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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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Los Fabricantes de Carbón

Horacio Quiroga


Cuento


Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta metros y el cajón pesaba. Era ésa la cuarta detención —y la última—, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.

Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.

De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban enseguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara.

El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones.

Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret, como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya propia.


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16 págs. / 29 minutos / 92 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Corderos Helados

Horacio Quiroga


Cuento


La historia —de un extremo al otro— se desarrolló en un frigorífico, y durante varios meses míster Dougald vivió en perfecta perplejidad sobre la clase de ofensa que pudo haber inferido a su capataz. Pero una mañana del verano último la luz se hizo, y el gerente del frigorífico sabe ahora perfectamente por qué el odio y los cerrojos de Tagliaferro se volcaron tras su espalda.

Esa cálida madrugada de febrero, míster Dougald, que en mangas de camisa pasea su pipa por los muelles del frigorífico, ha visto llegar hasta él a la esposa de Tagliaferro.

—Buenos días, míster Dougald —ha dicho ella, deteniéndose a su frente.

—Buenos días —ha respondido él, dejándose enfrentar.

—He querido hablarle ahora, míster Dougald —prosigue ella con grata sonrisa—, porque más tarde es difícil… Es por mi hermanito, Giacomo… usted sabe.

Pero míster Dougald, que sin moverse fija la vista en la joven —rostro fresco y ojos cálidos— la interrumpe:

—Sí, sí… mala cabeza. Usted… linda cara.

—Sí, míster Dougald —se ríe ella—, ya sé… Pero no se trata de eso. Giacomo está mal aconsejado. La última huelga…

—Poca cosa… —corta él, sacudiendo la cabeza—. Pero usted… muy linda cara.

—Bueno, míster Dougald; sea más serio. Sabemos que usted es muy bueno, y Duilio lo reconoce… Él se acuerda siempre de que usted no lo echó después de aquello… Vea, míster Dougald: cambiando de taller a Giacomo…

—Imposible —corta de nuevo. Para agregar, considerando siempre los ojos de la joven, que se marean cada vez que él insiste—: Usted… muy linda boca.

Ella opta por reírse, y dar por fracasada su embajada matinal.

—Otro día le hablaré, cuando esté más bueno.

—Es que yo digo: usted es…


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3 págs. / 6 minutos / 91 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Cementerios Belgas

Horacio Quiroga


Cuento


Iban en columna por la carretera blanca, llenando el camino de una a otra cuneta. El frío, ya vivo, había echado sobre los fugitivos todos los capotes y mantas posibles. Muchos iban en carros, algunos en carritos tirados por perros; pero la gran mayoría caminaba a pie.

Marchaban, sin embargo, por la admirable alfombra de paz que había sido Bélgica. Ahora, delante, atrás, a diestra y siniestra, no quedaba nada. Nada alcanzaba a dos metros de altura: aldeas, chimeneas, árboles, todo yacía aplanado en negro derrumbe. Los fugitivos huían desde la tarde anterior, sintiendo sobre sus espaldas el tronar de la artillería, que avanzaba a la par de ellos.

Las provisiones recogidas con terrible urgencia no alcanzaban a alimentar suficientemente a la densa columna. Los pequeños recién salidos del pecho materno, y sin poder tomar una sola gota de leche, sufrían de enteritis desde el primer día.

A las diez de la noche el alucinante tronar de los cañones se aproximó más aún, y los fugitivos aceleraron la marcha.

Como la noche anterior, la negra columna iba envuelta en el llanto de chicos que no habían comido ni dormido suficientemente, y en los gemidos de criaturas de pecho que sentían dolores de vientre por la leche materna aterrorizada.

El día llegó, sin embargo, y con la lívida madrugada comenzó a llover. Los hombres se calaron la capucha de los capotes, y las madres, tras una larga mirada de desesperación a sus vecinos masculinos más próximos, alzaron sobre sus criaturas ateridas el borde chorreante de sus mantos.

La columna se detuvo, y reuniendo los últimos alimentos —los últimos; no quedaba nada ya—, las mujeres y las criaturas pudieron mitigar el hambre. Sobró algo asimismo, pues muchas mujeres, muertas de fatiga y sueño, prefirieron continuar durmiendo en los carritos. Los viejos y enfermos tuvieron así un mínimo suplemento.


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5 págs. / 9 minutos / 137 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Las Siete Palabras

Horacio Quiroga


Cuento


El adolescente abrió el sobre precipitadamente y leyó:

"Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira"

Súbitamente quedó helado y estuvo a punto de caerse, como si toda la vida de su ser, precipitándose de golpe en el corazón, le hubiera dejado vacío el cuerpo.

¡Concluido, todo! ¡Ya no!... Se levantó con la vista extraviada, y miró el ropero, el mapamundi, sin saber lo que hacía. Vio en el espejo su cara lívida y descompuesta, y tornó a sentarse.

Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira. ¡Oh, qué desesperación! ¡Todo ha acabado, todo, todo muerto! ¡Muerto! ¡Cómo ella, su Elvira, su Elvira suya, ya no era más de él!

Sentía en las sienes el latido cargado que retornaba por fin del corazón en plenas ondas de angustia, y respiraba con dificultad. ¡Luego sus ojos, su voz, su amor adorado e idolatrado, anda ya! ¡Su entusiasmo de triunfar, su propia vida, nada ya! Y en un solo momento... Toda está concluido entre nosotros... ¡No, no, no!

La respiración le faltaba cada vez más, y hacíale daño el corazón hinchado en sofocante angustia.

Todo está... ¡es decir que ya nunca más le hablaría! ¡Es decir que debía olvidarla del todo! ¡Que ya nunca, nunca más volvería... a... concluído entre nosotros!

De golpe, sus cuatro meses de radiante felicidad subieron a su memoria, vertiendo en el se acabó final la desolación de lo que fue inmensa dicha un día. Su dolor fue tan grande que perdió un instante la conciencia de esa atroz realidad, y suspiró hondamente, como al final de una pesadilla que nos deja ya en paz.


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2 págs. / 4 minutos / 53 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Palmera

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Uno de mis sueños de chico fue llegar a ver un día la avenida de las palmeras, en Río de Janeiro. Cuando pude realizarlo, vinieron a mi memoria las palabras con que un viejo señor observó una espléndida foto de dicha avenida, que yo en aquel momento contemplaba,

—Esto no da impresión de lo que es —dijo—. Es preciso verla.

Tenía razón el sujeto. Los testigos de comparación, humanos casi siempre, que se estilan al pie de los grandes monumentos, no logran nunca exaltar la grandeza de aquéllos. En las fotografías de la avenida en cuestión, se percibe claramente, por la pequeñez del hombre al pie de las palmeras, que éstas deben ser veinte o treinta veces más altas. Esta deducción se verifica ante una minúscula cartulina 9/12, bellísima de colores.

En realidad, las palmeras tienen 40 metros. Pero es preciso ver que es una columna viva de esta altura, en cuya sola cúspide, surgiendo como por fantasía, puede decirse que está la planta.


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2 págs. / 4 minutos / 6 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

La Muerte del Canario

Horacio Quiroga


Cuento


Rubia, un poco delgada —no mucho— las mejillas arrebatadas en un rojo vivo de camelia, la alegría de Blanca era el encanto de la casa. Sus carcajadas, que habían conservado de la niñez ese ligero timbre de cristal que tiene la voz de las muñecas, eran siempre inopinadas; la madre hacía severas señas y el padre perdonaba sonriendo.

Quince años. De niña había sido enferma. Sólo Dios sabe lo que habían sufrido los padres, los pobres padres que velaron cuarenta noches seguidas, con los ojos rojizos. Una enfermedad caprichosa para la cual el mismo médico era torpe en su diagnóstico.

Y así transcurrieron los cuarenta días de martirio, con inefables esperanzas a veces, agravamientos súbitos en otras horas, como aquellos del infausto 12 de setiembre, cuando Blanca hubo de morir. Pero salvó, y ya crecida no se presentaron las perturbaciones que temía el médico.

Es así como Blanca llenaba toda la casa con su voz poderosa de señorita plena de salud.

Ahora bien, Blanca tenía novio. ¡Oh, no hay que enorgullecerse de haberlo adivinado! ¿Por qué, si no, aquellas risas súbitas que la echaban en brazos de su mamá, besándola cinco minutos seguidos? ¿Y aquellas tristezas que sus padres no veían, pero que eran bien ciertas, puesto que ella misma me las contó?

Pero no hay que pensar en el nombre del afortunado doncel; diré solamente que era alegre, muy alegre, vistoso como el manto de los príncipes, y pequeño, tan pequeño que todo el mundo hubiera reído conociéndolo. Era... era... diré de una vez: era un pájaro, sí, mis señores, un canario, un canario de lo más impertinente que se puede dar.

Figuraos que enamoraba a Blanca cantando, y cantaba aturdidamente, y la miraba, y se colocaba de perfil, e hinchaba la garganta, y piaba dulcemente, todo como un gran seductor, el lindo vanidoso.


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5 págs. / 8 minutos / 76 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Lata De Nafta

Horacio Quiroga


Cuento



Las rutas de la selva y las de la pampa ostentan dos características, paraíso en la una e infierno en la otra: falta o exceso de vegetación. 

