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Recuerdos

Javier de Viana


Cuento


A Carlos Roxlo.


Eramos cuatro: un letrado estanciero, muy rico y muy noble; mi joven político a quien un ventarrón llevó de su aldea al parlamento y de éste al ejército revolucionario; un poeta exquisito y yo, anomo.

El hacendado, el joven político y yo, teníamos sobre el poeta tres indiscutibles superioridades: la primera saber andar a caballo; la segunda, llevar unas libras esterlinas en el cinto; la tercera... no ser poetas.

Él no poseía más caudal que su gran talento. Ahora bien: podéis creerme a no, pero os aseguro bajo mi palabra de honor que el talento es de una escasísima utilidad para un soldado revolucionario.

Allí, en nuestra guerra gaucha, el ser buen jinete permite gozar el summum de las comodidades, —léase: soportar el mínimun posible de molestias —sin contar con los servicios que puede prestar a los prudentes en un día de batalla, y a todos, hasta a los temerarios, en un día de derrota.

Y el poeta era un maturrango sin enmienda. Montaba unas veces por la izquierda y otras por la derecha, argumentando con aparente lógica que, siendo el caballo igualmente alto de un lado y del otro, y teniendo la silla idénticos estribos a diestra y siniestra, no existía razón para someterse al precepto rutinario que ordena subir por la izquierda. Desgraciadamente, los caballos no querían comprender este acertado razonamiento y con frecuencia aporreaban sin piedad al poeta.

En aquella campaña, larga y ruda, nuestro trovador pasó horas amargas. Él no sabía nada más que cantar, y sus cantos suaves, tiernos, melódicos no podían interesar allí, donde, casi diariamente oíase el canto de los fusiles y los cañones. ¡Cualquiera escucha una vidalita cuando está hablando un Canet!...


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3 págs. / 5 minutos / 44 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Por Cortar Campo

Javier de Viana


Cuento


—Cortando campo se acorta el camino—exclamó con violencia Sebastián.

Y Carlos, calmoso, respondió:

—No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos...

—¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos!

—Eso no es razón; el mesmo respeto merece la propiedá del pobre y del rico... Pero quería decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de cárcel.

—¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los hombres!...

—Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la vergüenza.

—¿Es provocación?...

—No, es consejo.

—Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no hay nada. Dispués que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos, p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los oídos: «¡No te lo había dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!»... «La culpa'e la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»... Y d'esa laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos...

—Hacé tu gusto en vida—contestó Carlos;—pero dispués no salgás escupiendo maldiciones a Dios y al diablo.

* * *

Hace un frío terrible y el cielo está más negro que hollín de cocina vieja.

De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un finísimo relámpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de un trueno que reventó en lo remoto del cielo.

Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo, como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla formidable.

Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el interior del ombú.

Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueño, olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto...


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3 págs. / 5 minutos / 56 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Partición Extraña

Javier de Viana


Cuento


Con una voz que parecía tener el matiz de varias penas juntas, Alipio interrogó suplicando aún:

—¿De modo, tata, que v'a dejar no más que m'embarguen y me arreen la majadita?

—Así ha ’e ser, —respondió impasible el viejo, aquel viejo de cabeza y barbas patriarcales, de ojos serenos, de gran nariz curva; aquel viejo cuyo rostro hacía presentir un santo varón dispuesto siempre a tender la mano caritativa al prójimo afligido.

Él joven guardó silencio un momento, mientras buscaba en la maleza de su conturbado espíritu, una frase, un argumento capaz de conmover el corazón de su padre.

—Usté sabe que yo siempre he sido trabajador y juicioso y si me ha ido mal...

—Trabajar no es mérito; la cuestión es aprovechar el trabajo.

—¿Pero será posible, tata, que por dos mil pesos miserables me haga quedar en la calle, sin tener con qué darles la comida a mi mujer y a mis hijos, teniendo usted una gran fortuna?...

—Si la tengo es porque siempre supe rascarme p’adentro, dejando que cada uno pele el mondongo con la uña que tiene. Si me hubiese puesto a cuartear a tuitos los empantanaos que me han pedido ayuda, a la fecha estaría más pelao que corral de ovejas.

Prolongado silencio sucedió a esa frase del viejo. Alipio, agotado, aniquilado, hizo como el náufrago que, tras el postrer esfuerzo por vivir, por salvarse, se entrega resignándose, a la muerte.

Sin rencor, sin vehemencia, dijo:

—Güero: adiós, tata.

