Textos más descargados de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 16

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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La Justa Proporción de las Cosas

Horacio Quiroga


Cuento


Hasta el año pasado un individuo de levita y sombrero de copa se estacionaba todas las tardes en la esquina Artes y juncal, dando en la manía de disponer el orden de los carruajes para evitar interrupciones. Los jueves y domingos de tarde tenía gran tarea porque desempeñaba a conciencia su solícito cometido. Ponía toda su alma en tan ingrata función; cansado, sudoroso, hecho una lástima de desasosiego, tenía la conciencia fresca y fuerte por el exacto deber cumplido. El individuo era loco, y dio en tan lamentable extremo muy sencillamente.

Nicolás Pueyrredón era agente de comercio. Ocupábase de corretajes, liquidaciones y esas adyacencias mercantiles de que yo desgraciadamente no entiendo. Profesaba la fe de la justa proporción de las cosas, sin vértigos posibles. Sabía que a los números, siendo infinitos, puédensele siempre agregar impunemente un uno, un modesto uno.

—Claro es —decía sonriendo— son infinitos; siempre hay lugar para un uno.

Su espíritu gozaba tranquilamente con esto, siendo de por sí incapaz de un revolcón por la locura. Por lo demás, era un hombre expresivo.

He aquí que un día salió de su casa a las 5 de la tarde en dirección a la dársena sur, debía poner en la estafeta del París una carta de última hora. En la calle San Martín el carruaje se detuvo un largo rato; perdió diez minutos. En Defensa y Venezuela una victoria se cruzó de tal modo que fue imposible marchar durante cinco minutos. En la misma calle Defensa y Estados Unidos el carruaje de Pueyrredón atropelló un cupé de ruedas amarillas que iba a contramarcha; volvió a perder diez minutos. De modo que cuando llegó a la dársena el vapor humeaba ya en el canal de entrada.


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2 págs. / 4 minutos / 68 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Hormiga Minera

Horacio Quiroga


Cuento



Una tarde de verano, el propietario del nuevo jardín comprueba en éste la presencia de una hormiga minera, a pesar de hallarse el sol muy alto aún.

Ese hombre ha llegado no ha mucho a Misiones. No conoce el país, pero sí el sumario completo levantado a la hormiga minera, azote de la región. Cuantas advertencias cabe hacer a un aficionado a las plantas, le han sido confiadas a ese plantador.

—Me defenderé —ha respondido éste—. Tengo cien modos a mi disposición.

—Invente otros cien más —le han advertido—, y al final de los doscientos todavía estará en los comienzos de la lucha.


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6 págs. / 10 minutos / 8 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2026 por Brian.

La Enredadera De Flor Escarlata

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cuando los primeros fríos de junio devuelven al monte su negrura normal, que la última brotación de otoño había desvanecido en verdes claros, y alisan el espartillo del campo en un crema ceniciento por las primeras heladas, puede decirse que Misiones ha adquirido definitivamente su fisonomía invernal.

Hasta los Primeros días de agosto, la gran vegetación dormirá, sufriendo día a día la ilusión de una primavera que el sol cálido evoca, para arrebujarse de nuevo en su pesimismo al caer la noche, en cuyas últimas horas largas agujas de hielo morderán y quemarán su vasto y lóbrego contorno. La naturaleza conoce las bajas extremas del país y espera, soñando y aterida, el primer vislumbre de aurora primaveral que sonroja a los lapachos.

Sólo se atreve a florecer, a punzar en sangre las capueras lívidas de frío; a escalar hasta la cima de los negros troncos quemados en pie, desde donde descuelga en pesadas madejas sus gajos y flores, la enredadera de flor escarlata.


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2 págs. / 4 minutos / 8 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Idilio

Horacio Quiroga


Cuento


Samuel era un muchacho a quien sus múltiples conquistas habían dado un nombre en las lides de amor. No tenía oficio: a veces hacía el lisiado, el ciego, cualquier cosa que excitara compasión. Sus triunfos amorosos estaban en relación con su vida; muchachas abandonadas, vendedoras de diarios, ex sirvientas caídas como un trapo en medio de la calle.

