La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en
aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su
proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban
en las manos del remero y subían hasta el cenit. El hombre conocía bastante bien
su río, para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de
lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos,
que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa.
La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se
volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento,
claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.
Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o
la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no se oía tampoco ahora un
solo trueno.
Lluvia para toda la noche —pensó. Y volviéndose a sus acompañantes, que se
mantenían mudos en popa:
—Pónganse las capas —dijo brevemente—. Y sujétense bien.
En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y dos o tres veces el
remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido. Pero aun a trueque de
romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la fronda, pues de apartarse
cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda la noche delante de su
puerto, sin lograr verlo.
Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero avanzó un rato aún.
Las gotas caían ahora más densas, pero también con mayor intermitencia. Cesaban
bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de dónde. Y recomenzaban otra
vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de nuevo en la misma oscuridad
y la misma depresión de atmósfera.
—Sujétense bien —repitió Subercasaux a sus dos acompañantes—. Ya hemos llegado.
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