—Me vi' a dir.
—¿P' ande?
Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande
uno pueda arrojarse...
—¿Tenés ganas de augarte?
—...o campos fieros, con serranías o cangrejales
que permitan quebrarse el pescuezo de una
rodada!...
—¡La pucha!... Sabe aparcero qu' está más
fúnebre que cajón de difunto?... ¿Qué le acontece?..
¿Carnió a lo gringo y cortó la vegiga de la yel?...
—¡Cuasi asina!... ¡De la res qu'he carniao,
tuitas las tripas me resultan tripas amargas!...
—¿Y d' ahí?... El remedio está acollarao con
la enfermedá: deje las achuras pa los perros y meriende
los costillares y la pulpa...
—¡Si la res que carnié no tiene más que achuras!...
Esta última frase la pronunció Trifón con tal
acento de amargura y de descorazonamiento, que
su amigo Silverio, condolido, cambió de tono y
exclamó afectuosamente:
—Estás desagerando, muchacho... Por ruin
que sea la lonja, ningún lazo se rompe de la primera
enlazada... ¿Qué te pasa para ponerte
blandito asina?...
—¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien.
—Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho
'e tu alma pa saber si la cama está renga.
—No carece dentrar al agua pa saber qu' el
arroyo está de nado.
—Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del
Auspon, pu' ejemplo, yo sé que cuando l' agua
llega al primer ñudo del sauce viejo de la derecha,
moja las verijas del mancarrón, y cuando sube
hasta la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque
lo vide sinfinidad de ocasiones... Pero en tu
caso...
—Mi caso es más claro entuavía,—respondió
violentamente Trifón. Y echándose sobre los ojos
el chambergo, se fué de la enramada.
Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con
lástima, sacudió la cabeza, sacó la tabaquera y
mientras armaba un cigarrillo, exclamó:
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