Textos más populares este mes de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 16

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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El Regreso A La Selva

Horacio Quiroga


Cuento



Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Un día dejó el monte con la misma violencia que lo reintegra hoy a él. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte: nada debe. Vuelve, pues, a buscar en la vida sin trabas de la naturaleza el libre juego de su libertad constitucional. 

Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que colgó tras una puerta su machete de monte! Sus pasajeros retornos al bosque apenas cuentan en la pesada carga de ficciones que no ha podido eludir. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento. 


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4 págs. / 7 minutos / 7 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

El Puma

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cuando en Misiones un tigre ha pasado su temporada haciendo sistemático estrago en el ganado de la sierra, y cesa de pronto de hacer oír en la madrugada su estertor de caza, las gentes lanzan un suspiro, pues ello indica que el puma ha hecho irrupción en el terreno, ahuyentando a su rival.

No se explica suficientemente esta creencia nativa. Nada la afirma, ni las respectivas fuerzas y valentía de ambas fieras, ni las observaciones sobre ellas cuando se las ha puesto en contacto en domesticidad. Antes bien, cuánto posee el tigre de capacidad acumulativa en violencia cuando se lo va acorralando en tierra, falta del todo al gran gato amarillo de mirada tranquila e inextinguible sed de sangre, que es el puma.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Pluma Alta (Incidencias De La Clasificación)

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


La clasificación de animales y plantas es una tarea difícil y perturbadora aún para los mismos hombres de ciencia, Qué diremos para los profanos. Algunas especies de víboras, por ejemplo, se diferencian entre sí, entre otros caracteres fundamentales, por el número de vértebras. Los individuos de esta especie poseen 230 vértebras; los de esta otra, 245. Ello estaría perfectamente bien, si dicho número de vértebras fuera constante para cada especie; pero no lo es. De aquí las inquietudes del aficionado ante estos anchos márgenes en los caracteres específicos, que van de uno a quince.

La víbora llamada yararacusú se distingue de un modo pasmoso de las demás yararás, al punto de que hasta un turista podría diferenciarla de una ojeada de sus primas hermanas, sólo con haberla visto una vez. Aspecto, tamaño, forma de la cabeza, líneas constantes de ésta, particularísima coloración de la piel: todo tiende a apartar a las yararacusú de las especies afines.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El Día De Las Esperanzas

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Faltos de fe y tradición para festejar en Navidad la dicha de haber nacido y de vivir aún, nosotros, pueblos nuevos, festejamos con el primero de enero las esperanzas confiadas a un nuevo año de trabajo.

Nada, en efecto, nos liga indisolublemente a acontecimiento alguno. Ninguna fecha religiosa o histórica ha sacudido tan perfectamente nuestra sangre tradicional, para que celebremos en su aniversario la alegría de sobrevivirla.

Sin pasado aún, cuanto seremos debemos arrancarlo al porvenir. La vida, que como a un niño nos exige así marchar por nuestros propios pasos, sin tradición que nos sostenga, nos tiende su primer escalón —el primer día del año— para que en él hagamos el balance, no de lo que han sido o fueron nuestros padres, sino de lo que debemos hacer nosotros mismos, para honrarla en pie.


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Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

Jazmines Y Langostas

Horacio Quiroga


Cuento


Mi ausencia había durado quince años. No es así de extrañar que a mi regreso hallara la meseta en que se levanta mi casa convertida en capuera por la invasión de pajas y arbustos, allí donde era dogma que el vasto círculo comprendido entre las palmeras debía lucir sin un solo yuyo.

La varita de bambú que plantada en 1910 había arrastrado una miserable vida hasta 1917 sin alzarse un milímetro más, había logrado al fin adaptarse a la estéril arena, y cuando regresé, se había apoderado ya de media hectárea, asfixiando y aniquilando entre sus inexplicables rizomas, damascos, chirimoyas, higueras, nísperos y bastantes cosas más. Lo que dejé quinta en tierra árida se había convertido en selva de Java. El bambú había avanzado hasta la meseta invadiéndola en gran parte, no obstante el mineral de hierro del subsuelo. Afuera del macizo, largas filas de cañas denunciaban la marcha recta y obstinada de los rizomas de vanguardia.

¿A dónde iban? No sé; pero hubieran alcanzado el Paraná, de dejárseles la marcha libre.


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Publicado el 4 de agosto de 2026 por Brian.

Argumento Para una Novela

Horacio Quiroga


Cuento


Hay individuos cuya pobre existencia cambia de golpe al contacto de una mujer. Otros cambian al encuentro de un billete de lotería. Y otros, al encuentro de un automóvil.

Son éstos los afortunados de la vida, los que la restablecen definitivamente, y los que la pierden con igual éxito. Pero no sólo ellos gozan del privilegio. Para todos, el gran reloj de la existencia ha tenido o tendrá su cuarto de hora de venturosa detención. Algunos, muy advertidos, se precipitan a detener las manecillas por un cuarto de hora más. Otros, más advertidos aún, comienzan a silbar y cierran los ojos durante todo el cuarto de hora. Y luego prosiguen su vida, como si nada hubiera pasado. Suelen ser éstos los más listos.

Pero, por bajo de estos hombres de fortuna, existe la multitud de soñadores precoces o tardíos, los trabajadores exhaustos y los esforzados sin fuerza, que fían sus últimas esperanzas al cuarto de hora redentor.

Así, el mal abogado, el mal inventor, el mal poeta, el mal cirujano, todos los que consagraron sus pobres fuerzas al servicio de las leyes, de la imaginación, de la poesía y de la mecánica, detiénense un día a mirar radiosos el reloj. Lo han visto detenerse. Contemplan a la humanidad desde inconmensurable altura, pues sienten en sí la llama del genio.

