Textos por orden alfabético de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 2

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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Cuadrivio Laico

Horacio Quiroga


Cuento


Navidad

Los Reyes Magos, después de consultar a Herodes, partieron de Jerusalén. La estrella divina que antes les había guiado y que habían perdido reapareció hacia el sur, descendiendo al fin sobre el techo de una humilde posada, donde acababa de nacer Jesús.

Los viejos monarcas lo adoraron parte de la noche, retirándose temprano, pues al alba debían partir para Jerusalén a avisar a Herodes; pero en un nuevo sueño unánime fueron advertidos de que no lo hicieran así.

Cambiaron en consecuencia de dirección y nunca se volvió a saber de ellos.

Cuando después de muchos días de espera Herodes se vio engañado por los viejos árabes, entró en gran furor y ordenó que se degollara a todos los niños menores de dos años de Bethlehem y sus alrededores.

Militaba por entonces en la segunda decuria de la guardia de Herodes un soldado romano, llamado Quinto Arsaces Tritíceo, parto de origen y hombre de carácter decidido y franco. Durante su estación en la triste Judea había depositado su amor en una joven betlehemita de nítida belleza, tan sencilla de corazón que jamás había soñado más horizonte para su hermosura que el homenaje del sincero soldado.

Salomé —llamábase así— vivía en Bethlehem con sus padres, y dos veces por semana llevaba a la capital los frutos varios de su huerta. A su regreso, en las claras noches de luna, Arsaces solía acompañarla, con su espada corta y su jabalina.

En una de esas noches, al despedirse, Arsaces le dijo estas palabras:

—Dime: ¿no has oído hablar en Bethlehem de tres viejos árabes que estuvieron sólo una noche allí?

—No, ¿por qué?

—Por esto: Galba, nuestro decurión, nos ha dicho ayer que El Idumeo esperó ansiosamente a tres árabes o caldeos que fueron a Bethlehem, hace ya bastante tiempo. No sé en verdad qué clase de inquietud es la suya; pero Galba teme algún nuevo despropósito de Herodes.


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11 págs. / 20 minutos / 117 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cuadro Final

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Concluye aquí las impresiones de la naturaleza que en un perdido rincón del nordeste del país, recibimos yo y mis chicos durante diez años. En este lapso de tiempo ellos vieron, con sus ojos infantiles y prestos a sufrir una impresión nueva e inesperada de las cosas, cuanto veía yo con mucho menos frescura. Y las historias de nuestro coatí, nuestro tigre, nuestro cuendú, nuestra ñandurihé, por breves que hayan sido, evocan en ellos un cúmulo de emociones aún vivas, de las que apenas he podido yo coger un rastro al recordarlas en un frío relato.

La vida de la ñandurihé, por ejemplo, encierra para nosotros toda una catástrofe, no tanto por el dolor sufrido, como por la vergüenza de haberla perdido por nuestra ingratitud, abandono y desidia. Nuestra vida sentimental en aquel rincón de bosque consistía, puede decirse, en el cuidado de los animalitos, que compartían con nosotros las bonanzas e inclemencias del país entero, reducido a nuestra meseta.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Cuatro Literatos

Horacio Quiroga


Cuento


Los vapores que navegan en el Alto Paraná desde Posadas á Puerto Alica, término forzoso de la derrota, llevan casi siempre a proa treinta ó cuarenta peones de obraje y un número menor de mulas, todo suficientemente mezclado. En el grupo, algunas vacas que suelen escaparse, derivando leguas enteras.

Hay luego peces que tienen las desviada habilidad de saltar a las chalanas que remolca el vapor, correspondencia arrojada al agua en botellas, capataces de monte que han aprendido de algún inglés eternamente civilizado á amar el whisky, y muchas cosas más.


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3 págs. / 5 minutos / 11 visitas.

Publicado el 7 de julio de 2026 por Brian.

Cuento

Horacio Quiroga


Cuento


Recaredo volvió la cabeza e hizo girar suavemente la guía de su máquina. El carruaje que estuvo a punto de atropellarle, un elegante cupé, pasó a escape entre un raro ruido de cadenas que el desorden del precipitado galope hacía más timpánico.

Una nube de polvo, sobre la boca abierta de los espectadores, ahogó la carrera.

