A Carlos Roxio.
Un chamberguito color de aceituna, con la copa deformada, con las
alas caídas, tapábale a manera de casquete la coronilla, dejando
desbordar la melena gris amarillo, ensortijada y revuelta, acusando
escasas relaciones con el peine; la cara pequeña, acecinada, hirsuta,
con su nariz fina y curva, con sus pómulos prominentes, con los ojillos
azul de acero, con sus labios finos, torcidos hacia un lado por "la
continuación del pito", ofrecía una indefinible expresión de bondad, de
astucia, de fuerza, de penas pasadas, de energías en reserva.
Cubierto el busto, huesudo y fuerte, por una camisa de lienzo,
metidas las piernas en amplio pantalón de pana,—roído y rodilludo.—y los
pies en agujereadas alpargatas de lona, mojadas con el rocío,
esgrimiendo en la diestra, grueso y nudoso bastón de tala —respeto de
canes— llegó a la cocina en momentos en que don Timoteo, en cuclillas
soplaba el fuego a plenos plumones.
—Ostia! Cume hace frío cuesta mañana!—dijo a manera de saludo.
El viejo, sin volver la cabeza, habituado como estaba a la matutina visita de su vecino—respondió:
—Dejuro; mitá de agosto... Una helada macanuda...
Sin sacarse el sombrero de la cabeza, ni la pipa de los dientes, ni
abandonar el garrote, don Gerónimo, el gringo don Gerónimo, el viejo
chacarero,—tomó un banquito y arrimándolo al fogón, sentóse en silencio,
esperando que el fuego ardiera, y chillase el agua de la pava, y
preparara don Timoteo el cimarrón del desayuno.
Humeó el sebo sobre los tizones y a efectos de un recio soplido,
brotó la llama, incendiando la hojarasca y llenando de luz rojiza la
estrecha y negra cocina.
El viejo paisano se sentó sobre un trozo de ceibo, se sacó el pucho
que tenía detrás de la oreja, cogió una rama encendida, prendió, chupó, y
recién entonces dio vuelta y miró al visitante, diciéndole:
—¿Qué tal?
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