—Sí —replicó impaciente el doctor Zumarán — . Ya conozco la fórmula:
las cosas deben ser dichas, cueste lo que cueste… Ante el altar de la
Verdad, aun una mentira que fue largo tiempo mentira, adquiere súbita
pureza, por el solo hecho de ser confesada… ¡Ya! ¡Sé todo esto!…
Hubo un pequeño silencio. La noche caía ya. Adentro, en el
escritorio, no se veía sino nuestras caras y los chismes de níquel de la
mesa. Alguno de nosotros replicó:
—También conocemos todos lo que hay de fórmula y lo que hay de
realidad: pero eso no obsta para que nos esforcemos en transmutar el
programa ideológico en propia sustancia vital.
—Sí. sí —reafirmó Zumarán —. Ser cristianos por intelectualidad y
pretender serlo por corazón… O serlo por corazón y aspirar a serlo de
carácter. Es una noble tarea. ¿Ustedes no han conocido a ningún tipo
violento, de buen corazón como suelen serlo casi todos ellos, empeñado
en aprender a contenerse cuando la llamarada de indignación le sube a
los ojos ante una perrería de cualquier vecino o de uno de sus hijos? Es
la cosa más triste que pueda verse. Nadie más que él sabe que
comprender es perdonar… que responder con una canallada a otra es
hacerse digno de ella… (que no se debe pegar a los chicos… ¡Linda
música! Yo he conocido a muchos con esta angélica pretensión, y su vida,
les repito, no era agradable. Algo de esto pasa con la Verdad. Las
cosas deben ser dichas… Sí, cuando por la pared opuesta no está
guiñándonos el ojo una Verdad bastante criminal como para aniquilar dos o
tres sueños de dicha. ¡Linda obra la de decir las cosas, entonces…!
El silencio se reprodujo. Quien más, quien menos, todos tenemos idea
de algunas de estas Verdades que han rozado o clavado el dientecito en
nuestra vida. Pero Zumarán, en su carácter de médico, debía estar
bastante informado al respecto, y se lo insinuamos así.
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