Y el viejo, con la misma impertubable tranquilidad:

—Adiós, hijo; que Dios te ayude, —respondió.

Cuando Alipio hubo partido, él avivó el fuego, y se puso a preparar la cena, una piltrafa negra, reseca, guisada con fariña y grasa mezclada con sebo; más sebo que grasa.


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2 págs. / 4 minutos / 49 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

No-ha-de

Javier de Viana


Cuento


La vió una tarde en que paseaba distraído por las pardas barrancas y arenosos zanjones del humilde barrio llamado—en la orgullosa ciudad de las siete Corrientes— Cambacuá; y que es, efectivamente, la cueva de los negros, de los pocos negros subsistentes en la vieja tierra indiana.

Él descendía, admirando el agreste paisaje, cuando ella ascendía, inclinado el cuerpo con el peso de la enorme cesta que llevaba al brazo. La vió y quedó fascinado.

Era muy joven y de una perfecta hermosura indígena. Los grandes ojos negros, iluminaban su esférico rostro broncíneo; bajo la naricita respingada, que dijérase la chimenea de una fragua para fundir metales de amor, abríanse en expansión florácea los carnosos labios trémulos; las cúspides de los senos nacientes se insinuaban tras el ténue percal de la bata; las caderas opulentas y los muslos torneados y firmes trasmitían extremecimientos tentadores a la roja pollera de saraza; las piernas desnudas, admirablemente modeladas, parecían dos columnas de cobre reposando sobre unos pies de princesa.

Varias mañanas, en esas luminosas mañanas correntinas en que el aire embriaga con el aliento capitoso de los azahares, la vió pasar con la cesta de chipá, torta de mandioca que la madre amasaba en la noche y ella iba a vender en el mercado.

Un día se atrevió a interpelarla.

—¿Quiere venderme todos los chipá? —le dijo.

La criolla se detuvo sorprendida, lo miró, sonrió y desdeñosamente echó a andar diciendo:

—No-ha-de.

Jacobo no atinó una respuesta, desconcertado por la actitud y por la voz de la morocha. Sin embargo, su admiración crecía y todas las mañanas y todas las tardes, iba, casi automáticamente, a pasear por las barrancas, pretextando el encanto del paisaje, pero en realidad por el deseo de verla pasar, siempre seria y huraña.


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3 págs. / 5 minutos / 35 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2022 por Edu Robsy.

Nabuco

Javier de Viana


Cuento


Era Nabuco uno de esos tipos físicamente vulgares, que no llaman la atención ni por su belleza ni por su fealdad; y para justificar el dicho de que la cara es el espejo del alma, era, moral e intelectualmente, mediocre.

Un talento indiscutible poseía, sin embargo: el de no gastar energía en lamentos y protestas después del hecho irremediablemente consumado.

—«Con rabiar y echar maldiciones,—decía,—no se saca la carreta del pantano. Lo mejor es fijarse bien en el terreno pa no volver a enterrarse en el mesmo sitio; y la rabia añubla la vista.»

Cierta vez, siendo mozo y encontrándose sin conchabo, se enganchó de milico en una policía fronteriza. Otros que se hallaban en caso igual, se lo pasaban abominando del comisario cruel, del sargento déspota y del cabo egoísta, por no haber obtenido la baja.

—¡Lindo oficio!—exclamaba uno.—Andar tuito el día al tranco, escoltando carretas de contrabandistas o tropas de cuatreros, como si juese perro, medio desnudo, comiendo pulpa flaca y cobrando un sueldo cada seis meses, pa qu'el comesario se enriquezca y el sargento tenga tropilla propia y el cabo herraje plateao!

—¿Qué pensás vos, Nabuco?—inquiría otro dolorido,

—Pienso,—respondió;—que por haberte oído el cabo hablar parecido, te ligaste el mes pasado unos talerazos del comisario y quince días de cepo.

—¿Entonces hay que sufrir la enjusticia y tragar saliva?

—Dejuro que sí cuando se sabe que alegar es pa pior.

Y Nabuco no alegó ni se quejó nunca; pero una noche que lo mandaron en comisión, le robó los dos mejores pingos al comisario, un espléndido poncho al sargento y el «chapeao» al cabo. Esa misma noche vadeó el Uruguay, se internó en el Brasil y nunca jamás volvieron a verlo en el pago.

—«El quejarse es pa los niños, y amenazar pa las mujeres»,—era otro de sus dichos.