Dejó la bicicleta; paseó, miró; el sol de un atardecer de verano, ya en el horizonte, incendiaba las lejanías inacabables, llenaba de oro las pulverizaciones del macadam, flotaba en los átomos, bajo un venturoso cielo de rosa en que iba a abismarse la difusión amarillenta de los soles decrépitos. Los surtidores de agua se elevaban sin inclinarse, las melodías se hacían oscuras, los bambúes del invernáculo recostaban sin espera en los cristales, como en un pecho para el cual hace tiempo somos indiferentes, su desmesurada delgadez. Y en las ya silenciosas avenidas la extenuación se hacía metódica, sobre un perfume que tarda siglos en aspirarse, sobre un tono que no puede sostenerse por más tiempo, sobre una mano —a la hora en que se conoce de lejos a las mujeres enfermas— en su dolorosa ineptitud.

Adolescencia cruel, idealidades fácilmente disyuntivas, Recaredo huyó muy pronto de las universidades, destrozó muchos ídolos, fue lleno de similitud con las ideas raras. En pos de cada crisis, no obstante, mucho de lo muerto iba con él, marchaba con los fragmentos de su ídolo debajo del brazo, avanzaba herido y lleno de dolor, como esos pobres mutilados que para caminar tienen que apoyarse a guisa de bastón, en el miembro tronchado. Recorrió los hospitales y en cada camilla se detuvo con desconfianza, mirando bien en los ojos a los poetas que estaban malditos. Pero en la escasa luz de la sala, el cerebro perturbado por un advenimiento excesivamente radical, bajo la influencia de un fonógrafo distante en que una manipulación bien amistosa lograba dar a las voces igual intensidad, no pudo apreciar las miradas.


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7 págs. / 12 minutos / 29 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Cuento para Estudiantes

Horacio Quiroga


Cuento


La disciplina usual quiere que el profesor tenga siempre razón, a despecho de cuanto de inmoral cabe en esto. Las excepciones fracasan casi siempre porque en ellas la cátedra reconoce su equivocación o ignorancia por concepto pedagógico —lo que no engaña nunca al alumno— y no por franca honradez. Es de todos modos dura tarea sostener un error con vergonzosos sofismas que el escolar va siguiendo tangente a tangente, y gracias a esta infalibilidad dogmática ha cabido a la Facultad de Ciencias Exactas la inmensa suerte de que el que estas líneas escribe no sea hoy un pésimo ingeniero.

El caso es edificante. Yo tenía, en verdad, cuando muchacho, muy pocas disposiciones para las matemáticas. Pero el profesor de la materia dio un día en un feliz sistema de aplicación, cuyo objeto sería emularnos mutuamente a base de heridas en el amor propio. Dividió la clase en dos bandos: cartagineses y romanos, en cada uno de los cuales los combatientes ocuparían las jerarquías correspondientes a su capacidad. Hubo libre elección de patria; y yo —a fuer de glorioso anibalista— convertime de uruguayo en cartaginés. Éste fue mi único triunfo, y aun triunfo de mi particular entusiasmo; pues cuando se distribuyeron los puestos me vi delegado al duodécimo. Éramos catorce por bando. Luego, en un total de veintiocho matemáticos, sólo había cuatro más malos que yo: mis dos cartagineses del último banco, y los dos legionarios correlativos.

Como se ve, esta imperial clasificación de nuestros méritos, y que me coronaba con tal diadema de inutilidad, debía hacerme muy poca gracia. En consecuencia decidí tranquilamente llegar al mando supremo en mi partido.


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5 págs. / 10 minutos / 225 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cuentos para Novios

Horacio Quiroga


Cuento


¿Qué fue todo, al fin? Un pequeño detalle de la felicidad doméstica; pero cualquiera hubiera creído en una erupción volcánica.

Yo había llegado la tarde anterior a casa de Gaztambide, que vivía entonces en el campo. Esa misma noche, rendido por el viaje a caballo, me acosté muy temprano y me dormí enseguida. Me desperté, no sé a qué hora, y oí que el chico de los Gaztambide lloraba. Volví a dormirme, para despertarme otra vez. El chico lloraba de nuevo, y Gaztambide hablaba en voz alta. Torné a recuperar el sueño, y desperté de nuevo. El chico lloraba, pero el padre no hablaba. En cambio, oí que paseaba por afuera; hacía unos dos grados bajo cero. Esto me llenó de confusión; pero como el sueño de un hombre de mi edad es superior a la meditación de estas rarezas domésticas, torné a dormirme.

De madrugada ya, desperté por última vez.

—Esta buena gente —me dije mientras me vestía con sigilo— debe dormir aún. No hay que despertarlos.

Salí afuera, y lo primero que vi en el corredor fue a Gaztambide, hundido en un sillón de tela, bien envuelto en su plaid.