De cualquier modo eran triunfos. Y en las tardes de los arrabales, en las noches bajo un cobertizo cualquiera, ponían ellos tanto amor como una pareja bien alimentada y bien dormida.

Su último triunfo fue Lía. Se unieron en una hermosa mañana de primavera, tibia y olorosa. El pedía limosna con los ojos en blanco. Ella que pasaba con sus diarios, conociéndole, le ofreció riendo un ejemplar. El rió a su vez y la abrazó en plena calle, como un conquistador. Tal fue la resistencia de Lía que para rechazarle, hubo de dejar caer los diarios. Mas en pos de breve fatiga, ya estaban unidos ante la santa ara del amor callejero y fácil.

Su seducción asombraba.

—¿Qué haces tú —le preguntaban— para conseguirlas sin más ni más?

—Abrazarlas en la calle —respondía encogiéndose de hombros.

Pobres muchachos que veían caer las frutas, y meditaban en la manera de cogerlas si aún pendieran de los árboles.

Lía desde entonces vivió con Samuel y Samuel fue el hombre de Lía. Se amaban lo suficiente para ayudarse en sus mutuas especulaciones y dormir juntos de noche; eso les bastaba. Él era celoso a ratos y la mortificaba con bajas alusiones. Llegaba hasta pegarle estrujándola sin piedad entre sus brazos de hombre. Pero Lía, a pesar de todo, sentía extraño amor por aquel flaco amante, y entrecerraba los párpados, como a un suave rocío, a esas lágrimas de dolor.


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3 págs. / 6 minutos / 86 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Pique

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


En cierta ocasión, como hubiéramos naufragado en el Alto Paraná al embate de una recia tormenta, fuimos arrastrados a cobrar tierra bajo un cobertizo de cinc abandonado en la costa, y cuyo destino fuera en otra época el de secar ladrillos. Vastos montones de ceniza diseminados por el suelo, lo atestiguaban todavía.

Para náufragos, no estaba aquello mal. Solamente que al volcar sobre la ceniza el agua de nuestras botas, una especie de nubecilla obscura comenzó a ascender por las piernas.

Eran los piques. Había millares de ellos, si no millones.

Para valorar lo pintoresco de esta visita, es bueno que se sepan las costumbres de dichos visitantes.


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1 pág. / 3 minutos / 5 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El Divino

Horacio Quiroga


Cuento


Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un teodolito. Por esto cuando se vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el suelo, mirar por los tubitos y correr tornillos, la gente tuvo por él, sus cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi diabólico.

Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera del Brasil, a medir cierta propiedad que su dueño quería vender con urgencia. El terreno no era grande, pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque inextricable y quebradas a prueba de nivel. Howard desempeñose del mejor de los modos posibles, y se hallaba en plena tarea cuando le acaeció su singular aventura.

El agrimensor habíase instalado en un claro del bosque, y sus trabajos marcharon a maravilla durante el resto del invierno que pudo aprovechar, pero llegó el verano, y con tan húmedo y sofocante principio que el bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís, a tal punto que a Howard le faltó valor para afrontarlos. No siendo, por lo demás, urgente su trabajo, dispúsose a descansar quince días.

El rancho de Howard ocupaba la cúspide de una loma que descendía al oeste hasta la vera del bosque. Cuando el sol caía, la loma se doraba y el ambiente cobraba tal transparente frescura que un atardecer, en los treinta y ocho años de Howard revivieron agudas sus grandes glorias de la infancia. ¡Una pandorga! ¡Una cometa! ¿Qué cosa más bella que remontar a esa hora el cabeceador barrilete, la bomba ondulante o el inmóvil lucero? A esa hora, cuando el sol desaparece y el viento cae con él, la pandorga se aquieta. La cola pende entonces inmóvil y el hilo forma una honda curva. Y allá arriba, muy alto, fija en vaguísima tremulación, la pandorga en equilibrio constela triunfalmente el cielo de nuestra industriosa infancia.


