Textos más populares este mes de Joaquín Dicenta | pág. 3

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autor: Joaquín Dicenta


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El Idilio de Pedrín

Joaquín Dicenta


Novela corta


I

Era un soñador aquel montañés. La luz, casi siempre gris en la Montaña, las nieblas que desde el otoño a los comienzos del estío la envuelven, habían penetrado el espíritu de Pedrín, haciéndolo vivir en plena fantasía, en completo desdibujo de la realidad.

No solamente lo que llamamos alma era romántica en Pedrín; lo eran también las líneas carnales, el dibujo total del cuerpo.

Su cabello rubio ondeaba, palideciendo hacia las puntas, como los remates de un sol poniente; su frente se moldeaba en forma de torreón gótico; en sus ojos azules resplandecía el éxtasis, acentuado por la sombra que hacían las pestañas. La nariz era recta; la boca de finísimos labios; apuntada la barba; marfileño el tono de la piel. Tenía las manos señoriles, el talle juncal; el andar lánguido, apoyándose poco en tierra, como si tratara de ser vuelo.

¿Cómo pudieron fabricar esta criatura dos marineros aldeanos?

Recio el padre como un trinquete, basto como una encina, coloradote, por obra de la mucha sangre circulante en sus venas y del mucho vino embaulado en su estómago, no resultaba muy capaz para tan delicado engendro.

Cierto que la madre fue hermosa. Aún a los cuarenta años, con todo el mal traer de su jornalero vivir, conservaba restos de aquella su hermosura. Por hermosa reinó en bailes, juntas y montañesas romerías. De muy largo llegaban a requebrarla los galanes; más de una cabeza quedó rota en su obsequio; no pocas veces oyeron suspirar por ella olas y praderías. Pero así y todo, no ajustaba la belleza fuerte y opulenta de la madre a las hechuras del hijo que parió.


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34 págs. / 1 hora / 123 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

La Doma

Joaquín Dicenta


Cuento


No entraba y salía por las puertas de la Cartuja sevillana, moza más juncal, trianera de más trapío que Rosario, una zurraqueña morena de piel, ancha de hombros, delgada de cintura, graciosa en el andar y en el palabreo, con los ojos negros, el pelo al igual de los ojos, ¡y los labios!… Los labios eran una cereza abierta en dos para enseñar, a cuenta del hueso, la mejor dentadura que pulimentaron las aguas del Guadalquivir.

Locos andaban por Rosario los mozos de Triana. Si salía a la calle semejaba imagen en paso, según la reata de hombres que iba tras ella con amorosa devoción, dirigiéndole, en vez de saetas, requiebros varoniles, y entonando, a cambio de rezos, fervorosas declaraciones. Cuando se asomaba a la reja parecía imagen en altar, virgen de bronce vivo, en cuyo holocausto se improvisaban cantares o se esgrimían facas, aunque ella hiciese el mismo caso de las adoraciones envueltas en música que de las adoraciones revueltas con sangre.

Los cantos se perdían camino del cielo, los ayes de muerte camino del hospital, los rugidos de triunfo camino de la cárcel.

Porque, lo que la cartujana decía: «¡A mí qué! ¿Se emperran en quererme? Ninguno de los que se han emperrao hasta la hora de ahora me han jecho el avío. De mo que pata. Si cantan, pa ellos; si se matan pa ellos, si se pierden pa ellos. El día que me emperre yo con alguno, pa él será el bien o el mal, o la gloria o el desengaño. En tan y mientras, que los otros se las campaneen como les cumpla. ¡Allá ellos!…».


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 103 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Críticos Espontáneos

Joaquín Dicenta


Cuento


Es cosa que produce asombro el adelanto conseguido por y para la crítica en los tiempos que corren. Antiguamente (me refiero a diez o doce años atrás) ejercían de críticos hombres de gran autoridad literaria, de vasta erudición, de talento sólido, de juicio sereno, de extraordinarias y respetables aptitudes; y estos hombres cuando trataban de juzgar alguna obra dramática hacíanlo al cabo de una semana, después de oirla, de verla, de leerla y de estudiarla, pues de todo eso necesitaban aquellas pobres gentes, tan inocentonas y premiosas, que si escribían algo a la mañana siguiente de un estreno, calificábanlo con el modesto y ruin titulejo de Impresiones teatrales.

