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autor: Joaquín Dicenta etiqueta: Cuento


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Las Esmeraldas

Joaquín Dicenta


Cuento


I

Tres salones del palacio ducal apenas bastaban al acomodo de la «canastilla» y de los regalos con que obsequiaron a la novia sus parientes y amigos. Entre los regalos sobresalía un aderezo de esmeraldas, ofrenda del duque de Neblijar, futuro esposo de Leonor Pérez de Carmona.

Engarzaban las piedras en la más pura filigrana que pulieron árabes y judíos.

Uníanse unos engarces a otros por cadenillas microscópicas, y era cada engarce un prodigio de calados y geométricas figuras. Las esmeraldas, limpias, carnosas, relucían como ojos de mujer. Rodeando la almohadilla del estuchón, aforrado en gamuza, relampagueaba un collar. Sus piedras, a partir de una esplendorosa, que descolgaba solitaria, disminuían, parejamente, hasta rematar en dos triangulares que formaban el broche.

Sobre el cojín, rodeado por el collar, triunfaba una diadema, en cuya fábrica el metal se iba sutilizando para volverse espuma; entre ella flotaba una esmeralda de ígneas transparencias, iguales a las de las olas al romper. En los ángulos del estuche se retorcían cuatro serpientes de oro; dos piedras llameaban en cada cual de las achatadas cabezas, remedando los ojos del reptil.

Galas últimas del joyero eran las arracadas; tallólas el artífice en disposición de caireles, para que, al rozar los cuellos femeninos, los cosquillearan con lascivos arpegios, tal que si fueran deditos prismáticos de gnomo.

De generación en generación se transmitían aquel aderezo los Neblijar. Luciéronlo sobre su piel las hembras de la estirpe, sin que ninguna osara cambiar los engarces y disposición de las piedras. Por mucho entró en sus respetos el orgullo. Acrecía, con la antigüedad, el mérito y valor de la alhaja; amén de esto, con ella se atestiguaba y se revivía la hazaña por que vino a poder de los duques.

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34 págs. / 1 hora / 109 visitas.

Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.

La Finca de los Muertos

Joaquín Dicenta


Cuento


Bajando por la puerta de Toledo, poco antes de llegar al puente y a mano izquierda de la carretera, se abre un camino polvoriento, especie de atajo, en cuyas lindes vierte sus aguas una alcantarilla que serpentea con emanaciones de pantano y pujos de arroyo, para lamer cuatro o cinco casucas de agrietadas paredes y ruinoso aspecto. En sus ventanas colúmpianse con churrigueresco desorden, sujetos a una soga y heridos brutalmente por los rayos del sol, multiples harapos de infinitos colores, los cuales son prendas de vestir, aunque no lo parecen; y junto a la puerta charlan y gritan, formando grupos heterogéneos, mujeres de todas edades, con las greñas sueltas, los brazos desnudos y las medias (cuando las tienen) caídas por encima de los tobillos.

Mientras las mujeres platican, sus criaturas, descalzas, medio en cueros, tiznado el rostro y curtida la piel, chapotean entre las aguas, revolviendo y respirando las putrideces estancadas en el fondo de la alcantarilla, y se revuelcan por la húmeda arena y escarban el suelo y traban disputas, que terminan casi siempre a puñetazos.

Los padres de estos chicos, ocupados en un trabajo que comienza con el día y acaba con el día también, no gozan de tiempo para vigilarles. Las madres, entregadas a sus hablillas, a sus rencores y a sus faenas no les hacen caso tampoco, y los niños se desarrollan en absoluta libertad con el raquitismo en la sangre y la ignorancia en el cerebro.

Sin embargo, tan horrible y triste conjunto representa en aquel camino la nota alegre, porque representa la vida, mejor que la vida, la última frontera de la vida humana.


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4 págs. / 7 minutos / 36 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

La Desdicha de Juan

Joaquín Dicenta


Cuento


Con las manos en el bolsillo del pantalón, el cabello fosco, erizada la barba y los ojos brillantes, paseaba Juan por el jardín del manicomio, y en él divertía las horas, sin que un recuerdo del pasado viniese a conmover su memoria, sin que una ráfaga de razón ventilase la desconcertada máquina de su cerebro.

