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El Avispero y la Colmena

José Fernández Bremón


Cuento, fábula


Anidaron las avispas en un corcho de colmena, y revoloteaban sin cesar alrededor, y entraban y salían y defendían su casa como hacen las abejas.

—¿Qué os parece nuestra casa? —dijo una avispa a una abeja vecina.

—Es de igual construcción y tamaño que la nuestra; pero ¿tenéis muchos panales, cera y miel?

—¿Qué son cera y miel?

—Son la riqueza que elaboramos con nuestro trabajo.

—No; nuestra casa está vacía...

—¿Y para eso tenéis tanta casa? Yo creo que os bastaría un agujero.

Entre el pueblo que produce y el que imita sin producir, hay la diferencia que entre el avispero y la colmena.


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Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Cuerpo y la Sombra

José Fernández Bremón


Cuento


El cuerpo estaba muy disgustado de la compañía de la sombra. Caminaba hacia el sol, y la sombra le seguía: volvía la espalda al sol cuando andaba, y la sombra iba delante. Se paraba, y la sombra también se detenía. Un día no pudo más y dijo a la sombra en tono descortés:

—Retírate de una vez. Quiero estar solo.

—No puedo dejarte: tengo obligación de ir contigo a donde vayas.

—Me retiraré de ti.

—No lo conseguirás: soy tu compañera de cadena en este mundo.

—Saldré al sol cuando éste caiga sobre mí verticalmente desde el cenit.

—Y estaré bajo tus plantas.

—Pasearé siempre en el crepúsculo.

—Y te seguiré disimuladamente en la penumbra.

—Cerraré de noche mis puertas y ventanas y no encenderé luz en mi alcoba.

—Entonces serás mío por completo y te estrecharé tan íntimamente, que no habrá un solo punto de tus formas libre de mi abrazo.

—Me mataré.

—Y me acostaré al lado de tu cadáver; y si te entierran, te envolveré en el sepulcro, y cuando exhumen tus restos me dividiré en tantas partes como ellos; y rodaré con tu cráneo y haré guardia a tus últimos despojos mientras existan sobre la tierra.

—¿Y mi alma?

—Ésa te abandonará para irse al mundo de luz: tú eres esclavo de la sombra.


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Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Hada y el Poeta

José Fernández Bremón


Cuento


I

Un bosque impenetrable de limoneros y naranjos, de magnolias y laureles, rodea el pintoresco lago de las hadas. Los pájaros son su alada servidumbre; los caballitos del diablo patinando sobre el agua llevan y traen recados de una orilla a otra, mientras las hadas se divierten o trabajan, según su inclinación: unas extraen de las flores las esencias que perfuman los harenes, o la miel, las medicinas y venenos; otras, entrelazadas, danzan por el aire, o deshojan flores, para leer en ellas cuentos e historias que los hombres no saben descifrar; otras extienden sus cabellos al sol para teñírselos de rubio, y las más viejas hilan el agua con ruecas y husos diminutos, y hacen esos preciosos encajes que llaman espuma los profanos, y que retiran al instante hacia el fondo aprendices invisibles, para que el aire no los manche ni deshaga, y confeccionen con ellos las huríes los trajes de su eterna luna de miel.

Una gorriona pizpireta, con el pecho cubierto por un delantal blanco, bajó de un vuelo hasta un corro de hadas, y dijo en su lenguaje:

—Hadas y señoras mías; un poeta se encomienda a vuestras gracias, porque desea alcanzar una.

—¿Es musulmán?

—Cristiano madrileño.

—Dile que no estamos en casa. ¿Qué esperas? Veo que te ha sobornado, comilona. ¡Vuela ya! Aguarda. ¿Cómo se llama?

—Pedro Sinigual.

—No le conozco.

—Ni nosotras.

—Abre el registro de los dones y mira si está ese nombre entre los dotados con el don de poesía.

—No está —dijo un hada después de hojear una magnolia—, no tiene licencia para hacer versos.

—Comprendido; es algún infeliz que después de invocar a las musas inútilmente y de darse al diablo, que no le haría caso, recurre a nosotras para que le demos título y derechos de poeta.

—¡Ja, ja ja!

—¿Puede hablar un pájaro? —dijo con humildad la gorriona.


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Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Carta de un Ladrón

José Fernández Bremón


Cuento


He recibido por el correo una carta extraña firmada por Un ladrón. Suprimo de ella los cumplimientos, el preámbulo, y las palabras ociosas. Se queja de que su clase no tenga periódico, ni club, ni medios de manifestar sus aspiraciones, y me elige como intermediario para dar publicidad a sus ideas, por constarle que no tengo quejas ni miedo de los ladrones.

«Usted sólo posee algunos libros, y no quitamos eso, dejándolo para que lo roben las personas honradas. Crea usted —escribe el ladrón— que no robamos ideas, inéditas ni impresas. Siempre hemos respetado la guardilla del escritor: éste sólo tiene en vida y en muerte dos enemigos: los bibliófilos y los ratones. ¿Qué inconveniente puede usted tener en prestarnos el servicio que reclamo?».