¡Infelices señores aquellos que se pasaban la vida revolviendo clásicos y revolucionarios de todas las literaturas para tener un criterio fijo, cimentado en bases duraderas y firmes, y analizaban concienzudamente las obras sujetas a su examen, por gozar fama de escrupulosos y de justos! ¡Qué desengaño tan grande el suyo, cuando hayan visto probado, con el irrefutable testimonio de los hechos, que los críticos no se forman en fuerza de estudios y de meditaciones hondas, si no que brotan espontáneamente, a semejanza de los saludadores; y así como éstos llevan la salud en la lengua por obra y gracia del Espíritu Santo, llevan ellos en el mismo sitio, y por las mismas divinas mercedes, el don maravilloso de la crítica.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 45 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

El León de Bronce

Joaquín Dicenta


Cuento


Aquello fue horrible; te aseguro que fue horrible. Bien castigado estoy; como no pueden imaginarlo los jueces que me condenaron, los alguaciles que me condujeron a la cárcel y el carcelero que me guarda. Si ellos supiesen mi secreto, me dejarían en libertad… ¡Mi secreto! No lo saben, ¡no lo sabrán nunca! ¿Para qué?… A ti sí quiero revelártelo, a fin de que me compadezcas, de que me consueles, de que conozcas mi desventura… ¡Sufro tanto!… Oye y no me tomes por un loco. Te juro que es verdad. Si el pecho fuera transparente; si en el sitio donde late mi corazón se abriese una ventana y te asomases a mirar por ella, lo verías con tus propios ojos. ¿Qué verías?… Vas a saberlo, a saberlo tú solo. Escucha la historia de mi martirio y luego calla; ¡calla siempre!, no se la reveles a nadie.

No sé explicarte cómo se aposentó en mi cráneo idea tan ruin; pero es lo cierto que no pensaba en otra cosa. Al igual de esas plantas que nacen entre las grietas de los muros ruinosos y siendo al principio imperceptible mancha verde, se extienden pronto y crecen y se desarrollan y trepan por el muro adelante e invaden a su víctima de granito, esta idea brotó en mi cerebro indeterminada, confusa, inconsistente; su primera aparición fue tan rápida, que apenas sí me di cuenta de ella; no hice caso; imaginé que se había ido para no volver nunca; pero aquella idea tenía la condición de los traidores; acechaba en la sombra y echó raíces, y comenzó a extenderse con sigilo; y trepó por todos los filamentos nerviosos de mi máquina de pensar y ocupó las celdillas microscópicas donde gestan los decretos de la voluntad y las determinaciones del juicio, y un día se levantó delante de mí despótica, absorbente, única. Era su esclavo; no tenía más remedio que obedecerla.


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6 págs. / 11 minutos / 29 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Lobo

Joaquín Dicenta


Novela corta


I

En la noche destaca la silueta gris del presidio, edificado junto al mar. Las olas baten el cimiento y salpican los muros.

Los alertas del centinela viajan de garita a garita, amenazando con la muerte a quienes sueñan la evasión. El aire gruñe al entrar en los patios. La niebla se desploma contra el edificio, y se ciñe a él en pliegues chorreantes. Sacudida por el vendaval, da la impresión de una hopa.

Recio es el vendaval. Sus rafagazos aúllan en la atmósfera canciones de agonía. Olas y truenos acompañan las estrofas del viento. Las olas no se ven; se las oye galopando sobre la niebla, rompiendo con gritos de espuma en el rocaje. A veces abre un rayo las nubes. A su luz gallardean los airones blancos del mar.

Dentro del presidio suenan los pisares monótonos del centinela que pasa y repasa frente al portón de hierro; más dentro aún se escucha el viaje de las rondas. Fuera estos, ningún ruido humano estremece aquel mundo aislado del nuestro con triple juego de cerrojos.

El portón abre contra un pasillo. Al frente del pasillo se tiende una reja espaciada con otra. Hay entre ambas hueco sobrado a impedir los garrazos del odio y las caricias del amor. Algo por el estilo existe en las casas de fieras.

El enrejado descubre un segundo portón. Camino ofrece a los interiores del presidio. Al abrirse el portón, quienes acuden de la calle miran avanzar entre brumas a las criaturas del crimen. En aquellas brumas se abocetan caras de ansiedad, brazos temblorosos. Las criaturas de las leyendas infernales asoman en igual actitud por el boquete que1es permite ver el cielo. Aquí es realidad la leyenda.

En el patio, a esta hora de la media noche, desierto, pelean gatazos de ojos relucientes y ratas de hocico respingón. Los gatos maúllan al meter sus uñas en la presa; las ratas se defienden a dentellazos.


