Paz
Horacio Quiroga
Cuento, fábula
Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.
─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.
─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.
─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.
─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.
─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.
─¿Ninguno?...
─El tigre, sí. A nosotros nos mata.
─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!
Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.
─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.
─¿A quién habrá matado?
─Yo sé. Al venado. Él lo mató.
─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.
─Anteayer en el río... Muerto.
─¿Y el puma?
─Hace una semana... Muerto.
─¿Y el oso hormiguero?
─En la orilla del pantano... Muerto.
─¿Y el tigre?
En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.
─¿El tigre?... Acaba de morir.
Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.
No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.
Dominio público
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Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
