Textos más largos de Horacio Quiroga | pág. 16

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autor: Horacio Quiroga


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El Solitario

Horacio Quiroga


Cuento


Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil artista aún, carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya —¡y con cuánta pasión deseaba ella!— trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida —debía partir, no era para ella— caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.


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Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Muerte del Canario

Horacio Quiroga


Cuento


Rubia, un poco delgada —no mucho— las mejillas arrebatadas en un rojo vivo de camelia, la alegría de Blanca era el encanto de la casa. Sus carcajadas, que habían conservado de la niñez ese ligero timbre de cristal que tiene la voz de las muñecas, eran siempre inopinadas; la madre hacía severas señas y el padre perdonaba sonriendo.

Quince años. De niña había sido enferma. Sólo Dios sabe lo que habían sufrido los padres, los pobres padres que velaron cuarenta noches seguidas, con los ojos rojizos. Una enfermedad caprichosa para la cual el mismo médico era torpe en su diagnóstico.

Y así transcurrieron los cuarenta días de martirio, con inefables esperanzas a veces, agravamientos súbitos en otras horas, como aquellos del infausto 12 de setiembre, cuando Blanca hubo de morir. Pero salvó, y ya crecida no se presentaron las perturbaciones que temía el médico.

Es así como Blanca llenaba toda la casa con su voz poderosa de señorita plena de salud.

Ahora bien, Blanca tenía novio. ¡Oh, no hay que enorgullecerse de haberlo adivinado! ¿Por qué, si no, aquellas risas súbitas que la echaban en brazos de su mamá, besándola cinco minutos seguidos? ¿Y aquellas tristezas que sus padres no veían, pero que eran bien ciertas, puesto que ella misma me las contó?

Pero no hay que pensar en el nombre del afortunado doncel; diré solamente que era alegre, muy alegre, vistoso como el manto de los príncipes, y pequeño, tan pequeño que todo el mundo hubiera reído conociéndolo. Era... era... diré de una vez: era un pájaro, sí, mis señores, un canario, un canario de lo más impertinente que se puede dar.

Figuraos que enamoraba a Blanca cantando, y cantaba aturdidamente, y la miraba, y se colocaba de perfil, e hinchaba la garganta, y piaba dulcemente, todo como un gran seductor, el lindo vanidoso.


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Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Monte Negro

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, Borderán y Cía., capitalistas de la empresa de Quebracho y Tanino del Chaco, quitaron a Braccamonte la gerencia. A los dos meses la empresa, falta de la vivacidad del italiano, que era en todo caso el único capaz de haberla salvado, iba a la liquidación. Borderán acusó furiosamente a Braccamonte por no haber visto que el quebracho era pobre; que la distancia a puerto era mucha; que el tanino iba a bajar; que no se hacen contratos de soga al cuello en el Chaco —léase chasco—; que, según informes, los bueyes eran viejos y las alzaprimas más, etcétera, etcétera. En una palabra, que no entendía de negocios. Braccamonte, por su parte, gritaba que los famosos 100.000 pesos invertidos en la empresa, lo fueron con una parsimonia tal, que cuando él pedía 4000 pesos, enviábanle 3500; cuando 2000, 1800. Y así todo. Nunca consiguió la cantidad exacta. Aun a la semana de un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1000 que había pedido.

Total: lluvias inacabables, acreedores urgentes, la liquidación, y Braccamonte en la calle, con 10.000 pesos de deuda.

Este solo detalle debería haber bastado para justificar la buena fe de Braccamonte, dejando a su completo cargo la deficiencia de dirección. Pero la condena pública fue absoluta: mal gerente, pésimo administrador, y aun cosas más graves.

En cuanto a su deuda, los mayoristas de la localidad perdieron desde el primer momento toda esperanza de satisfacción. Hízose broma de esto en Resistencia.