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Publicado el 17 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Madre Desidia

Javier de Viana


Cuento


I

Aún no es día claro y ya todo el mundo está en movimiento en la chacra de don Lindoro Segovia. No porque el Sol, economizando calorías, tarde en auyentar la niebla y despejar el cielo, han de alterarse los hábitos a cuyo riguroso cumplimiento débese la prosperidad del cortijo.

Fué así que medio a obscuras y a tropezones, Froilán y Elviro encendieron el fuego en el galpón para preparar el “mate hervido”, del desayuno, porque don Lindoro había prescripto en su establecimiento el “amargueo” haraganeante que reduce a la pitada de un cigarro, o el parpadeo de un bichito de luz, el largo que señala y auspicia al trabajo el gran arco luminoso que dibuja el sol desde la aurora al ocaso.

En última síntesis, la felicidad es el reposo; pero éste sólo proporciona satisfacciones efectivas a quien lo ha ganado con el esfuerzo productivo de su cerebro o de sus músculos.

Don Lindoro díjole a Froilán en la noche de un sábado:

—En la cerrillada del monte está flojo el alambrado y las yeguas de don Epifanio entran al maizal; mañana temprano agarras la máquina y vas a estirar los hilos.

—Mañana es domingo —objetó tímidamente el peón.

Y don Lindoro, con esa suprema autoridad que presta al reproche justo la moral innata, respondió reposadamente:

—Has pasado tres días de jugarreta y de borrachera en la pulpería... El derecho al domingo, al reposo, al descanso, es necesario merecerlo, ganarlo... Demasiado bueno soy proporcionándote la oportunidad de purgar tus faltas...

Era siempre así el austero labrador, cuyo corazón de coronilla ningún gusano lograría taladrar.

Jamás una acción deshonesta salpicó su alma, ni tuvo nunca una debilidad vergonzosa; y bondadoso al extremo, perdonaba debilidades ajenas, en tanto no implicaban indignidad, cobardes transacciones con el vicio, amparadas hipócritamente en pretextos de imposiciones vitales.


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9 págs. / 17 minutos / 31 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2025 por Edu Robsy.

Los Gringos

Javier de Viana


Cuento


La estancia de los «Horcones», después de extenderse por varias leguas en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias leguas, por la pampa lindera.

Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones de Salazar de Villarica. Don Martín el fundador, fué un vasco recio y animoso que se instaló en el entonces semidesierto, con un rebaño de ovejas y cuya energía logró triunfar en la lucha incesante con la indiada, con los malevos, con las policías, con los alcaldes y las calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones desvastadoras.

El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó de su padre un vasto y próspero establecimiento, que él agrandó y perfeccionó mediante un esfuerzo y una tenacidad dignas del heróico antecesor.

Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetón genovés, que empezó por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una docena de frutales.

Y dos años después, ya no era una docena, sino una centena de durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festón al antes desnudo y triste caserón de la estancia.

La peonada gaucha miró al principio con adversión al innovador.

—Ahí viene el loco 'e los árboles—decía despreciativamente uno, al verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de camisa, la cabeza eternamente descubierta.

—Ahí está el dueño de la hacienda verde—mofaba otro, no pudiendo comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría de vacas, caballos y ovejas.

Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando llegó la producción, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas, hacia el «ganadero de la hacienda verde», a quien, por otra parte, don Carlos dispensaba la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.


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3 págs. / 5 minutos / 58 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Los Chingolos

Javier de Viana


Cuento


Otro símbolo.

En la hoguera estival se encuentra en su elemento. La opulencia de luz lo embriaga. Su pardo plumaje se esponja, dando mayor apariencia a su cuerpccito insignificante, su vivacidad aumenta. multiplica sus acrobacias, sin que el calor lo sofoque.

Empero, los rigores del invierno tampoco lo amilanan.

Su alegría resiste a todas las inclemencias.

Vuela y revuela, salta y salta y cuando, empapado, pegadas las plumas al cuerpo, una ráfaga lo obliga a aterrizar súbitamente, lanza un gritito burlón, que semeja la eterna risa del niño sano, corre, brinca, coge de paso algún gusanillo y torna a remontarse en el aire y a piruetear, contento, seguro del valer de sus alas minúsculas.

Y si el embate es demasiado rudo, se refugia entre la ramazón de algún árbol, o bajo el alero de un rancho o entre el yuyal vecino, o se mete, confiada y familiarmente, en el galpón o en la sala.

No tiene temor. Como es bueno y no hace mal a nadie, se siente seguro entre aquellas gentes buenas...