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Dominio público
31 págs. / 55 minutos / 184 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

Conjunciones

Joaquín Dicenta


Cuento


Las últimas notas de la orquesta acababan de perderse en el aire, y aún seguía su recuerdo acariciando voluptuosamente los oídos del público, como siguen acariciando el oído del amante, muchas horas después de pronunciadas, las frases de la mujer origen de su amor.

Había terminado el espectáculo, y la Marquesa, levantándose del asiento que antes ocupara, se dirigió hacia el fondo del palco y allí permaneció en pie unos instantes, sin aceptar el abrigo de pieles que le ofrecía su marido, como si quisiera poner de manifiesto ante los ojos de éste y ante los de Jorge (su más asiduo contertulio), todos los maravillosos encantos de su cuerpo; sus hombros redondos, su pecho alto, y bien contorneado, que se desvanecía formando deliciosa curva entre los encantos del corpiño de seda; sus brazos desnudos y frescos, su cintura flexible y sus espléndidas caderas, sobre las cuales se ajustaba para perderse luego en mil y mil pliegues caprichosos que apenas descubrían el nacimiento de unos pies primorosamente calzados, el rico vestido, hecho, más que para velarla, para realzar la estatuaria corrección de sus formas.

Los dos la miraban; el marido, el viejo y acaudalado prócer, con la satisfacción pasiva y moderada de la impotencia; el mozo, con la febril inquietud que pone en los ojos el deseo cuando la sangre es joven y la vida palpita en el organismo pletórica de energía y de poder. Ella sonrió satisfecha de aquel triunfo plástico; la sedosa piel del abrigo cayó sobre su espalda desnuda, y sólo quedaron al descubierto sus ojos negros, su nariz correcta, sus labios sensuales y el extremo enguantado de su brazo, que se apoyó en el de Jorge, mientras la Marquesa decía a éste con voz vibrante y acariciadora:

—Usted me acompañará hasta casa; el Marqués tiene una cita en el Ministerio.

—Sí —respondió el anciano.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 225 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

Los Melocotones

Joaquín Dicenta


Cuento


Sale el tren mixto de Calatayud y emprende el camino de Zaragoza con lento caminar de bestia de carga. Chirrían antipáticamente los ejes sin escrupulosidad engrasados, vomita humo negro la chimenea de la máquina, escúchanse en los vagones de mercancías cacareos de gallinas, balidos de corderos, relinchos de caballos; los coches de primera van llenos de aire y polvo, los de segunda y tercera de gente alegre y decidora. El cierzo del Moncayo golpea con sus alas de nieve ventanillas y portezuelas, y el campo aragonés se extiende como una inmensa alfombra verde a uno y otro lado de los raíles. Uno de los coches de tercera va ocupado en su mayor parte por labradores; pues excepción hecha de un cura y un sujeto que por las trazas debe ser médico o boticario de algún pueblo próximo, los viajeros restantes visten el clásico calzón, la morada faja, la obscura chaquetilla y el embotonado chaleco, y calzan sus pies con las alpargatas de cinta y cubren la cabeza con el pañuelo de colores. Sólo un asiento queda libre, vamos, libre de persona ocupante, porque lo usufructúa un cesto de melocotones sobre el cual apoya uno de sus brazos el más perfecto tipo de baturro que parió la tierra. Alto, huesoso, con la nariz corva, saliente la barba y los ojos vivos y tenaces, viaja mi hombre con el cuerpo recostado en el respaldo de madera, una pierna cruzada sobre la otra y un cigarro de papel, grueso como un puro, entre los dientes negros y desiguales; frente a él va otro labriego de cara gruesa, abultado estómago y linfático aspecto, que dormita al arrullo del eje, cacareos, balidos, relinchos y conversaciones dando cabezadas mayúsculas.

En la estación inmediata a Calatayud se abre la portezuela del coche y entra un individuo de porte entre señoril y campesino.

—Buenos días —dice el recién llegado.

—Buenos días —le contestan los viajeros del vagón.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 75 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

El Amanecer en Madrid

Joaquín Dicenta


Cuento


Pocos habitantes de la corte han examinado lo que significa en ella el amanecer. Los individuos que circulan a tales horas por las calles de la gran población no poseen tiempo hábil ni inteligencia clara para realizarlo. Embrutecidos unos por el alcohol, que sube desde su estómago hasta su cerebro, para fermentar en vapores que sacuden los nervios con el ansia de todas las impurezas y de todos los vicios; enervada, casi desaparecida la inteligencia de los otros, que acuden al trabajo con la pasividad inconsciente de la bestia de carga, apenas si allá, en algún sitio, entre las vidrieras de un balcón entreabierto, se descubre la silueta de un pensador que, asomando su cabeza pálida y febril por el hueco que dejan libres los cristales, fija sus ojos en el lucero de la mañana, que se desvanece en el horizonte, mientras en el fondo de la habitación, sobre la mesa de despacho, chisporrotea al extinguirse la luz de la lámpara que ha presidido los esfuerzos titánicos hechos en obsequio de la ciencia, del arte, de la humanidad, por aquel hombre tembloroso y rendido.