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Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Dos Historias de Pájaros

Horacio Quiroga


Cuento


─Yo le voy a contar a usted esto mismo ─me dijo el plantador─: dos historias de pájaros. Después de ellas comprenderá usted en gran parte lo que está viendo.

Lo que yo veía era un tendal de preciosos pajarillos, rigurosamente envenenados por el hombre que me hablaba. Sus cadáveres salpicaban como gotas de sangre toda la extensión de los almácigos de yerba. Noche a noche el plantador, con su linterna eléctrica, distribuía los granos envenenados, no sólo en los canteros, sino por la quinta de frutales, en el jardín mismo, donde no es presumible que las avecillas de color púrpura hicieran daño alguno.

Hasta donde alcanzaba el poder de aquel hombre, su plantación era un cementerio de pájaros. Por todas partes se veía sus cadáveres desplumados por el viento, y más o menos secos, según que el sol o las hormigas del país se hubieran anticipado a la descomposición.

Todas las madrugadas la plantación entera trinaba melodiosamente como en una aurora de paraíso. Pero al salir el sol, aquella aurora melodiosa se abatía fulminada en lluvia de sangre.

─Esto mismo ─repitió el hombre, contemplando tranquilo la matinal hecatombe que yo miraba mudo─. Yo también sentía lo que siente usted ahora ante este espectáculo, y juraba que una casa sin niños, una tierra sin flores y una aurora sin pájaros, son la desolación misma. Para los individuos en mi caso, creo hoy que las flores y los pájaros constituyen un lujo, así sea de la naturaleza, y sólo gozable con amor por las gentes ricas. El hombre pobre, y aquí sobre todo, no puede detenerse cuando ante el filo de su azada surge una voluptuosa azucena del monte, o una bandada de espléndidos pajarillos se asienta a escarbar sus almácigos regados con humano sudor.

»Cuando no se disputa con otros la vida a la naturaleza, cuando los intereses de las especies no se encuentran, es fácil entonces pasmarse ante un pote con granos al arsénico o harinas al cianuro...


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Publicado el 8 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Cine Nacional "La Muchacha Del Arrabal"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Naturalmente, el estreno de una cinta de asunto nuestro, y elaborada en los talleres nacionales, es un acontecimiento en el mundo cinematográfico. Mucho más de lo que se confiesa —y tanto diríamos como las carreras o el box—, el cine constituye hoy un foco tal de atracción, que de los ocho o diez temas que a la hora de comer sostiene una honesta familia, cuatro por lo menos gravitan hacia la pantalla. Las chicas tras la elegancia de sus héroes, y los muchachos tras el fantasma de sus heroínas, podríase creer que los graves padres prestan distraída oreja a la fogonosa charla de sus retoños. No hay tal; la atracción es general, y el influjo del cine se ejerce en la casa entera, desde los dueños de casa hasta la humilde lavaplatos. 


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Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

Por Qué No Sale Más La Revista Del Salto

Horacio Quiroga


Artículo



Este es el último número de la Revista. Fueron nuestras intenciones hacer una publicación duradera, algo así como una hoja constantemente abierta. A lo que de bueno o regular se escribiese en el Salto. No se llenaban más que dos requisitos: que lo enviado a la Redacción no fuera disparate y que llevara las firmas que responsabilizasen los escritos. El precio de suscripción no es asombroso; sin embargo, la Revista desaparece. ¿Por culpa nuestra? Tal vez tengamos en ello alguna parte; pero si se considera en general, la Revista muere porque no se supo adaptar al medio en que vivía. Era una publicación seria, más o menos bien escrita, con buenos artículos de cuando en cuando, y social, en el alto sentido de la palabra.


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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

La Intervención De Los Espíritus Y La Caja De Fósforos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


Las últimas manifestaciones espiritistas de Conan Doyle, y su certeza de comunicarse más allá de la vida con su colega Houdini, han vuelto a inquietar a todos los innumerables doloridos de este mundo que con mayor o menor fe sueñan o confían en reanudar, a través de la muerte, una felicidad trunca.