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4 págs. / 7 minutos / 160 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cadáveres Frescos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


La información literaria del escritor, vale decir el acopio de datos contingentes con el tema que se ha elegido, se obtiene por lo común sin otras dificultades que las inherentes a la pérdida de tiempo que exigen. Aquí o allá, en el libro, en la fuente de primera agua, pacientemente escudriñada en las entrañas de un texto o bebidas ávidamente en las palabras del testigo del caso, esta información indispensable, por breve que sea, constituye con holgura la tarea más liviana del arte de escribir.

No siempre pasa así, sin embargo. Cuesta en ocasiones un ojo de la cara obtener dos o tres datos vivos sin los cuales el relato, todo el paciente edificio levantado con mayor o menor acierto, bambolea y se desmorona como un castillo de naipes.


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4 págs. / 7 minutos / 7 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Artículos Misceláneos Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento, Compilación


La Intervención De Los Espíritus Y La Caja De Fósforos


Las últimas manifestaciones espiritistas de Conan Doyle, y su certeza de comunicarse más allá de la vida con su colega Houdini, han vuelto a inquietar a todos los innumerables doloridos de este mundo que con mayor o menor fe sueñan o confían en reanudar, a través de la muerte, una felicidad trunca.

Cabe ante el renovado fenómeno sorprenderse una vez más de la resistencia que el hombre opone a desaparecer totalmente de un escenario frío, insensible y duro, en el que apareció cuando su turno en la caravana fue llegado, y donde se desarrolló, actuó, se encogió y murió, sin llegar a tener nunca conciencia del por qué de este surgir y desaparecer en lo que media de un segundo a otro del universo, y sin conocer otra cosa de su destino que la fatal brevedad en cumplirlo.

Puede el hombre convivir años enteros con los astros; puede prescindir de su yo ante descubrimientos de divina exaltación: pero ante la idea de su muerte personal, circunscrita a sí mismo, el hombre, con una terquedad heredada a través de las edades de la amonita primaria, se agita y se revuelve ante ese anonadamiento.

Sin exceptuar una sola, todas las religiones han enseñado y muestran al hombre el camino de la muerte fatal y liberadora. No hay fenómeno, en nuestra transitoria existencia, más forzoso, necesario y breve que su desaparición. A ningún horror, fantasma o cuco nos acostumbran desde pequeños como a la fatalidad de morir. No hay espectro más fiel en la sombra de todas nuestras acciones que el de la inexorable muerte.

Y no nos acostumbramos a ella, sin embargo. Millares de siglos pasarán, y lo que constituye un acto archiconocido y archisentido por todas las generaciones muertas, y cuyo hábito debía habernos legado, espantará siempre al hombre como inesperada y horrible sorpresa.


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48 págs. / 1 hora, 25 minutos / 15 visitas.

Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

Aquella Noche…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


Hay frases ya hechas, fórmulas de expresión triviales cuya fuerza poética es tan grande que se resisten a la vulgaridad de un uso diario y constante, sin perder la sugestión ardiente del instante en que se las creó. Tales son "Al pronunciar el nombre" (o "su" o "tu") y "Una tarde…".

¿Por qué misterio resisten dos o tres palabras al embate sin tregua de lo trivial, como si la nimia razón gramatical que las une hiciera de ellas un ramillete inviolable, cuyo perfume surgió al crearse la frase, y continúa evaporando su poesía original, sin agotarse nunca?

Nadie lo sabrá, por dicha. Pero mientras el hombre sea hombre, y la palabra sea algo más que un sonido, habrá siempre un instante y una mujer cuya influencia fue tan grande, que el alma entera de un hombre puede comenzar a girar su vida como un disco, a la sola evocación de estas palabras: "Una tarde…".


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 8 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

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