Y, sin embargo, el amanecer en Madrid es uno de los espectáculos más grandes que pueden ofrecerse a las meditaciones del hombre. No hay en él, como en las auroras campestres, gorgeos de pájaros, murmurios de arroyos, estremecimientos de hojas, perfumes desprendidos de las plantas, cuchicheos amorosos del aire y gotas de rocío que palpitan y se estremecen como lágrimas de ventura y de amor sobre la aterciopelada superficie de las flores; no existe el idilio alegre de la Naturaleza que despierta risueña y alborozada a los primeros besos del sol, pero existen las palpitaciones siniestras de una humanidad luchadora que se dibuja entre las tintas grises de crepúsculo.


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3 págs. / 5 minutos / 63 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Delorme

Joaquín Dicenta


Cuento


Alto de estatura, delgado de cuerpo, rubia y como erizándose contra los peines y el cepillo la barba, emborrascado el pelo, soñadores los ojos, malo el color y peores las trazas de su indumentaria habitual, veía yo hace algunos años por calles, cafés y redacciones de periódicos, a un joven de quien primero supe que se llamaba Rafael Delorme, y luego de estrechar su mano y oirle hablar y discutir, averigüé que era un pensador notable, un propagandista tenaz, un revolucionario vehemente y un hombre honrado.

Honrado, sí; no con esa honradez que consiste en alistarse resiguadamente a la recua humana, y hacerse expedir un certificado de buena conducta por los vecinos del barrio, con el visto bueno de la portera de la casa; no con esa honradez apaisada que estriba en levantarse temprano, desayunarse con chocolate, ser novio para casa de los padres, y ayuntarse a una hembra con su miajita de bendición sacerdotal, y su poco de idilio a posteriori traqueteado en los almohadones de un vagón de primera, y de rato en rato interrumpido por el entrar y salir de viajeros, conductores y mozos de tren; en buscar unos garbancitos seguros, cuesten las humillaciones que cuesten, para sostener las sagradas necesidades de la familia, y en faltar a la señora de cinco a siete de la tarde con todo linaje de reservas y preservativos higiénicos para no adquirir fama de trasnochador y de adúltero, o echarse encima algún compromiso de aquellos en que la ley anda a puñetazo limpio con la naturaleza. Declaro que si esta es la honradez, Delorme no podía formar en sus filas.


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3 págs. / 5 minutos / 43 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

¡Redención!...

Joaquín Dicenta


Cuento


I

Todo fueron murmuraciones en los comienzos de su arribo á la población marinera.

¿Quién sería el desconocido, aquel buen mozo de treinta y cinco años que había comprado la finca de El Parral, instalándola con un fausto que no igualaban, ni con mucho, las de los ricachos en diez leguas á la redonda?

Dos meses anduvieron albañiles, carpinteros, tapiceros, fontaneros, pintores y marmolistas, limpiando, arreglando, decorando, higienizando la vivienda, hasta dejarla que no la reconocería su edificador.

Tocóles después á jardineros y hortelanos. Una gran estufa se construyó al fondo del jardín. De cristalería era con ventanales automáticos y juegos dobles de persianas. Á ella fueron llegando, como á congreso mundial de botánica, las más raras plantas de todos los países; las que en los trópicos arraigan, á temperatura de cuarenta y cinco y más grados, y las que brotan inmediatas á la región polar: las que se crían en húmedos y sombríos abismos y las que florecen en remontadas cimas.

Para cada una hubo en la estufa un conveniente lugar. Cámaras frigoríficas para las plantas que verdean entre la nieve; calefacción para las necesitadas de altas temperaturas; humedades fungosas para las precisadas de ellas; atmósferas enrarecidas para las hijas de las cumbres. Cada zona de aquel muestrario aparecía sabia y totalmente apartada de la otra; pero todas juntas se mostraban de golpe á la admiración del curioso por cristales de tan pura diafanidad, que era menester tactearlos si no quería confundírselos con las transparencias del aire.


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Dominio público
35 págs. / 1 hora, 2 minutos / 108 visitas.

Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.

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