Acosta, mayordomo del Meteoro, que remontaba
el Alto Paraná cada quince días, sabía bien una cosa, y es ésta: que
nada hay más rápido, ni aun la corriente del mismo río, que la explosión
que desata una damajuana de caña lanzada sobre un obraje. Su aventura
con Korner, pues, pudo finalizar en un terreno harto conocido de él.
Por regla absoluta —con una sola excepción— que es ley en el Alto
Paraná, en los obrajes no se permite caña. Ni los almacenes la venden,
ni se tolera una sola botella, sea cual fuera su origen. En los obrajes
hay resentimientos y amarguras que no conviene traer a la memoria de los
mensús. Cien gramos de alcohol por cabeza, concluirían en dos horas con
el obraje más militarizado.
A Acosta no le convenía una explosión de esta magnitud, y por esto su
ingenio se ejercitaba en pequeños contrabandos, copas despachadas a los
mensús en el mismo vapor, a la salida de cada puerto. El capitán lo
sabía, y con él el pasaje entero, formado casi exclusivamente por dueños
y mayordomos de obraje. Pero como el astuto correntino no pasaba de
prudentes dosis, todo iba a pedir de boca.
Ahora bien, quiso la desgracia un día que a instancias de la
bullanguera tropa de peones, Acosta sintiera relajarse un poco la
rigidez de su prudencia. El resultado fue un regocijo entre los mensús
tan profundo, que se desencadenó una vertiginosa danza de baúles y
guitarras que volaban por el aire.
El escándalo era serio. Bajaron el capitán y casi todos los
pasajeros, siendo menester una nueva danza, pero esta vez de rebenque,
sobre las cabezas más locas. El proceder es habitual, y el capitán tenía
el golpe rápido y duro. La tempestad cesó enseguida. Esto no obstante,
se hizo atar de pie contra el palo mayor a un mensú más levantisco que
los demás, y todo volvió a su norma.
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