¿Qué causas provocan esta súbita euforia? A veces, viejas enfermedades de mezquino nombre, y otras veces enfermedades de católica difusión, como la parálisis general. En ocasiones, basta la presencia de una bella mujer, sobre todo si no es la esposa. Pero hay casos más nimios y desviados, cuya anotación, precisamente, constituye el argumento que nos sirve de título.

Un ejemplo: Todos conocemos al señor X. Y. Este señor X. Y. goza de profunda simpatía en su barrio, en el barrio de enfrente, entre sus innumerables relaciones, y hasta en su propia casa.


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3 págs. / 5 minutos / 51 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Muerte del Canario

Horacio Quiroga


Cuento


Rubia, un poco delgada —no mucho— las mejillas arrebatadas en un rojo vivo de camelia, la alegría de Blanca era el encanto de la casa. Sus carcajadas, que habían conservado de la niñez ese ligero timbre de cristal que tiene la voz de las muñecas, eran siempre inopinadas; la madre hacía severas señas y el padre perdonaba sonriendo.

Quince años. De niña había sido enferma. Sólo Dios sabe lo que habían sufrido los padres, los pobres padres que velaron cuarenta noches seguidas, con los ojos rojizos. Una enfermedad caprichosa para la cual el mismo médico era torpe en su diagnóstico.

Y así transcurrieron los cuarenta días de martirio, con inefables esperanzas a veces, agravamientos súbitos en otras horas, como aquellos del infausto 12 de setiembre, cuando Blanca hubo de morir. Pero salvó, y ya crecida no se presentaron las perturbaciones que temía el médico.

Es así como Blanca llenaba toda la casa con su voz poderosa de señorita plena de salud.

Ahora bien, Blanca tenía novio. ¡Oh, no hay que enorgullecerse de haberlo adivinado! ¿Por qué, si no, aquellas risas súbitas que la echaban en brazos de su mamá, besándola cinco minutos seguidos? ¿Y aquellas tristezas que sus padres no veían, pero que eran bien ciertas, puesto que ella misma me las contó?

Pero no hay que pensar en el nombre del afortunado doncel; diré solamente que era alegre, muy alegre, vistoso como el manto de los príncipes, y pequeño, tan pequeño que todo el mundo hubiera reído conociéndolo. Era... era... diré de una vez: era un pájaro, sí, mis señores, un canario, un canario de lo más impertinente que se puede dar.

Figuraos que enamoraba a Blanca cantando, y cantaba aturdidamente, y la miraba, y se colocaba de perfil, e hinchaba la garganta, y piaba dulcemente, todo como un gran seductor, el lindo vanidoso.


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5 págs. / 8 minutos / 77 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Jesucristo

Horacio Quiroga


Cuento


Con el chaqué prendido hasta la barba, trasnochado y el paso recto, marchaba Jesucristo por la Avenida de las Acacias, quebrando inconscientemente una rama caída entre sus guantes gris acero.

El bosque estaba desierto, la noche finalizaba. Los árboles emprendían su tiritamiento en la madrugada lívida, sobre el galvánico resplandor de la gran ciudad, sobresaltada allá abajo en su nervioso sueño. Rodaba por el suelo una confusión de hojas secas que el viento arremolinaba, espiralaba, desparramándolas por los lagos helados.

Jesucristo marchaba con la cabeza baja. Sobre el pecho caía su rubia barba de israelita —cortada en punta— aún despeinada por los estremecimientos de las inolvidables agonías. Sus ojos, cargados de amor, no miraban. Su elegante silueta, oscilando por la avenida, adquiría —tras la bruma— el impreciso espanto de las forma sonambulizadas que caminan hacia atrás.

Tuvo en escalofrío. Alzó hacia el cielo su cabeza sobrehumana, y se internó en las alamedas laterales, congestionadas —allá a lo lejos— por una tardía aurora. Una blanca sombra desprendida desde el lindero le hizo dar vuelta la cabeza: sombríamente intercalada en una fila de árboles deformes que el encantador exotismo de un ministro trasplantara desde una remota península colonial, una cruz distendía sus brazos entre la floración de aquella savia grotesca, viciosamente contractada en dolorosas ampollas como un brazo que no se levantará más, reproduciéndose a lo largo de las ramas enflaquecidas, irradiando graves erisipelas, terminando —allá en el extremo— en una intensa tumefacción de todos los tejidos que doblaba la savia como oscuros miembros mal amputados, de la cual el árbol entero —astringiéndose— parecía sentir la incalificable torpeza.


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2 págs. / 4 minutos / 71 visitas.

Publicado el 8 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

Fantasía Nerviosa

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.

Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.

Tenías las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.

Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.

Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.

En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.

Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.

Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas pálidas que llevaba prendido al seno.

Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.


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2 págs. / 4 minutos / 34 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Ura

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Suele acontecer que una criatura se duerma, a la siesta, con la boca abierta. Días después, prorrumpe en un agudo grito de dolor, que cesa enseguida. Los gritos se repiten con intermitencias, con la misma brusquedad e igual calma subsiguiente. La criatura se lleva en aquellos momentos las manos a la garganta. Un examen prolijo de la boca delata entonces en el fondo de las fauces uno o más agujerillos hinchados, de que escurre un líquido claro. 

Este es el proceso común de la ura. En el fondo de cada uno de esos agujerillos, se agita en carne viva, come y prospera, un gusano rugoso, circundado de duros anillos, estando cada anillo erizado de pelos negros. 


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2 págs. / 3 minutos / 6 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

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