Justificada mi neutralidad e intervención, trascribo la carta sin comentarios.


La justicia nos persigue, y hoy que todos hablan, sólo a nosotros se nos niega la palabra: todo se defiende menos el robo, con el nimio pretexto de estar penado por la ley. ¿Acaso lo estuvo y lo estará siempre? Somos ilegales, es verdad, pero aspiramos a no serlo. ¿Cómo podremos ocupar algún día el Gobierno y practicar nuestros ideales, si no se nos facilitan los medios para ello?


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Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

La Primera Peseta

José Fernández Bremón


Cuento


No dar dinero a los chicos era en mi familia sistema rigoroso. Mi primera peseta la gané privándome del chocolate matutino que aborrecía a causa de un atracón que me puso a la muerte a los nueve años de edad, en un asalto a la despensa. Tenía entonces diez años, y en combinación con la cocinera, me procuré una renta diaria de dos cuartos por lo que ella dejaba de comprar, y yo sustituía, con ventaja para mi gusto, el desayuno oficial, tostando mi panecillo francés con sal y aceite. Con aquella renta mi posición se hizo desahogada: podía comprar aleluyas, peones, pelotas y convidar a merengue a algún amigo, aunque jamás logré reunir una peseta: mi capital estaba siempre en calderilla.

Tuve un día ambición, aspiraciones: la lotería primitiva saliendo todos los lunes brindaba con la suerte al que dispusiera de nueve cuartos, precio de la cédula más barata, y permitía elegir números a voluntad desde diez cuartos en adelante y esto hice.

Qué emoción el lunes al oír pregonar a los chiquillos «¡Los hijos de la lotería a ochavo!». Y qué alegrón al saber que había acertado un ambo que me valió catorce reales. Había enriquecido de repente.

Desde entonces he jugado a la lotería muchas veces, pero aquel primer premio ha sido el último, a pesar de haber contribuido al ensayo de la lotería de irradiación en que alguien sospechó si tendría una infalible martingala.


Madrid, 13 de marzo de 1903


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Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

En San Isidro

José Fernández Bremón


Cuento


Si san Isidro hubiese sido contemporáneo nuestro, la Sociedad Económica matritense le hubiera dado un premio a la virtud, de tres mil reales, creyendo cumplidos todos los deberes del mundo hacia aquel hombre modesto. ¿Somos mejores o peores que en tiempo de san Isidro? Los enemigos de los siglos pasados sostienen que había menos virtud entonces, toda vez que se la recompensaba elevando a un labrador a los altares: no se fijan en que la santidad es algo más de lo que entiended por virtud. Si hoy hubiera santos e hicieran milagros, los creeríamos buenos prestidigitadores y nada más. Esto no evita que nos hallemos dispuestos a creer en el prestidigitador que se anuncia con el pomposo nombre de magnetizador, o en ciertos fenómenos espiritistas.

—Es indudable que aquí hay algo extraordinario —dicen los más incrédulos, cuando ven a la sonámbula adivinar el pensamiento de un espectador.

Yo creo en los milagros y en lo maravilloso: el equilibrio de los mundos, nuestra existencia, nuestra muerte, todo tiene por base un punto nebuloso e inexplicable, al que en vano queremos volver la espalda para no llenar de tinieblas nuestro entendimiento. El empleado que despacha un expediente de roturaciones y deslindes; el comerciante que suma su libro mayor; el político que combina un ayuntamiento, sienten de pronto un aviso misterioso en forma de frialdad extraña, de temblor nervioso o de paralización de la sangre, que advierte ser indispensable dejar aquellas ocupaciones por otra en que no pensaba.

Es la muerte que antes de herirle le da unos golpecitos en el hombro.

Y por aquella imaginación despreocupada pasa una sombra formidable. La eternidad. No hay duda: el mando de lo sobrenatural, de lo incomprensible y de lo absurdo va a abrir sus puertas de par en par.

¿Por qué no hemos de creer en los milagros?


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Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Romance del Astrólogo

José Fernández Bremón


Cuento


El crimen se cometió en un buhardillón de la calle de Toledo en 1680; pero no constan los nombres de los reos en el catálogo de ajusticiados, que sigue a la interesante Memoria histórica de la Real Archicofradía de la Caridad y Paz, escrita por don Mariano de la Loma y Noriega, por empezar la lista el 29 de agosto de 1687. El asesinado fue un infeliz astrólogo, y el primer sentenciado con motivo de aquel crimen un tal Tiburcio, rico tabernero de la calle de Toledo, que fue ahorcado en el sitio de costumbre, es decir, en la plaza Mayor, y encubado después, porque resultó que el astrólogo había sido clérigo. El castigo del encubamiento consistía en depositar el cuerpo en un tonel y arrojarlo al Manzanares; pero los Hermanos de la Caridad y los de la Paz, cofradías distintas en aquel tiempo, tenían cuerdas prevenidas, extraían del agua el tonel, depositaban el cadáver en un ataúd y lo llevaban a enterrar a la parroquia de San Ginés si era reo de horca, o a la de San Miguel, en la plazuela de este nombre, si era reo de garrote. Los vendedores de la plazuela de San Miguel no saben acaso que despachan sus mercancías cerca de un antiguo cementerio de ajusticiados, ni las devotas que atraviesan el atrio de San Ginés sospechan que pisan las tumbas de los ahorcados en los siglos anteriores y principios de este siglo.

