Textos más populares este mes de Horacio Quiroga | pág. 8

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autor: Horacio Quiroga


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Tangos Redentores

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Durante mucho tiempo constituyó una de nuestras preocupaciones, el triste estado social, espiritual y moral de lo que, por un criollo eufemismo, hemos convenido en llamar milonguita.

En nuestra juventud las jóvenes de ese carácter no se llamaban milonguitas. Pero estas de hoy, de sus mil compañeros de bohemia sólo amaron furiosamente a uno solo: y aquel privilegiado ser, como los de ahora, devolvió a su amiga en golpes, religiosamente, el homenaje recibido a sus otros 999 admiradores. No cambian las circunstancias, como se ve, aunque los hombres varíen.


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4 págs. / 8 minutos / 7 visitas.

Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

Anaconda

Horacio Quiroga


Cuento


I

Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.

Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.

Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente sobre sí misma, removiose aún un momento acomodándose y después de bajar la cabeza al nivel de sus anillos, asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil.

Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra.

—Quisiera pasar cerca de la Casa —se dijo la yarará—. Hace días que siento ruido, y es menester estar alerta…

Y marchó prudentemente hacia la sombra.

La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado de corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del Hombre. Mal asunto…

Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que hubiera querido.


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33 págs. / 58 minutos / 310 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

De una Mujer a un Hombre

Horacio Quiroga


Cuento


—Sí —replicó impaciente el doctor Zumarán — . Ya conozco la fórmula: las cosas deben ser dichas, cueste lo que cueste… Ante el altar de la Verdad, aun una mentira que fue largo tiempo mentira, adquiere súbita pureza, por el solo hecho de ser confesada… ¡Ya! ¡Sé todo esto!…

Hubo un pequeño silencio. La noche caía ya. Adentro, en el escritorio, no se veía sino nuestras caras y los chismes de níquel de la mesa. Alguno de nosotros replicó:

—También conocemos todos lo que hay de fórmula y lo que hay de realidad: pero eso no obsta para que nos esforcemos en transmutar el programa ideológico en propia sustancia vital.

—Sí. sí —reafirmó Zumarán —. Ser cristianos por intelectualidad y pretender serlo por corazón… O serlo por corazón y aspirar a serlo de carácter. Es una noble tarea. ¿Ustedes no han conocido a ningún tipo violento, de buen corazón como suelen serlo casi todos ellos, empeñado en aprender a contenerse cuando la llamarada de indignación le sube a los ojos ante una perrería de cualquier vecino o de uno de sus hijos? Es la cosa más triste que pueda verse. Nadie más que él sabe que comprender es perdonar… que responder con una canallada a otra es hacerse digno de ella… (que no se debe pegar a los chicos… ¡Linda música! Yo he conocido a muchos con esta angélica pretensión, y su vida, les repito, no era agradable. Algo de esto pasa con la Verdad. Las cosas deben ser dichas… Sí, cuando por la pared opuesta no está guiñándonos el ojo una Verdad bastante criminal como para aniquilar dos o tres sueños de dicha. ¡Linda obra la de decir las cosas, entonces…!

El silencio se reprodujo. Quien más, quien menos, todos tenemos idea de algunas de estas Verdades que han rozado o clavado el dientecito en nuestra vida. Pero Zumarán, en su carácter de médico, debía estar bastante informado al respecto, y se lo insinuamos así.


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5 págs. / 8 minutos / 183 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Las Amazonas

Horacio Quiroga


Artículo


De acuerdo con la ligera embriaguez en que vivimos al presente, la medida del tiempo sufre también la exaltación —o inflazón, si se desea conservar propiedad a las palabras,— característica de la hora actual. Antes hemos tenido "tiempos", "épocas", "edades", para denominar con una fracción del tiempo la importancia o persistencia de ciertas conmociones o estados, que pasaron sin dejar grandes rastros o modificaron profundamente el curso de la humanidad.

En tal sentido tuvimos el tiempo de la crinolina, del decadentismo y de tantas otras formas del vestir. Extendimos al lapso de "época" otros estados o perturbaciones que dejaron más honda huella, como la época del kerosene y del romanticismo. Y reservamos el nombre de "edad" a las modificaciones profundas sufridas por la humanidad, tales como la edad antigua, media, moderna, y la recién nacida de las post-guerra.

En cuanto a la expresión "era", apenas nos atrevíamos a referirla con autoridad a las enormes transformaciones de la costra terrestre o a las revoluciones morales de inacabable alcance.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 4 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

La Lengua

Horacio Quiroga


Cuento


Hospicio de las Mercedes…

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver…! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…

¡Arrancarle la lengua…! Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste…? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos.

¡Su lengua…! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé…

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos…

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.

—Pero de veras —me detenía a ratos—. ¿Sabías que era yo el que había inventado la cosa?

—¡Claro que lo sabía! —le respondía riéndome.


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2 págs. / 5 minutos / 446 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Cóndor

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos:

Lo que les conté en mi carta anterior sobre los zorritos que quise criar y no pude estuvo a punto de repetirse ayer mismo aquí, sobre el lago Nahuel Huapi. Lo que esta vez quise criar fueron tres pichones de cóndor. Yo los había visto días atrás en la grieta de una montaña que cae a pico sobre el lago, formando una lisa pared de piedra de 50 metros de altura. Ese acantilado, como se llama a esas altísimas murallas perpendiculares, forma parte de la cordillera de los Andes. A la mitad de la altura del acantilado existe una gran grieta en forma de caverna . Y en el borde de esa grieta yo había visto tres pichones de cóndor que tomaban el sol, moviéndose sin cesar de delante a atrás.