¿Cómo se volvió loco? ¿Por qué causa?... Nadie lo supo. Una tarde, aquel obrero que sabía leer y escribir, que ganaba ocho reales diarios la mitad del año, y se moría de hambre la otra mitad, teniendo delante de su miseria dos hijos pequeños, y dentro de su corazón la imagen de una pobre muerta, que le quiso con toda su alma; una tarde, aquel hombre salió a la calle alegre, satisfecho, tan orgulloso de sus harapos como un príncipe de su corona, y dijo a cuantos se tomaron la molestia de oírle, que era grande, omnipotente, igual a Dios; que disponía a su antojo de todas las riquezas humanas, que a un gesto, a una orden suya, modificaríanse en absoluto las leyes por que se rige el Universo y que le bastaba extender un dedo para que la tierra cambiase de forma, de esencia y de substancia.

¡Pedid cuanto se os antoje, os lo otorgo! —dijo a los vecinos que le escuchaban. —Pedid; esta es la hora de las mercedes.

Los vecinos, al oír semejantes palabras en boca de un hombre que no tenía sobre qué caerse muerto, creyeron que estaba ebrio, le acompañaron con un coro de burlas y dicharachos epigramáticos hasta la puerta de su buhardilla, y le dejaron solo, pensando, colectiva y separadamente, que el pobre Juan renunciaría a su omnipotencia en cuanto roncase la mona.


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4 págs. / 8 minutos / 73 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

La Casa Quemada

Joaquín Dicenta


Cuento


I

En Elche la oriental, que triunfa de Efraim con sus palmas, y evoca, por su paisaje y sus costumbres, el Hedjaz de Mahoma, hay un campo, donde los granados arraigan y abren las higueras sus hojas y reprietan los naranjos sus ramas. En Abril se cubren los árboles de flor. Una esmeralda es cada botón en las higueras; una gota de sangre, cada capullo en los granados; cada brote de azahar un copo de nieve. El aire huele a incienso música de amor tañen las ondas de la acequia, nupciales himnos cantan, entre matas y arbustos, los verderones y jilgueros; las hierbas cuchichean lascivamente en los bancales. La luz del sol cae sobre la tierra como una lluvia de oro; la de la luna como un polvo de nácar. Cinturonean los frutales una planicie. De ella arrancan los muros de una casería que el incendio arruinó. Mordisqueados por la llama, los muros negrean. De un boquete, que fue ventana, descuelgan astillas a medio calcinar. Entre ellas se retuerce un clavo. Diríase que este clavo interroga.

Macizos de tierra, extendidos por la planicie y cubiertos de vegetaciones salvajes, hablan de algo que era jardín. Entre dos macizos blanquea la fábrica de un pozo. Una cadena pende de un soporte, cariado por la herrumbre, junto al pozo se yergue una palmera. Su tronco, frontero a la casa, se doblaba bruscamente hacia atrás, como estremecido por una trágica visión. En las noches obscuras, los ojos del búho relampaguean tras las palmeras. Las lechuzas van y vienen chirriando por cima de las ruinas.

—¿Mira usted La casa quemada? —me dijo un labrador.

—Sí —le contesté—. Serán fantasías, pero, cuanto más la contemplo, más imagino que esta casa ha de tener leyenda.

—No es leyenda. Es historia.


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7 págs. / 12 minutos / 98 visitas.

Publicado el 21 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

Infanticida

Joaquín Dicenta


Cuento


I

Los Méndez—Urda componen ejemplar familia. De modelo sirven a los buenos vecinos y aun a los malos, que doña Torcuata, la del ocho, madre de la picos pardos Juanita, dice, cuando ve por su frente al hijo mayor de los Urda:

—Como éste quisiéralo para mi niña y no el granujón de Melquiades que, sobre mantenerse con las ganancias de ella, me la pone a parir en cuanto se le enciende el humor.

El jefe de los Méndez—Urda es alto funcionario, ya retirado del oficinesco trajín, con buena cesantía, una sarta de cruces y su miaja de cupón a cortar. Nadie le gana en puntos de honra y en no sufrir mácula en la suya y en las ajenas. Respetos sociales, deberes religiosos, leyes humanas y divinas, tienen en D. Antonio fiel custodio e inquebrantable paladín. Antes pasará por rueda de tortura o por corbatín de garrote que por acción contraria a las costumbres, usos, prejuicios y ortodoxias en que sus padres le educaron.

Ha por compañera de tálamo a una cincuentona señora, casi ciega de ojos y ciega, sin casi, de intelecto. Reparte ella sus días, por mitad, entre la casera obligación y los deberes que, muy a su gusto le imponen, misas, rogativas, confesorio y novenas. En los quehaceres de la casa ayudan a doña Bibiana tres criados; en los de su beatería, el confesor, Dios y una ristra de santos que vuelven Congreso celestial la alcoba de la vieja. Teníalos antes en un gabinetito a la alcoba contiguo. Al cumplir los cincuenta, en la alcoba instaló a sus imágenes, segura de no molestarlas ni ofenderlas con su próxima vecindad.

