ELLA
«Señorita escritora desea sostener correspondencia literaria con colegas. X. X. 17, oficinas de este diario».
Ça y est. La escritora soy yo.
He pensado mucho tiempo antes de dar este paso. No es la
inconveniencia de un carteo anónimo, como pudiera creerse, lo que hasta
hoy me ha contenido. A Dios gracias, estoy por encima de estas
pequeñeces. Pero son las consecuencias del carteo lo que me inquieta.
Por regla general, y para una mujer sensible, el hombre es mucho más
peligroso escribiendo que hablando. Es diez veces más elocuente. Halla
notas de dulzura que no sé de dónde saca. No impone con su presencia
masculina. No mira: frente a una mujer agradable, la mirada del hombre
más cauto es un insulto.
Esto, en general. En particular, solamente una especie de hombres es
capaz de hablar como escribe; y éstos son los literatos. La parte del
alma femenina que hay en cada escritor le da un tacto que ellos nunca
apreciarán en su valor debido. Conocen nuestras debilidades; valoran
como en sí mismos la plenitud de nuestras alegrías y el vacío absoluto
de nuestras inquietudes. Llegan a nuestro espíritu sin rozarnos la
carne. Entre todos los hombres, ellos exclusivamente saben hacerse
perdonar el ser varones.
La grosería masculina… Sin la chispa de ideal que hace de un patán un
poeta, las mujeres hubiéramos vuelto a las cavernas o nos habríamos
suicidado.
Sentimiento, ternura, delicadeza de los hombres… ¡Bah! Si me
atreviera a definir el amor, diría que en nosotras es una esperanza y en
ellos una necesidad.
Ante esta evidencia no valdría la pena continuar viviendo, si de vez
en cuando el Señor no depusiera desnudito en los brazos de una madre tan
pequeña cosa que será luego un gran poeta.
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