Cabe ante el renovado fenómeno sorprenderse una vez más de la resistencia que el hombre opone a desaparecer totalmente de un escenario frío, insensible y duro, en el que apareció cuando su turno en la caravana fue llegado, y donde se desarrolló, actuó, se encogió y murió, sin llegar a tener nunca conciencia del por qué de este surgir y desaparecer en lo que media de un segundo a otro del universo, y sin conocer otra cosa de su destino que la fatal brevedad en cumplirlo.

Puede el hombre convivir años enteros con los astros; puede prescindir de su yo ante descubrimientos de divina exaltación: pero ante la idea de su muerte personal, circunscrita a sí mismo, el hombre, con una terquedad heredada a través de las edades de la amonita primaria, se agita y se revuelve ante ese anonadamiento.


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Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

El Caso Lugones-Herrera Y Reissig

Horacio Quiroga


Artículo


Repetidas veces se ha escrito, y con decidido afán de molestia, vuelto casi sistema que la poesía de Leopoldo Lugones derivaba directamente de la de Julio Herrera y Reissig. Tanto se ha repetido, que para muchos jóvenes es ya un dogma esta especie. Los cargos de imitación —y servil— pesan particularmente sobre la construcción de los sonetos Los doce gozos, y que Lugones insertó en su libro Los Crepúsculos Del Jardín, dados a luz en 1905.


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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Una Conquista

Horacio Quiroga


Cuento


Él

Cada cuatro o cinco días, y desde hace dos meses, recibo cartas de una desconocida que, entre rasgos de ingenuidad y de esprit, me agitan más de lo que quisiera.

No son estas las primeras cartas de femenina admiración que recibo, puede creerse. Cualquier mediano escritor posee al respecto un cuantioso archivo. Las chicas literatas que leen mucho y no escriben, son por lo general las que más se especializan en esta correspondencia misteriosa, pocas veces artística, sentimental casi siempre, y por lo común estéril.

En mi carácter de crítico, me veo favorecido con epístolas admirativas y perfumadas, donde se aspira a la legua a la chica que va a lanzarse a escribir, o a la que, ya del oficio, melifica de antemano el juicio de su próximo libro.

Con un poco de práctica, se llega a conocer por la primera línea qué busca exactamente la efusiva corresponsal. De aquí que haya cartas amabilísimas que nos libramos bien de responder, y otras reposadas, graves —casi teosóficas—, que nos apresuramos a contestar con una larga sonrisa.

Pero de esta anónima y candorosa admiradora no sé qué pensar. Ya dos veces me he deslizado con cautela, y por la absurda ingenuidad de su respuesta he comprendido mi error.

¿Qué diablos pretende? ¿Atarme de pies y manos para leerme un manuscrito?

Tampoco, por lo que veo. Le he pedido me envíe su retrato; muy gentil cambio de fotografías. Me ha respondido que teniendo a la cabecera de su cama cuatro o cinco retratos míos recortados de las revistas, se siente al respecto plenamente satisfecha. Esto en cuanto a mí. En cuanto a ella, es "apenas una chica feúcha, indigna de ser mirada de cerca por un hombre de tan buen gusto como yo".

¿No muy tonta, verdad?


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Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Tangos Redentores

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Durante mucho tiempo constituyó una de nuestras preocupaciones, el triste estado social, espiritual y moral de lo que, por un criollo eufemismo, hemos convenido en llamar milonguita.

En nuestra juventud las jóvenes de ese carácter no se llamaban milonguitas. Pero estas de hoy, de sus mil compañeros de bohemia sólo amaron furiosamente a uno solo: y aquel privilegiado ser, como los de ahora, devolvió a su amiga en golpes, religiosamente, el homenaje recibido a sus otros 999 admiradores. No cambian las circunstancias, como se ve, aunque los hombres varíen.


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Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

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