El único miedo está en recibir la pedrada de algún chicuelo travieso, —chingolo humano;— pero era peligro pequeño, porque su habilidad sabía esquivarlo casi siempre.

Y pasado el peligro, gorjeaba, saltaba, daba volteretas en el aire, sin objeto, por puro gusto, por dar escape al exceso de fuerza vital, de la alegría de vivir, de idéntica manera que el gurí da vueltas de carnero, le tira de la oreja al perro bravo o se mete entre las patas de los redomones atados al palenque, con la confianza que tienen los buenos en la bondad de los demás.

No conciben las cimbras traidoras ocultas entre la gramilla inocente; no sospechan que existan quienes hagan mal al que solo sabe hacer bien; hechos con luz de amor, ignoran el lodo del odio...

Son los chingolos.

Los que viven felices en su insignificancia, los que se contentan con procurarse el sustento y beneficiar sin cálculo de recompensas.


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Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Lo que se Escribe en Pizarras

Javier de Viana


Cuento


La sobremesa se había prolongado más de lo habitual. El fogón estaba moribundo y las grandes brasas, reducidas a como pequeños rubíes engarzados en la plata de la ceniza, carecían ya de fuerza para mantener, siquiera tibia, el agua de la pava. El sueño iba embozando las conversaciones, y con frecuencia los dedos negros y velludos tapiaban, cual una reja, las bocas, para impedir que los bostezos escaparan en tropel bullicioso.

Don Bruno, el tropero, que llevaba ya tres días de permanencia en la estancia, fue el primero en ponerse de pié, diciendo:

—Ya es hora de dir a estirar los güesos y darle un poco ’e gusto al ojo, que mañana hay qu’estar de punta al primer canto ’el gallo.

—¿De modo que ya nos deja? —preguntó por urbanidad el estanciero.

—A la juerza. Primero que ya el incomodo es mucho, y dispués, agua que no corre se pudre.

Don Bruno salió en compañía de Naverio, a quien dijo cuando estuvieron solos:

—Yo no espero más; por cumplir la promesa que le hice a tu finao padre, he venido a buscarte ofreciéndote mi ayuda. No puedo esperar más: o venís mañana conmigo, o arréglate por tu cuenta. ¿Has entendido?

—Sí, padrino,—respondió el mozo.

—Güeno ¿vamos a dormir?

—Vaya diendo, ya lo sigo.

Cuando el tropero entró al cuarto de huéspedes, Niverio fué sigilosamente hacia el portón que cerraba el patio de la estancia.

Goyita lo esperaba impaciente.

—¡Cómo has tardado! —reprochó.

—Había que decidirse, —respondió con tristeza el mozo.

—¿Te vas?


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Publicado el 2 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

La Seca

Javier de Viana


Cuento


Las atroces torturas de la sed convulsionaban al campo que, desaparecido el verde pelaje, mostraba la ignominia de su epidermis parda y por todas partes agrietada. Las vacas esqueléticas, cuyos ilíacos amenazaban agujerear el cuero, tenían pintada en sus grandes ojos buenos, la angustia del aniquilamiento. Los terneros, escuálidos, bamboleantes, imploraban con balidos lamentables, el sustento que no podían darle las ubres exhaustas. De trecho en trecho veíanse manchas negras formadas por grandes bandas de cuervos que se cebaban glotonamente en las osamentas de las reses muertas. El persistente viento Norte, abrumador y deletéreo, acrecentaba el tormento de la sequía... A intervalos nublábase el sol, encendiendo la esperanza de una lluvia reparadora; pero minutos después desaparecían los nubarrones, restaurando la inclemencia solar... Ya la desolación iba llegando al máximo, cuando en un atardecer de fuego, fue lentamente toldándose el cielo hasta producir una obscuridad de eclipse. También, con desesperante lentitud, fué cambiando el viento, y tanto los humanos como las bestias, enmudecieron para no “ahuyentar la tormenta”... Transcurrió más de una hora de indescriptible ansiedad... De súbito, una enorme daga de fuego rasgó de arriba abajo la negra capucha... Restalló furibundo un trueno; gruesas y espaciadas gotas cayeron sobre la tierra, cuya avidez dejó escapar un vaho capitoso. y segundos más tarde, una lluvia torrencial bañó la tierra, devolviendo la alegría y la esperanza a los campos, a las plantas, a las bestias y a los hombres.


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1 pág. / 1 minuto / 60 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

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