Es un potril pequeño, de forma casi circular.
Espesa y altísima muralla de guayabos y virarós forma la primera línea externa de defensa.
Entre los gruesos y elevados troncos de los gigantes selváticos,
crecen apeñuscados, talas, espinillos y coronillas, que ligados entre sí
por enjambres de lianas y plantas epifitas, forman algo así como el
friso del muro.
Y como esta masa arbórea impenetrable, se prolonga por dos y tres
leguas más allá del cauce del Yi y las sendas de acceso forman
intrincado laberinto, ha de ser excepcionalmente baqueano, más que
baqueano instintivo, quien se aventure en ese mar.
Del lado del río sólo hay una débil defensa de sauces y sarandíes;
pero por ahí no hay temor de sorpresa, y, en cambio, facilita la huida,
tirándose a nado en caso de apuro.
Soberbio gramillal tapiza el suelo potril y un profundo desaguadero
proporciona agua permanente y pura; la caballada de los matreros engorda
y aterciopela sus pelambres.
Los matreros tampoco lo pasan mal.
Ni el sol, ni el viento, ni la lluvia los molestan.
Para carnear, rara vez se ven expuestos a las molestias y peligros de
salir campo afuera; dentro del bosque abunda la hacienda alzada,
rebeldes como ellos, como ellos matreros.
Miedo no había, porque jamás supieron de él aquellos bandoleros, muy semejantes a los famosos bandoleros de Gante.
Hombres rudos que habían delinquido por no soportar injurias del opresor.
Los yaguaretés y los pumas, en cuya sociedad convivían, eran menos temibles y menos odiosos que aquéllos...
¿Criminales?...
¿Por qué?...
¿Por haber dado muerte, cara a cara, en buena lid, a algún comisario despótico o algún juez intrigante y venal?...
No. Hombres libres, hombres dignos, hombres muy dignos.
Sarandí, Rincón e Ituzaingó se hizo con ellos.
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