Josiah Childs era el hombre más normal del mundo. Tenía la
apariencia de lo que era: un comerciante próspero. Llevaba un traje de
sesenta dólares —el traje normal del comerciante— y confortables botas
de media caña, que olían a zapatero bueno, pero nada extravagantes; el
cuello y los puños de su camisa eran los de un comerciante normal; su
única audacia en cuestión de tocado era uno de esos sombreros llamados
«derby», que eran el último grito entre las gentes de negocios.
Oakland, en California, está lejos de ser una ciudad muerta de
provincias. Y Josiah Childs era el dueño del principal almacén de
comestibles de esta febril ciudad del oeste de América; la vida que
llevaba, sus modales y su aspecto eran los adecuados para tan altas
funciones.
Pero esa mañana, antes de que comenzara la avalancha de clientes,
la llegada de Josiah Childs provocó tal perturbación que, si bien no
llegó a tumulto, obstaculizó durante media hora el trabajo de sus
empleados. Saludó con afable movimiento de cabeza a los dos
distribuidores que cargaban ante la puerta los dos primeros camiones del
día. Después de la inevitable mirada al gran rótulo que cruzaba la
fachada, entró en el almacén. En el rótulo podía leerse las palabras:
ULTRAMARINOS JOSIAH CHILDS; pintadas de oro y negro, de dimensiones
discretas y de buen gusto, evocaban nobles especias, condimentos
aristocráticos, en suma, todo lo que constituye el no va más en materia
de comestibles (que era lo menos que se podía esperar de ese palacio de
la alimentación en donde la escala general de precios era un diez por
ciento más alta que en los demás sitios). Pero cuando Josiah Childs dio
la espalda a sus distribuidores para cruzar la puerta de entrada, no
reparó en la mirada de estupor que intercambiaban los dos buenos hombres
al ver su aspecto. Interrumpieron su trabajo y, sin duda para evitar
caerse de sorpresa, tuvieron necesidad de apoyarse uno contra otro.
Información texto 'El Padre Pródigo'