Textos más populares esta semana de Horacio Quiroga etiquetados como Cuento | pág. 15

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autor: Horacio Quiroga etiqueta: Cuento


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La Voluntad

Horacio Quiroga


Cuento


Yo conocí una vez a un hombre que valía más que su obra. Emerson anota que esto es bastante común en los individuos de carácter. Lo que hizo mi hombre, aquello que él consideraba su obra definitiva, no valía cinco centavos; pero el resto, el material y los medios para obtener eso fácilmente no lo volverá a hacer nadie.

Los protagonistas son un hombre y su mujer. Pero intervienen un caballo, en primer término; un maestro de escuela rural; un palacio encantado en el bosque, y mi propia persona, como lazo de unión.

Hela aquí, la historia.

Hace seis años —a mediados de 1913— llegó hasta casa, en el monte de Misiones, un sujeto joven y rubio, alto y extremadamente flaco. Tipo eslavo, sin confusión posible. Hacía posiblemente mucho tiempo que no se afeitaba; pero como no tenía casi pelo en la cara, toda su barba consistía en una estrecha y corta pelusa en el mentón —una barbicha, en fin—. Iba vestido de trabajo; botas y pantalón rojizo, de género de maletas, con un vasto desgarrón cosido a largas puntadas por mano de hombre. Su camisa blanca tenía rasgaduras semejantes, pero sin coser.

Ahora bien: nunca he visto un avance más firme —altanero casi— que el de aquel sujeto por entre los naranjos de casa. Venía a comprarme un papel sellado de diez pesos que yo había adquirido para una solicitud de tierra, y que no llegué a usar.


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6 págs. / 11 minutos / 167 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Un Chantaje

Horacio Quiroga


Cuento


El diario iba tan mal que una mañana sus propietarios se reunieron en consejo, a fin de poner término a aquello. Los dueños eran también sus redactores, cosa bastante rara: cuatro muchachos sin rastros de escrúpulos, que habían obtenido a fuerza de elocuencia un capital de cien mil pesos, ahora en riesgo inminente de desaparecer.

La deuda —había pagarés de por medio— los inquietaba suficientemente. A pesar de esto no hallaron esa mañana nada que pudiera salvarlos, agotados ya como estaban los pequeños recursos lucrativos que ofrece un diario cuando sus redactores se deciden a ello. Resolvieron, sin embargo, sostenerse quince días más, mientras se buscaba desesperadamente de dónde asirse. Y de este modo, una mañana de ésas se presentó a la dirección un hombrecito cetrino, muy flaco, lentes con guarnición de acero y ropa negra, bastante sucia; pero muy consciente de sí todo él.

—Tengo una idea para levantar un diario; deseo venderla.

Los muchachos, muy sorprendidos, miraron atentamente al sujeto.

—¿Una idea?

—Sí, señor; una idea.

—¿Utilizable enseguida?

—Hoy mismo; mañana se obtendrá el resultado.

—¿Qué resultado?

—Cien mil pesos, fácilmente.

Esta vez los ocho ojos se clavaron en el hombrecito. Éste, después de mirarlos a su vez tranquilamente, púsose a observar los mapas que colgaban de las paredes, como si se tratara de todo el mundo menos de él.

—En fin, si nos quisiera indicar…

—Con mucho gusto. Solamente desearía antes un pequeño contrato.

—¿Contrato?…

—Sí, señor. Ustedes se comprometerían a no utilizar mi idea, si no les conviniera.

—¿Y si nos conviene?

—Mil pesos.


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3 págs. / 5 minutos / 78 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Argumento Para una Novela

Horacio Quiroga


Cuento


Hay individuos cuya pobre existencia cambia de golpe al contacto de una mujer. Otros cambian al encuentro de un billete de lotería. Y otros, al encuentro de un automóvil.

Son éstos los afortunados de la vida, los que la restablecen definitivamente, y los que la pierden con igual éxito. Pero no sólo ellos gozan del privilegio. Para todos, el gran reloj de la existencia ha tenido o tendrá su cuarto de hora de venturosa detención. Algunos, muy advertidos, se precipitan a detener las manecillas por un cuarto de hora más. Otros, más advertidos aún, comienzan a silbar y cierran los ojos durante todo el cuarto de hora. Y luego prosiguen su vida, como si nada hubiera pasado. Suelen ser éstos los más listos.

Pero, por bajo de estos hombres de fortuna, existe la multitud de soñadores precoces o tardíos, los trabajadores exhaustos y los esforzados sin fuerza, que fían sus últimas esperanzas al cuarto de hora redentor.

Así, el mal abogado, el mal inventor, el mal poeta, el mal cirujano, todos los que consagraron sus pobres fuerzas al servicio de las leyes, de la imaginación, de la poesía y de la mecánica, detiénense un día a mirar radiosos el reloj. Lo han visto detenerse. Contemplan a la humanidad desde inconmensurable altura, pues sienten en sí la llama del genio.

¿Qué causas provocan esta súbita euforia? A veces, viejas enfermedades de mezquino nombre, y otras veces enfermedades de católica difusión, como la parálisis general. En ocasiones, basta la presencia de una bella mujer, sobre todo si no es la esposa. Pero hay casos más nimios y desviados, cuya anotación, precisamente, constituye el argumento que nos sirve de título.

Un ejemplo: Todos conocemos al señor X. Y. Este señor X. Y. goza de profunda simpatía en su barrio, en el barrio de enfrente, entre sus innumerables relaciones, y hasta en su propia casa.