Frutos hubo este matrimonio en número de cinco: tres varones y dos mujeres.

El mayor de aquellos entró, casi niño aún, a hacer méritos en la oficina de su padre.


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31 págs. / 55 minutos / 113 visitas.

Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.

El Odio

Joaquín Dicenta


Cuento


I

Su nombre andaba de boca en boca, como la carne del jabalí en los dientes de la trabilla, destrozado, mordido, hecho tiras, chorreando sangre. Su primer triunfo fue la señal para emprender aquella batida cobarde, con la que se trataba de cortar el paso a una reputación naciente. Chasco se llevan los que calentando su espíritu y mortificando su cerebro con la esperanza del primer aplauso, imaginan que, una vez logrado éste, termina el vía-crucis y pueden seguir su camino por sendas fáciles, por carriles seguros, que hacen el viaje cómodo y la llegada pronta. Más se estrecha el sendero cuanto más se adelanta; más áspero es el piso, más enmarañados y espinosos los zarzales que a uno y otro lado del sendero se elevan y hacia él se extienden y en su centro se unen; muralla movediza y punzante que hay que salvar a pecho descubierto, sin volver la cabeza, disimulando el dolor, gritando hacia adentro, llorando hacia adentro también, con el pie firme, la frente alta y los ojos en el porvenir...

¡Qué remedio!... Algo ha de costar romper el dique de las vulgaridades consagradas, rebasar el nivel de las medianías, salirse de la recua... Mujer hermosa y hombre superior que no cuentan con la calumnia y con la envidia, no echan sus cuentas bien. Ocurre con esto lo que con el sarampión: hay que pasarlo.


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5 págs. / 9 minutos / 65 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

El Maquinista

Joaquín Dicenta


Cuento


En pie sobre el suelo acerado de la locomotora, repartiendo con mano segura y experta vida y calor y movimiento á aquel organismo de hie­rro y de cobre; apoyado en la mani­vela; atento á las oscilaciones del manómetro y á las exigencias del re­gulador; combinándolo todo, mi­diéndolo todo, previniéndolo todo, está el maquinista del tren en mar­cha, con los ojos puestos en el camino y la conciencia en el cumplímiento de su deber.

Aquel hombre, vestido con una blusa azul recogida en desiguales pliegues sobre unos pantalones del mismo color: robusto de cuerpo, con el rostro ennegrecido por el humo, las manos sucias por el carbón y la piel curtida por la lluvia y el aire; aquel personaje, en cuya existencia reparan apenas los viajeros, es el dueño del tren que resbala apresuradamente sobre los rieles; á su voluntad y á su pericia están encomendados los intereses varios que se agi­tan y se amontonan en el interior de los vagones, la vida de los hombres, la conservación de los equipajes, la seguridad de las mercancías; un mo­vimiento torpe, una maniobra mal hecha, el menor descuido, la más pequeña falta, pueden convertir la mole obediente y bien equilibrada, el medio de comunicación y de progreso, el implacable vencedor de las distancias y de las fronteras, en masa ciega y destructora, en instrumento de muerte y de tortura, en vehículo de desastre y en pregonero de des­gracias.


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3 págs. / 6 minutos / 57 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El León de Bronce

Joaquín Dicenta


Cuento


Aquello fue horrible; te aseguro que fue horrible. Bien castigado estoy; como no pueden imaginarlo los jueces que me condenaron, los alguaciles que me condujeron a la cárcel y el carcelero que me guarda. Si ellos supiesen mi secreto, me dejarían en libertad… ¡Mi secreto! No lo saben, ¡no lo sabrán nunca! ¿Para qué?… A ti sí quiero revelártelo, a fin de que me compadezcas, de que me consueles, de que conozcas mi desventura… ¡Sufro tanto!… Oye y no me tomes por un loco. Te juro que es verdad. Si el pecho fuera transparente; si en el sitio donde late mi corazón se abriese una ventana y te asomases a mirar por ella, lo verías con tus propios ojos. ¿Qué verías?… Vas a saberlo, a saberlo tú solo. Escucha la historia de mi martirio y luego calla; ¡calla siempre!, no se la reveles a nadie.

