Textos más largos de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 14

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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Su Olor A Dinosaurio

Horacio Quiroga


Cuento


El hombre abandona la ciudad y se instala en el desierto, a vivir por fin. Esta vida, esta soledad, esta elevación sobre sí mismo, que no comprende ninguno de sus amigos, constituye para él el verdadero existir. 

Este hombre no lleva consigo la suprema sabiduría de Purun Bhagat, ni flaquean sus fuerzas en la lucha occidental. No. Ha luchado como todos, tal vez en una línea más recta que sus semejantes. Regresa hoy a la naturaleza de que se siente átomo vital, desencantado de muchas cosas, más puro siempre, como un niño ante las ilusiones que el paisaje, la selva y su rocío destilan para él. 

Silencio, soledad… Este doble ámbito en que tambaleó el paso del primer hombre recién erguido, constituyó el terror de la especie humana cuando se arrastraba todavía a medias en la bestialidad natal. ¿No ha logrado aún el hombre liberarse de este estigma ancestral, que todavía hoy persiste y explora en cobardía ante la soledad y el silencio? 


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4 págs. / 7 minutos / 8 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

El Potro Salvaje

Horacio Quiroga


Cuento


Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad, a vivir del espectáculo de su velocidad.

Ver correr aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; y se estiraba más aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin regla ni medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba todo entero en sus disparadas salvajes, y esta era la fuerza de aquel caballo.

A ejemplo de los animales muy veloces, el joven potro tenía pocas aptitudes para el arrastre. Tiraba mal, sin coraje ni bríos ni gusto. Y como en el desierto apenas alcanzaba el pasto para sustentar a los caballos de pesado tiro, el veloz animal se dirigió a la ciudad a vivir de sus carreras.

En un principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad, pues nadie hubiera pagado una brizna de paja por verlo —ignorantes todos del corredor que había en él. En las bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad —y sobre todo los domingos—, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de golpe, deteníase, trotaba de nuevo husmeando el viento, para lanzarse por fin a toda velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible de superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y su carrera, todo su ardiente corazón.

Las gentes quedaron atónitas ante aquel espectáculo que se apartaba de todo lo que acostumbraban ver, y se retiraron sin apreciar la belleza de aquella carrera.


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4 págs. / 7 minutos / 505 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre Muerto

Horacio Quiroga


Cuento


El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.

Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.

La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.


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4 págs. / 7 minutos / 1.439 visitas.

Publicado el 18 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Yarará Newiedi

Horacio Quiroga


Cuento


Siendo yo muy muchacho, en el Salto Oriental, asistí a una mordedura de víbora en la persona de un chico de mi edad, picado en el extremo del índice, justamente cuando se inclinaba a beber de un pozo. Éramos cuatro o cinco sujetos, el mayor de los cuales no alcanzaba a diez años. 

El chico mordido dió un grito y se incorporó, con algo como piolín grueso colgado del dedo. Comenzó a gritar seguido, mirándonos a todos. Le atamos fuertemente la falange, y alguno, feliz poseedor de un cortapluma, abrió la mordedura. Uno operaba, y los otros sujetaban el brazo. Tras la espalda del último, el chico forcejeaba, pateaba y nos rompía los oídos a alaridos. 


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4 págs. / 7 minutos / 9 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2026 por Brian.

El Segundo y el Octavo Número

Horacio Quiroga


Cuento


Se trata de dos vidas sin interés, y la historia es sencilla, aunque el cambio de caracteres pueda sugerir fuertes ideas de complicación. El era en resumidas cuentas un artista de circo, sin porvenir, y ella no tenía familia alguna.

Fueron acróbatas, una pareja. La propiedad pide que de ella se trate al principio, por ser su importancia muy superior a la de su compañero. En efecto, la mujer tenía en este dúo el papel del músculo, y el varón el de la astucia. Hacían ejercicios formidables, como ser: el péndulo invertido, parado de manos, el sujeto hace oscilar su cuerpo por la sola fuerza de los puños; el nivel fijo, que consiste en cogerse de una barra por las manos, y extender el cuerpo horizontal, lo que es prodigioso; la gravitación vencida: echado de espaldas, el atleta afirma los pies en el suelo y levanta el cuerpo en extensión.

(Aunque de una dificultad casi milagrosa, este ejercicio es puramente muscular; no obstante, no se ocultaba al público un pequeño aparato de madera en que calzaban perfectamente los pies. El nombre de gravitación vencida y la creencia de ello se explica por la completa ignorancia de la ejecutante.)