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3 págs. / 5 minutos / 51 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?


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10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Un Caso de Visión a Distancia

Horacio Quiroga


Cuento


El señor Lisle tenía en su casa, como inquilino ─a título puramente caritativo y gratuito─, a un ex maestro de escuela, llamado Lorgeril, empleado entonces en los trabajos del arsenal de Tolón, sección entrega de combustible.

Este señor tuvo un día la idea de festejar a una señorita que vivía en Hyeres, a cuatro o cinco leguas de Tolón, y pidió permiso para ir a hablarla y, en caso de entenderse, fijar ya las condiciones de su boda.

El señor de Lisle, después de la partida de Lorgeril, tuvo la idea original de conocer por medio de su sirvienta, la joven Teresa, a quien durmió hipnóticamente, lo que Lorgeril haría durante su viaje y cuál sería el resultado de su tentativa matrimonial.

Hay que advertir que, si bien de Lisle conocía la ciudad de Hyeres, ignoraba en absoluto la calle y la casa donde vivía la pretendida de Lorgeril, y en cuanto a Teresa, ni conocía Hyeres ni el camino que había que tomar para llegar allí.

Una vez dormida y en estado de visión, el señor de Lisle le dijo:

─Quiero que vaya usted a Hyeres.

─Señor ─respondió Teresa─, no sé cómo... No conozco el camino.

─Quiero que vaya ─repitió Lisle─. Búsquelo... ¿Lo encontró?

─Sí, señor.

─Bueno; siga por él.

─Camino, pero está lejos, muy lejos y me falta mucho para llegar.

─¿Llegó ya?

─Sí, señor. Veo sitio en donde hay muchas palmeras.

─Ahora busque la casa en donde se halla Lorgeril.

─No sé dónde está, señor.

─Búsquela bien.

─Ya veo la calle... Hace cuesta y es necesario subir.

─¿Ha llegado?

─Sí, señor; estoy a la puerta de la casa, pero no me atrevo a entrar.

─Quiero que entre usted, obedezca.

─Antes de llegar a la habitación hay muchas escaleras.

─Suba y llame para que le abran.


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2 págs. / 3 minutos / 32 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


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4 págs. / 7 minutos / 24 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Los Remos de La Gaviota

Horacio Quiroga


Cuento


Estábamos atracados a la playa de Posadas. Eran las tres de la mañana, y acababa de despertarme, muerto de sueño aún y con las caderas muy doloridas, porque una tabla de cedro de veinticinco centímetros no es un lecho confortable. Como no teníamos el menor interés en perder un solo minuto de ese día, desperté a mi vez a mis compañeros y nos lavamos la cara en el agua aceitosa de la orilla, empuñando en seguida los remos, de vuelta a San Ignacio.

Habíamos llegado a Posadas la tarde anterior, muy bien, si se quiere, pues en la segunda hora de viaje La Gaviota había roto dos veces el mástil, tres veces la botavara, concluyendo por trepar con su aparejo compuesto, encima de un arrecife de asperón, a todo el viento que puede no desear un aficionado, que es ya una dosis máxima de aire.

Durante un mes entero habíamos clamado por viento, esa honrada brisa que hace andar armoniosamente a las embarcaciones. Lo habíamos tenido por fin, la mañana anterior, y bien de largo, el viento norte de Misiones, silbante, implacable, que sopla y sopla hasta concluir ahogado en el diluvio de agua sombría del sur.

Había llegado a las seis de la mañana. La Gaviota volaba aguas abajo, cayendo de proa con un timpánico chasquido de palmeta a cada cabeceo. El Alto Paraná, con treinta o más brazas de agua, levanta olas, hay que creerlo.

Bajábamos rozando la costa paraguaya. El timón, bastante cerrado, roncaba y vibraba dentro de nuestro cuerpo. El bosque del litoral, fresco aún y doblado por el viento hacia el sur, parecía empujar él también.

Era un encanto. Al rato, no. Un ensamble de lapacho y canela con tornillos de dos pulgadas y media, es una cosa muy seria. Pero el viento norte, cuando se decide a bramar después de un mes de sequía brumosa, reconoce muy bien lo que está ensamblado. A las siete y media las cabezas de los tornillos pasaban a través de la canela, y la vela se acostaba de proa.


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11 págs. / 20 minutos / 23 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Toda La Noche

Horacio Quiroga


Relato, Lirica, Cuento


Toda la noche había estado sentado en un rincón de la sala, con las manos sobre las rodillas, sonriendo dulcemente a las parejas que pasaban bailando. Era una delicada visión de baile, solo, asombrado y enfermo, a ratos tosía, se llevaba el pañuelo a los labios y oprimía con solicitud cariñosa su pobre pecho. Con los compases de la orquesta se mezclaba su seca tosecilla.

Pasó una máscara y se detuvo mirándole.

—¡Pobrecito! —exclamó.

Él sonrió débilmente, tratando de levantarle el antifaz con su dolorida mano. La máscara huyó riéndose. Y él volvió a los espejos su enharinada cara de Pierrot, bajo la cual dos manchas de vivo carmín agonizaban en los pómulos, tan rojas como las manchas del pañuelo que se llevaba a la boca…


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1 pág. / 1 minuto / 20 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2026 por Brian.

Novelínes Completos

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama, Aventura


El Hombre Artificial


I


La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.

—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.

Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.


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249 págs. / 7 horas, 16 minutos / 13 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

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