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

1617181920