Inútil es decir que sólo la mujer llevaba a cabo estas proezas. El, aunque fuerte, no podía. Pero en los ejercicios comunes era asombroso, suspendíase rígido con los dientes de su brazo extendido, como un pescado brutal; giraba como una honda, cogido a los cabellos de la atleta que le impulsaba con violentas rotaciones de cabeza; caía de lo alto sobre el vientre tendido de la mujer, que le repelía como una baja red de acero; finalizaba con un salto mortal desde la cabeza: su compañera tendía el busto adelante, y caía de golpe sobre sus senos.

Vestíanse de malla roja, y esta pareja llenaba el 2° número del programa en el circo donde les conocí.


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4 págs. / 7 minutos / 38 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Las Medias de los Flamencos

Horacio Quiroga


Cuento, Cuento infantil


Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgando como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas.

Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en las puntas de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentina, los flamencos se morían de envidia.


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Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Guardia Nocturna

Horacio Quiroga


Cuento



Se me había dicho que Angelici había logrado resolver el arduo problema de la defensa nocturna del jardín, y yo me puse en campaña para averiguarlo. 

Nadie ignora que mucho más que el vergel de frutales, el jardín floral constituye la nocturna pesadilla de sus dueños. Como no existen valla ni cerco capaces de contener al ratero —no siempre ratero— de rosas de calidad (souvenir de Mme. une telle), los modestos propietarios deben confiar la guardia nocturna de su jardín a los animales domésticos cuya voz de alerta pone en jaque a los ladrones.


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4 págs. / 7 minutos / 6 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

Confusa Historia De Una Mordedura De Víbora

Horacio Quiroga


Cuento



Desde hace ya tiempo nuestras serpientes venenosas se hallan perfectamente determinadas. La tarea no ha sido difícil, pues si bien es cierto que una especie se halla difundida en gran parte de la república, las demás tienen un hábitat bastante restringido. Constituye aquella especie la yarará típica del norte y centro del país: la víbora de la cruz. Otra yarará, pequeña de tamaño y de nariz levantada, puebla el sur de nuestro territorio. Todas las demás serpientes venenosas —y son cinco o seis— se hallan limitadas en el extremo norte del país. 


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Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

El Regreso A La Selva

Horacio Quiroga


Cuento



Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Un día dejó el monte con la misma violencia que lo reintegra hoy a él. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte: nada debe. Vuelve, pues, a buscar en la vida sin trabas de la naturaleza el libre juego de su libertad constitucional. 

Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que colgó tras una puerta su machete de monte! Sus pasajeros retornos al bosque apenas cuentan en la pesada carga de ficciones que no ha podido eludir. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento. 


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Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

Reproducción

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era un buen muchacho y amaba entrañablemente a María. Pedro sentía por ella el mismo afecto. Uno y otro, hace tiempo, la habían galanteado mucho, la habían querido mucho, y de esto hacía varios años. Ambos se presentaban de nuevo, llenos de amor, con una carrera formada, y con una larga historia de recuerdos que suscitarían en su presencia...

Se querían como amigos que se comprenden íntimamente, francamente, estrechamente, sin egoísmo, sin secretos, fatalmente predestinados a las más dolorosas pruebas del corazón.

María no era hermosa, tenía los ojos negros, densamente iluminados. Su impasible expresión, retocada por el corte sensual de los labios, daba a aquel cuerpo delgado y silencioso una mezclada forma de ocultismo e indiferencia, correctamente social.

Hablaba pausadamente o ligero, sin calor, sin convicción apta para despertar toda duda. Amaba sin saber por qué,. sin darse cuenta de ello, como una cosa que nos ha sido impuesta y ejecutamos, sin ser comprendida, no obstante. Pensaba en los dos amigos que le hablarían de su pasado amor, con una impasibilidad que recordaba la fría y bostezante actitud de un César ante una lucha de gladiadores. Esperaba que ambos se le acercaran con indiferencia: atendería al que la hiciera sentir más. Y todo esto sin preocupación, sin fuego, con la tranquila curiosidad de una criatura que observa los movimientos de un ave a quien ha roto un ala.

No deseaba ni emociones, ni cariño, ni generosidad: quería saber simplemente cuál de los dos tenía más ingenio.

Había perdido a su madre siendo muy niña.


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4 págs. / 7 minutos / 19 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

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