Era hace mucho tiempo, mucho tiempo, en los primeros años de la colonia.
Las guerras guaraníticas y el intrincado pleito con los lusitanos,
dejaban a los gobernadores españoles poco tiempo para ocuparse del
fomento industrial de los territorios.
Las campañas estaban casi desiertas.
En el lejano orientd, en la enormidad de las tierras bañadas por el
Hum, Olimar, Cebollatí, Tacuarí y Yaguarón, era menester trotar días
enteros, desde el rancho de partida, para encontrar otro rancho.
Empero, en las boscosas riberas de los ríos, en los recovecos de las
serranías y en las ubérrimas praderas, el puñado de vacunos y yeguarizos
con que Hernandarias obsequió a nuestro suelo, había procreado
portentosamente.
Eran miles y miles, que aumentaban sin tregua, malgrado las depredaciones de los mamelucos.
Eran malos.
Si por malo se entiende al altivo, a quien ama la libertad sobre todo, a quien prefiere la muerte al cautiverio.
La fosca naturaleza del suelo que forjó el carácter irreductible del
charrúa y sus hermanos aborígenes, formó el mismo temperamento indómito y
combativo en los toros y en los potros...
* * *
Una mañana, muy de mañana, Patricio La Cruz iniciaba la quinta jornada en su viaje al Brasil.
Ensilló su malacara, enrabó el tordillo redomón y emprendió marcha guiado por la brújula del instinto.
Había traspuesto los Olimares y bordeando los esteros del Cebollatí acercábase al Tacuarí.
Y apenas clareaba el día, cuando al caer en un valle se encontró con una enorme yeguada que le cerraba el paso.
Enarcados los cuellos, flotantes las crines, levantadas como pendones
de guerra las caudas abrojientas, los potros, tendidos en guerrilla,
lanzaron furibundos relinchos que las hembras coreaban.
Patricio dióse cuenta del peligro, pero su orgullo, —¡él también era potro!— lo impulsó a desafiarlo.
Y siguió avanzando.
Leer / Descargar texto 'Rescate'