Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha,
larga, color ocre, el labio inferior perezosamente
caído, los grandes ojos pardos llenos
de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre,
sin duda porque sus frases eran ideas, y desdeñaba
echarlas—margaritas a los puerco—a la multitud
ignara a que hallábase mezclado, constituía
uno de los tantos exóticos, pieza sin objeto,
elemento inútil, en aquella efervescencia pasional
colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro conseguían
armonizar.
En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa
y mesándose los largos cabellos lacios con sus dedos
afilados, en un gesto habitual, me preguntó
con su voz extraña, que tenía un timbre varonil
aterciopelado por un yo no sé qué de femenino:
—Hermano, ¿no te han traído pulpa?
—No, respondí; sé que carnearon y he visto
varios fogones donde los asados se chamuscan,
pero para nosotros...
—¡Nosotros somos los maporras!—interrumpió
con una sonrisa amarga;—tenemos derecho a
comer lo que sobra, como los perros!...
Y sentándose en el suelo, sobre el pasto, agregó:
—Alcanzame un amargo: para regenerar el
país hay que alimentarse de alguna manera, aun
cuando más no sea con agua sucia...
Tosió. Volvió a sacudir con sus finos dedos de
tuberculoso la negra melena y dijo con agria
ironía:
—De esta vez lo regeneramos. La indiada se
pone panzona y puede quedarse quieta un año;
después del año, si hay vacas gordas...
En ese momento se presentó el doctor X., médico
ilustre, patriota insigne, descollante, personalidad
del partido.
—¿Tiene carne?—preguntó.
—No, ¿y ustedes?
—Tampoco. Parece que nosotros no tenemos
derecho a comer.
—¡Para lo que servimos!—replicó con su amarga
sonrisa el hombre alto, flaco, cargado de espaldas.
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