No hay camino en la estepa digno de tal nombre mientras no se logre encauzarlo entre doble fila de árboles. No hay picada en el bosque que pueda resistir a la lujuria floral, si día tras día no se va extirpando la selva ambiente que pugna por cubrir la honda cicatriz abierta. Es, pues, obvio que el amigo del árbol a ciegas sufra trastornos conceptuales cuando trasplantada su existencia a una zona boscosa deba, para conservar aquélla, talar, rozar, aniquilar y quemar constantemente la selva ante el altar de sus pampeanos dioses. 

Nunca como en el bosque el caballo de Atila pudo ser útil. 


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3 págs. / 5 minutos / 5 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

La Ausencia de Mercedes

Horacio Quiroga


Cuento


Hipólito Mercedes, del Ministerio de Hacienda, tenía veintisiete años cuando le aconteció su extraordinaria aventura. Era un muchacho grueso, muy rubio, de ojos irritados y parpadeantes, que usaba lentes porque era miope. Era bastante tímido, sus muslos rechonchos se rozaban hasta la rodilla, como los de las mujeres. Tenía la inteligencia circunscrita, a semejanza de las personas adictas a filosofar, y para colmo se llamaba Mercedes, como una hermana mía.

Era extremadamente pulcro. De modo que no pudo ser más grande la estupefacción de sus compañeros la tarde en que le vieron levantarse de la mesa con un tintero en la mano, vaciarlo en el piso y arrodillarse, frotando concienzudamente las rodillas sobre la tinta. Después volvió a escribir plácidamente. Los oficinistas, sin saber qué pensar, dispusiéronse a gozar el resultado. Indudablemente el pobre Mercedes no se había dado cuenta de lo que había hecho, porque salió en paz, como si en realidad no llevara dos grandes manchas en las rodillas. Al día siguiente hubo quejas, protestas, que agitaron la oficina hasta las dos. Mercedes llegó a proferir palabras bastante groseras, a las que sus compañeros replicaron que cuando se sufre distracciones más bien estúpidas, es inútil acusar a nadie y mucho menos levantar la voz.


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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Junto a la Madre Muerta

Horacio Quiroga


Cuento


—Si le parece, vamos un momento a Mompox. Ha muerto la madre de un amigo a quien estimo realmente.

Eran las cuatro de la mañana y nos habíamos detenido momentáneamente en una esquina para separarnos.

—¿Y qué haré yo allí?

—Un rato. Por lo demás, si lo invito a ir es porque estoy seguro de que no habrá torturas para usted.

Las torturas consisten en primer término en las condolencias expresivas a fuerza de antebrazo, y luego las mujeres que han visiblemente llorado y gozan en tales ocasiones de una movilidad extraordinaria. Además Mompox es una calle muy lejana.

—¿Se decide?

Fuimos. En el comedor, paseándose, estaba Gómez. Mi amigo no le palmeó cinco o seis veces los omóplatos ni el otro esperó de mí la más remota sacudida de manos. Después, no había mujeres, o por lo menos no se las veía, lo que es exactamente lo mismo. Apenas cinco o seis hombres sentados en penitencia contra la pared, en el mismo lugar donde hallaron las sillas.

—¿Café? —nos ofreció Gómez.

Habíamos tomado demasiado. Salimos al patio para estar más a gusto, pero el vivo frío nos echó presto y entramos, sin darnos cuenta en la sala, honrada sala de muerte, sin nada anormal, ocupada en medio por la terrible realidad de nuestra madre muerta. Estábamos solos.

—¿Cuándo?... —preguntó mi amigo.

—Esta mañana; estaba muy mal desde un mes atrás.

El rostro acusaba efectivamente gran quebranto sobre su transida vejez.

—Creía que era más joven...

—No; setenta años.

Lo que me ha extrañado, porque no sabía, es el apellido en el aviso...

—Sí; se había casado por segunda vez.

Hubo una larga pausa.

Realmente —insistió mi amigo— a pesar de su edad estaba muy avejentada.


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Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Urutaú

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cierta vez tuvimos en casa un muchacho de doce a trece años, cuyo principal quehacer consistía en revisar todas las mañanas las trampas que la tarde anterior habíamos dispuesto en el monte. El muchacho era muy listo, nativo del mismo bosque, y escolar número uno de su grado. Estábamos entonces en vacaciones. El chico se levantaba, obscuro todavía, y volvía del monte a las ocho de la mañana con los informes del caso acerca de nuestras trampas. Cuatro o cinco horas empleadas en la inspección sobrepasaban en mucho, sin embargo, el tiempo que ésta requería. Como le preguntara por consiguiente qué le retenía tanto en el monte, el chico me respondió, con vanidad halagadísima:

—Estaba haciendo una composición sobre la Naturaleza...

Recordé entonces que el muchacho gozaba fama por sus composiciones que le prometían, —al decir de sus maestros,— gran porvenir literario. Pedíle su composición, que comenzaba más o menos en estos términos:


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3 págs. / 5 minutos / 7 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

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