Textos por orden alfabético inverso de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 12

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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La Miel Silvestre

Horacio Quiroga


Cuento


Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores—iniciados también en Julio Verne—sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.

Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

Benincasa, habiendo concluído sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar. En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos strom-boot.


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5 págs. / 9 minutos / 1.935 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Meningitis y su Sombra

Horacio Quiroga


Cuento


No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra de todo esto.

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una tarjeta de Funes, que dice así:

_Estimado amigo:

Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

Luis María Funes_.

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

—Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

—Me parece que sí—no pude menos que responderle.

—Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

—Todo lo que quiera—le respondí francamente, aunque poniéndome al mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

—¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?


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24 págs. / 43 minutos / 567 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Mancha Hiptálmica

Horacio Quiroga


Cuento


—¿Qué tiene esa pared?

Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.

Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.

—¿P... pared? —formuló al rato.

Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible.

—No es nada—contesté—. Es la mancha hiptálmica.

—¿Mancha?

—... hiptálmica. La mancha hiptálmica. Éste es mi dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza!... Bueno. Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto?... Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.

—¿Qué dices? —le pregunté inquieto.

—¡Qué sueño más raro! —me respondió, angustiada aún.

—¿Qué era?

—No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!

—¡Trata de acordarte, por Dios!—la insté, vivamente interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro...

Mi mujer hizo un esfuerzo.

—No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.

—¿Qué? ...

—Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica —¡Raro! —murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.

Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella también se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.

—¡Si... sí! —se reia—. En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...

—¿Un diente? ..

—No sé; creo que sí...


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2 págs. / 4 minutos / 2.301 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Madre de Costa

Horacio Quiroga


Cuento


Un hombre casado se debe a su mujer; pero un soltero sin familia, a su dueña de casa.

Abalcázar Costa —en provincias hay siempre nombres raros— vino de la suya con excelentes notas en bachillerato y escaso dinero. Púsose a buscar una casa de huéspedes donde se comiese bien —porque los muchachos que vienen tienen gran apetito— y hubiera tranquilidad.

Hallola en la calle Cevallos, una vieja casa de dos patios, que quedara enclavada entre altísimos muros. Por cierto, no había sol. En verano, y durante dos meses, alcanzaba a insinuarse hasta el marco superior de las puertas, nada más. En invierno, los frisos tenían una línea verde de humedad y en la casa oscura reinaba un vaho de sótano.

Con todo, había tranquilidad, y Costa propúsose aprovecharla, lo que era innegable, y pensó vivir allí mucho tiempo, lo que no lo fue tanto. Se hospedaban en aquélla ocho o diez inquilinos, y regía su destino la dueña de casa, persona repleta de promesas y que vestía siempre de negro, como conviene a una patrona seria y madre de sus hijos.

Costa encantose de ella, pues es cierto que en los primeros tiempos la dueña de casa tuvo con él gracias extraordinarias. No se sabe cómo pudo Costa obtener un mes entero la comida a la hora que él deseaba. Para los demás —y entre ellos, yo— el problema era irresoluble. Acaso, acaso en un tiempo remoto, cuando nos instalamos, nos cupo a nosotros igual dicha; pero la subsecuente mala suerte nos había hecho olvidar de la buena. Lo cierto es que durante un mes, Costa fue servido antes de media hora de sentarse a la mesa, halló siempre azúcar en la azucarera y agua en las jarras, y demás circunstancias felices, propias de una persona afortunada.

Nosotros llamábamos a nuestra solícita madre, doña Josefa; Costa decía misia Josefa, y la trataba con deferencia. El muchacho era muy culto en sus expresiones.


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4 págs. / 7 minutos / 93 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Llama

Horacio Quiroga


Cuento


«Ha fallecido ayer, a los ochenta y seis años, la duquesa de La Tour-Sedan. La enfermedad de la ilustre anciana, sumida en sueño cataléptico desde 1842, ha constituido uno de los más extraños casos que registra la patología nerviosa».

El viejo violinista, al leer la noticia en Le Gaulois, me pasó el diario sin decir una palabra y quedó largo rato pensativo.

—¿La conocía usted? —le pregunté.

—¿Conocerla? —me respondió—. ¡Oh, no! Pero…

Fue a su escritorio, y volvió a mi lado con un retrato que contempló mudo un largo instante.

La criatura retratada era realmente hermosa. Llevaba el pelo apartado sobre las sienes, en dos secos golpes, como si la mano acabara de despejar bruscamente la frente. Pero lo admirable de aquel rostro eran los ojos. Su mirada tenía una profundidad y una tristeza extraordinarias, que la cabeza, un poco echada atrás, no hacía sino realzar.

—¿Es hija… o nieta de esta señora que ha muerto? —le pregunté.

—Es ella misma —repuso en voz baja—. He visto el daguerrotipo original… y en una ocasión única en mi vida —concluyó en voz más baja aún.

Quedó de nuevo pensativo, y al fin levantó los ojos a mí.