No sé explicarte cómo se aposentó en mi cráneo idea tan ruin; pero es lo cierto que no pensaba en otra cosa. Al igual de esas plantas que nacen entre las grietas de los muros ruinosos y siendo al principio imperceptible mancha verde, se extienden pronto y crecen y se desarrollan y trepan por el muro adelante e invaden a su víctima de granito, esta idea brotó en mi cerebro indeterminada, confusa, inconsistente; su primera aparición fue tan rápida, que apenas sí me di cuenta de ella; no hice caso; imaginé que se había ido para no volver nunca; pero aquella idea tenía la condición de los traidores; acechaba en la sombra y echó raíces, y comenzó a extenderse con sigilo; y trepó por todos los filamentos nerviosos de mi máquina de pensar y ocupó las celdillas microscópicas donde gestan los decretos de la voluntad y las determinaciones del juicio, y un día se levantó delante de mí despótica, absorbente, única. Era su esclavo; no tenía más remedio que obedecerla.


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6 págs. / 11 minutos / 29 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Hampón

Joaquín Dicenta


Cuento


I

En las oficinas, acodado contra la saliente de un ventanillo, sobre el cual pintaron con negro la palabra JORNALES, recoge los suyos un hombre de piernas recias y ancha espalda. Bajo la chaqueta, se dibujan poderosos los músculos del bíceps; los de la pantorrilla se apelotonan tras el remendado pantalón, poniéndole a punto de estallar, cuando las piernas hacen firme. La cabeza del minero, embutida en el semicírculo que traza el ventanillo apenas descubre ásperos remolinos de la barba azabache; un sombrero ancho, con repujadura de mugre, cae a ras de su nuca; por ella se desparraman mechones rebeldes que se retuercen hacia arriba, para componer tufos encima de la oreja.

Cuatro manos vienen y van por una tabla que, interiormente, angula el ventanillo. Dos de estas manos, las que se mueven más adentro, pálidas, blanduchas, apilan en la tabla monedas; las otras dos manos, deshechuradas y callosas, cuentan las monedas y las hacen rebotar sobre el mostrador, una a una. Cuando rebota la última, la mano izquierda del minero sale del ventanillo y desaparece en los repliegues de la faja; vuelve a aparecer, extendiendo un pañuelo de hierbas; va el pañuelo a la faja, repleto de medias pesetas, pesetas y duros, y el hombre, apoyándose en los codos, endereza el busto dando frente a una puerta, por cuya vidriera, alambrada y sucia, se ciernen los rayos solares en átomos plomizos.

Aquella media luz recorta fantásticamente la imagen del minero. Su cuerpo erguido, apoyado en las piernas, deja ver por la camiseta desabrochada un pecho velludo y un cuello de cíclope; sobre él posa con arrogancia la cabeza, mostrando, entre las marañas de la barba y del pelo, dos grandes ojos verdes que relampaguean bajo unos cejales endrinos, una corva nariz; y unos labios que se contraen, descubriendo los dientes blancos, puntiagudos y cabales.


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37 págs. / 1 hora, 6 minutos / 113 visitas.

Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.

El Crimen de Ayer

Joaquín Dicenta


Cuento


Que á ella la tratase como a una de tantas como habia conocido en la vida, hasta justo podía ser; le daba pena, pero no le causaba extrañeza. No le era deudor de ningún sacrificio. Ni le hizo el de su familia, porque no la tenía; ni el de su fama, porque ya la había perdido; ni el de su bienestar, porque en punto á bienestar no disfrutó ninguno desde que su madre la echó al mundo hasta que un hombre cualquiera la arrojó en el arroyo. Del arroyo fué recogida por Enrique, quien, prendado de su cara pálida, de sus ojos azules, de sus labios frescos y de su pelo sedoso y rubio, la sacó de la infame mercenaria donde aún no había metido más que la punta de los pies, y la estableció en un sotabanco que tenía una ventana muy estrecha para mirar al cielo, cuatro tiestos de flores para recordar la primavera, y una virgen de barro, enfrente de la cual se arrodillaba Carmela todas las noches, para suplicarle que le perdonase sus anteriores culpas y que su Enrique la quisiera un poco.

¿Cuál era su sacrificio entonces? ¿Quererle? No. Quererle constituía una necesidad para ella. ¿Tolerar sus displicencias, sus malos humores, sus arranques de inconstancia, sus días de injusticia y sus horas de olvido?... Tampoco. Aun siendo el más duro, el más brutal, el más despiadado de los hombres, hubiese ocurrido lo mismo. Enrique formaba el complemento de su vida; vivir sin él era sencillamente no vivir, y como no había hecho propósito de matarse, no había hecho propósito de dejarlo...


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5 págs. / 9 minutos / 57 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

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