—¡Diablo! —exclamé deteniéndome a su frente—. ¿No ha dormido?

—No —respondió con una triste mirada al campo blanco de escarcha—. No dormiré nunca más.

—¿El nene…? —pregunté inquieto, recordando.

—No; el nene está sano y bueno… Pregúntele a Celina —concluyó con un movimiento de cabeza.

Abrí la puerta del comedor, y allí estaba Celina acodada a la mesa, visiblemente muerta de frío.

—No es nada —me dijo saliendo conmigo afuera—. Ya lo conocerá usted cuando se case… ¡Julio! —se volvió enternecida a su marido—. ¿Por qué no te acuestas un rato?

—No me acostaré nunca más —repuso él con la misma voz cansada—. Pero tomaría café.


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6 págs. / 12 minutos / 302 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

De Caza

Horacio Quiroga


Cuento


Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un momento de fumar.

Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos destrozamos las piernas en el caraguatá tras un coatí. A las once llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas. Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y, enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito, interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.

La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe, tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras un árbol, precaución más que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.

Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.

He cazado algunas veces; sin embargo, el wínchester me temblaba en las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más allá de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte cerrado de malezas, con más fijeza y angustia que en esa ocasión.


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3 págs. / 5 minutos / 155 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

De La Vida De Nuestros Animales

Horacio Quiroga


Cuento, Coleccion, Crónica, Artículo



La Yararacusú


Si se exceptúa a algunas pequeñas y torpes víboras de coral, la totalidad de nuestras serpientes venenosas son yararás. Puédese casi asegurar a ciencia cierta que todo hombre o animal doméstico o salvaje muerto por una víbora, ha sido mordido por una yarará.

Estas víboras pertenecen a ocho o diez especies distintas, pero sumamente parecidas entre sí. Tan vivo es el parentesco, que apenas algunas especies se diferencian del resto de la familia por dos o tres caracteres sensibles.

En la Argentina, la yararacusú goza en primer término de este privilegio, por ser la más grande, la más fuerte, la más hermosa y la más mortífera de todas las primas hermanas. Merece, pues, ser considerada la reina de nuestras víboras.


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71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 30 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2026 por Brian.

De una Mujer a un Hombre

Horacio Quiroga


Cuento


—Sí —replicó impaciente el doctor Zumarán — . Ya conozco la fórmula: las cosas deben ser dichas, cueste lo que cueste… Ante el altar de la Verdad, aun una mentira que fue largo tiempo mentira, adquiere súbita pureza, por el solo hecho de ser confesada… ¡Ya! ¡Sé todo esto!…

Hubo un pequeño silencio. La noche caía ya. Adentro, en el escritorio, no se veía sino nuestras caras y los chismes de níquel de la mesa. Alguno de nosotros replicó:

—También conocemos todos lo que hay de fórmula y lo que hay de realidad: pero eso no obsta para que nos esforcemos en transmutar el programa ideológico en propia sustancia vital.

—Sí. sí —reafirmó Zumarán —. Ser cristianos por intelectualidad y pretender serlo por corazón… O serlo por corazón y aspirar a serlo de carácter. Es una noble tarea. ¿Ustedes no han conocido a ningún tipo violento, de buen corazón como suelen serlo casi todos ellos, empeñado en aprender a contenerse cuando la llamarada de indignación le sube a los ojos ante una perrería de cualquier vecino o de uno de sus hijos? Es la cosa más triste que pueda verse. Nadie más que él sabe que comprender es perdonar… que responder con una canallada a otra es hacerse digno de ella… (que no se debe pegar a los chicos… ¡Linda música! Yo he conocido a muchos con esta angélica pretensión, y su vida, les repito, no era agradable. Algo de esto pasa con la Verdad. Las cosas deben ser dichas… Sí, cuando por la pared opuesta no está guiñándonos el ojo una Verdad bastante criminal como para aniquilar dos o tres sueños de dicha. ¡Linda obra la de decir las cosas, entonces…!

El silencio se reprodujo. Quien más, quien menos, todos tenemos idea de algunas de estas Verdades que han rozado o clavado el dientecito en nuestra vida. Pero Zumarán, en su carácter de médico, debía estar bastante informado al respecto, y se lo insinuamos así.


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5 págs. / 8 minutos / 188 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Dieta de Amor

Horacio Quiroga


Cuento


Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos.

La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un solo número y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.

Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí:


DOCTOR SWINDENBORG
FÍSICO DIETÉTICO
 

¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir…


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5 págs. / 9 minutos / 272 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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