Era día de hierra y el sol derramaba luz aquella mañana hasta enceguecer las cachillas.
En el gran corral de palo-a-pique, en medio de nubes de polvo,
giraban inquietos los novillos de pezuña nerviosa y de mirada de fuego,
rabiosos con el encierro.
Afuera, los pialadores escalonados en dos filas formando calle, esperaban, firmes sobre los garrones de acero, el lazo pronto, la vista alerta.
A un lado de la puerta, el inmenso fogón lanzaba llamaradas.
De pronto, el enlazador salía arrastrando un novillo, que al pisar la
playa, enloquecido por el griterío del gauchaje, bajaba el testuz y
emprendía la fuga. Diez, doce armadas silbaban en el aire, y la
gran bestia, dando un bramido, se desplomaba ruidosamente. Un segundo
despúes, los hombres estaban encima, lo liaban, lo oprimían...
—¡Marca! —gritaba uno.
Y desde el fogón, corriendo, el marcador acudía. El hierro, hecho
ascua, hacía chirriar la piel, levantando una nubecilla de humo blanco y
hediondo. Luego, mientras el animal, sangrante; dolorido y humillado,
libre de los lazos, huía campo afuera, los gauchos, riendo y
dicharachando, se acercaban al fogón en busca del trago, premio del pial.
En medio de la general alegría encendida en el alma de los gauchos
por aquella ruda y arriesgada faena que formaba su diversión favorita,
Mauro Núñez era la sola nota discordante. Alto, recio, algo cargado de
espaldas, tenía una enorme cabeza boscosa, y de la cara, el único rasgo
visible era la formidable nariz, que emergiendo de entre la frondosidad
capilar, parecía una peña amarillenta en medio de un matorral de molles
negros y enmarañados.
Mientras los otros hablaban, él gruñía; y cuando se reían los otros, él bramaba.
—¡Marcá! —gritábanle con apremio.
Y Mauro respondía furioso:
—¡Ya va, canejo! ¡No soy fierrocarril!...
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