Ustedes saben, porque se los he contado, que en el momento actual no hay cóndores en nuestro Jardín Zoológico. Parece mentira, pero así es. Los que había murieron de reumatismo y otras enfermedades debidas a la falta de ejercicio. Y por más que se ha hecho, no ha podido conseguirse más cóndores.

Al ver aquellos tres pichones con su pelusa gris, tomando juntos el sol moribundo, deseé cazarlos vivos para ofrecérselos a Onelli. Los pichones de aves carnívoras como los pirinchos y los cóndores, se crían muy bien en cautividad.

¿Pero cómo cazarlos, chiquitos? Era imposible trepar por aquella negra y fantástica muralla de piedra, sin una saliente donde poder hacer pie. Iba, pues, a perder las esperanzas de poseer mis condorcitos cuando un muchacho chileno, criado entre precipicios y cumbres de montaña, se ofreció a traérmelos vivos, siempre que yo lo ayudara con mis compañeros.


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3 págs. / 6 minutos / 249 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Diablito Colorado

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un chico que se llamaba Ángel y vivía en la cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía enferma; y Ángel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires, donde estaba su familia. Pero allá en la cordillera, con el ejercicio y la vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más tarde serán hombres enérgicos.

Una tarde que Ángel corría por los valles, el cielo de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de Ángel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Ángel oyó un grito sumamente débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y saltaba y miraba asustado a Ángel, con su linda carita de diablito.

El muchacho lo agarró después por la punta de la cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de mirarlo bien por todos lados, le dijo:

─Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y arrojaré al medio del largo.

Al oír lo cual el diablito se echó a reír:


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7 págs. / 13 minutos / 45 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

La Ñandurihé

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Hasta el día de hoy, las gentes del norte no han podido ponerse de acuerdo sobre la ñandurihé. Esta víbora representa, sin género alguno de duda, al más venenoso ser de la creación.

Hasta aquí, el acorde es perfecto. Pero cuando deseamos especificar fisonomía, color y particularidades de esta lúgubre bestia, las lenguas se confunden.

Sólo un aspecto de aquélla permanece inalterable en todas las leyendas: su tamaño. La ñandurihé es una viborilla deslizante y fugaz, cuya breve mordedura anuncia cierta, segura, precisa, inexorable y fatalmente, la muerte.

En casa tuvimos una, a que mis chicos profesaron un afecto casi de hermanos mayores. La habíamos hallado entre los bambúes, deslizándose bajo las hojas caídas, que se arqueaban apenas a su paso.


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1 pág. / 2 minutos / 4 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Tempestad En El Vacío

Horacio Quiroga


Cuento



El hombre ha llegado a la frontera tropical sin afán de lucro, lo que es muy raro, y se instala a guisa de huésped en un campamento de yerba mate. No ofrece la vida allí grandes comodidades. Mayordomo, capataces, y peones gustan de la misma pobre comida. El lecho es duro, la cama angosta, el mosquitero corto. Nuestro hombre pasa por todo, como se pasa una eterna Semana Santa en la soledad de la metrópoli. En realidad, una semana es también el plazo que el visitante ha fijado a su vacación agreste. Finalizada ésta, regresará a su hogar rico de impresiones. 

Ni rico ni pobre, ciertamente en sólo siete días de selva. ¿Qué puede ver con mirada virgen en tan breve lapso? 


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3 págs. / 6 minutos / 4 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

Artículos de Política Y Sociedad Dispersos

Horacio Quiroga


Artículos, Compilación


La Santa Democracia


Este régimen de gobierno y no el estado de alma que lo creó, según anotaremos que lo crea, se halla en crisis. Vale la pena comentar ligeramente la filosofía de esta inquietud, bastante fuerte para convulsionar hasta en sus cimientos la civilización moderna.

Al desencadenarse la guerra mundial, parecía haberse distendido por fin el resorte que mantenía en intolerable tensión el destino de la humanidad. No se veía claramente, a mediados de 1914, qué destino era éste. Aparentemente, el progreso material, la aceleración creciente de la vida, la procura a toda costa de riquezas, constituían el presente y el fin de la civilización oficial de Occidente.

Con la conclusión de la guerra, la situación no cambió. El resorte, flojo un instante, se armó de nuevo. Y permanece aún tendido, bajo la presión de un tremendo descontento. La civilización occidental cree aún en sí, pero se ahoga.

Si la guerra pasada pudo haber tenido por causa ocasional cualquiera de las que se fraguan a uno y otro lado del Rin, nadie ignora que su causa real es la precipitación de todas las naciones sobre la misma presa —el poder—, y que fomentada con el nombre de nacionalismo dentro de las fronteras, toma el nombre genérico de civilización, cuando dichos apetitos corren atraillados sobre otro continente.

La finalidad de la vida transmutada en presa de lobos: esto y no otra cosa es lo que ha lanzado al Occidente al choque de 1914, y lo que volverá a lanzarlo indefectiblemente a nuevos tumultos, mientras se considere a las riquezas el más noble blasón de un pueblo, mientras se recurra a la violencia para aumentarlas, y se convierta a los hombres en lobos, para desearlas.

El Occidente no tiene cómo evitar una nueva guerra y todas las que sobrevendrán, porque está organizado sobre la guerra, porque sus fines de expansión llevan la guerra a donde va, y porque su ideal de triunfo no se puede obtener sino con la guerra.


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35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 8 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

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