Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos
de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados,
mientras afuera ronda un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las
supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.
Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur dice que
el yaciyateré es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo he
visto, pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y melancólico.
Repetido y obsediante, como el que más. Pero en el norte, el yaciyateré
es otra cosa.
Una tarde, en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una vela nueva
en el Paraná, pues la latina no nos había dado resultado con un río de
corriente feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era también
obra nuestra, construida en la bizarra proporción de 1:8. Poco estable,
como se ve, pero capaz de filar como una torpedera.
Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la mañana no había
viento. Se aprontaba una magnífica tormenta, y el calor pasaba de lo
soportable. El río corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos
quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la doble
reverberación de cielo y agua enceguecía. Además, principio de jaqueca
en mi compañero. Y ni el más leve soplo de aire.
Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas tras cinco
días de viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está
derivando por el Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por otro
lado, que remar en ese ambiente.
Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
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