—Yo soy viejo ya —me dijo— y me voy… No he hecho en mi vida lo que he querido, pero no me quejo. Usted, que es muy joven y cree sentirse músico —y estoy seguro de que lo es— merece conocer esta ocasión de que le he hablado… Óigame:


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9 págs. / 16 minutos / 397 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Lengua

Horacio Quiroga


Cuento


Hospicio de las Mercedes…

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver…! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…

¡Arrancarle la lengua…! Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste…? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos.

¡Su lengua…! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé…

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos…

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.

—Pero de veras —me detenía a ratos—. ¿Sabías que era yo el que había inventado la cosa?

—¡Claro que lo sabía! —le respondía riéndome.


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2 págs. / 5 minutos / 450 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Lata De Nafta

Horacio Quiroga


Cuento



Las rutas de la selva y las de la pampa ostentan dos características, paraíso en la una e infierno en la otra: falta o exceso de vegetación. 

No hay camino en la estepa digno de tal nombre mientras no se logre encauzarlo entre doble fila de árboles. No hay picada en el bosque que pueda resistir a la lujuria floral, si día tras día no se va extirpando la selva ambiente que pugna por cubrir la honda cicatriz abierta. Es, pues, obvio que el amigo del árbol a ciegas sufra trastornos conceptuales cuando trasplantada su existencia a una zona boscosa deba, para conservar aquélla, talar, rozar, aniquilar y quemar constantemente la selva ante el altar de sus pampeanos dioses. 

Nunca como en el bosque el caballo de Atila pudo ser útil. 


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3 págs. / 5 minutos / 5 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

La Justa Proporción de las Cosas

Horacio Quiroga


Cuento


Hasta el año pasado un individuo de levita y sombrero de copa se estacionaba todas las tardes en la esquina Artes y juncal, dando en la manía de disponer el orden de los carruajes para evitar interrupciones. Los jueves y domingos de tarde tenía gran tarea porque desempeñaba a conciencia su solícito cometido. Ponía toda su alma en tan ingrata función; cansado, sudoroso, hecho una lástima de desasosiego, tenía la conciencia fresca y fuerte por el exacto deber cumplido. El individuo era loco, y dio en tan lamentable extremo muy sencillamente.

Nicolás Pueyrredón era agente de comercio. Ocupábase de corretajes, liquidaciones y esas adyacencias mercantiles de que yo desgraciadamente no entiendo. Profesaba la fe de la justa proporción de las cosas, sin vértigos posibles. Sabía que a los números, siendo infinitos, puédensele siempre agregar impunemente un uno, un modesto uno.

—Claro es —decía sonriendo— son infinitos; siempre hay lugar para un uno.

Su espíritu gozaba tranquilamente con esto, siendo de por sí incapaz de un revolcón por la locura. Por lo demás, era un hombre expresivo.

He aquí que un día salió de su casa a las 5 de la tarde en dirección a la dársena sur, debía poner en la estafeta del París una carta de última hora. En la calle San Martín el carruaje se detuvo un largo rato; perdió diez minutos. En Defensa y Venezuela una victoria se cruzó de tal modo que fue imposible marchar durante cinco minutos. En la misma calle Defensa y Estados Unidos el carruaje de Pueyrredón atropelló un cupé de ruedas amarillas que iba a contramarcha; volvió a perder diez minutos. De modo que cuando llegó a la dársena el vapor humeaba ya en el canal de entrada.


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2 págs. / 4 minutos / 69 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida

Horacio Quiroga


Cuento


La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida


Y pensar—dice la joven, sin apartar los ojos del fuego de la chimenea— que a estas horas hay gentes que corren a aburrirse en los teatros por el temor de la soledad!

El hombre, sentado también ante el resplandor del hogar, tiende, sin mirarla, el brazo hacia la cabeza de su mujer. 

—Hace tres años —observa— no hubieras pensado así.


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4 págs. / 7 minutos / 13 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.

La Intervención De Los Espíritus Y La Caja De Fósforos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


Las últimas manifestaciones espiritistas de Conan Doyle, y su certeza de comunicarse más allá de la vida con su colega Houdini, han vuelto a inquietar a todos los innumerables doloridos de este mundo que con mayor o menor fe sueñan o confían en reanudar, a través de la muerte, una felicidad trunca.

Cabe ante el renovado fenómeno sorprenderse una vez más de la resistencia que el hombre opone a desaparecer totalmente de un escenario frío, insensible y duro, en el que apareció cuando su turno en la caravana fue llegado, y donde se desarrolló, actuó, se encogió y murió, sin llegar a tener nunca conciencia del por qué de este surgir y desaparecer en lo que media de un segundo a otro del universo, y sin conocer otra cosa de su destino que la fatal brevedad en cumplirlo.

Puede el hombre convivir años enteros con los astros; puede prescindir de su yo ante descubrimientos de divina exaltación: pero ante la idea de su muerte personal, circunscrita a sí mismo, el hombre, con una terquedad heredada a través de las edades de la amonita primaria, se agita y se revuelve ante ese anonadamiento.


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Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 8 visitas.

Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

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