I

Roque el carnicero, en la taberna de Tiburcio, el mismo día en que éste había sido ajusticiado, procuraba consolar a la viuda.


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Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Diablo Submarino

José Fernández Bremón


Cuento


Plencia es un pueblecito situado a corta distancia de Bilbao: su playa de arena está limitada por dos muros de roca a derecha e izquierda que forman un boquete por cuyo fondo se ve cruzar a lo lejos algún buque: la playa tiene tan poquísimo calado, que cuando baja la marea el agua se aleja y habría que ir en busca del mar para llegar a su orilla: nunca vi una barca en aquel puerto seco, a donde llega el Cantábrico como una delgada lengua de agua que lame la arena endureciéndola. Plencia tiene vistas al mar, pero no tiene puerto.

En aquella playa tomé baños de agua y arena hace ya muchos años: allí conocí a un marinero retirado, hombre de unos cincuenta años de edad, a quien los médicos habían enviado, no a tomar las aguas, sino el aire salitroso de mar: llamábase Tiburcio.

—¿No se baña usted? —le pregunté una tarde por entablar conversación con aquel hombre, a quien encontraba siempre cerca de la única casilla en forma de garita de centinela que había entonces en aquella playa.

—No, señor —respondió gravemente—, me he bañado tantas veces sin gana, que he perdido hasta las ganas de lavarme. Los médicos me han recetado aire y vengo a respirar; y crea usted que no todos conocen el valor de esta medicina como yo.

—¿Siente usted alivio al respirar?

—He contenido tantas veces el aliento, que aprendí a saber lo que vale una buena bocanada de aire puro.

—No le entiendo a usted.

—He sido buzo. Y créalo usted: no hay trago de vino ni aguardiente tan sabroso como un sorbo de viento, después de haber estado uno sumergido bajo el agua.

—Mal sitio ha elegido usted para bucear, aquí donde es preciso hacer un viaje mar adentro para encontrar fondo.


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Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Sabio Piquirrí

José Fernández Bremón


Cuento


(Continuación)


Y escribo continuación, porque lo va a ser este cuento, de una anécdota muy conocida; la siguiente:

Enseñaba su padre a un pollo de gorrión el arte de vivir, y le decía:

—Cuando veas que un muchacho se inclina para tomar una piedra, huye, que es para tirártela.

Y replicó el polluelo:

—Padre, ¿y si el muchacho lleva la piedra en el bolsillo?

—Anda, hijo, y vive por tu cuenta —contestó el gorrión padre—, que quien hace esa observación no necesita lecciones de vivir.

Concluyen algunos sus cuentos firmando un chascarrillo ajeno; empiezo el mío con una anécdota que no sé de quién es, pero no me la atribuyo.

I

He averiguado el nombre de aquel gorrioncillo: se llamaba Piquirrí, y fue uno de los doctores más famosos del claustro madrileño que celebra sus juntas en los tejados de la Universidad Central. Expongan otros el plan de estudios de esos pájaros, que es siempre el mismo, porque se hizo bien desde el principio y no hay necesidad de variarlo: sólo diré que el profesor explica e interroga a sus discípulos, y es preguntado por ellos a capricho; hay exámenes de fin de curso, pero empiezan por examinar los alumnos al maestro: pocos resisten a la prueba. La facultad más apreciada es la de Experiencia, por ser la más aplicable a la vida y la que más falta a los jóvenes.

II

El sabio Piquirrí acabó así su lección, haciendo cátedra del caballete de un tejado:

—Toda precaución es poca con el hombre; comparado con él, es inofensivo el gato, y el milano es un pardillo. A ver, señor Plumillas, ¿qué haría usted para precaverse de una pedrea?

—Irme a otro barrio.

—¿Y usted, pájaro Pinto, qué método seguiría para picotear los cañamones de una jaula?

—Vería si estaban cerradas las vidrieras del balcón.

—¿Nada más?

—Y si lo estaban las maderas.


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Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Un Dios de Sombrero de Copa

José Fernández Bremón


Cuento


I

Los amigos de don Teótimo Gravedo llenaban los salones de su espléndida morada, atraídos por esta singular invitación:


D. T... G... pronunciará un sermón muy corto en la noche del próximo domingo, y después dará un té religioso a sus amigos. Tendrá la mayor satisfacción si se digna Vd. honrar su casa aquella noche.


Era don Teótimo hombre ceremonioso y circunspecto, de cara larga, nariz larga y patillas aún más largas que la cara y la nariz: su estatura era tan alta, que los pantalones mejor medidos le resultaban siempre cortos: sentado, parecía estar de pie, y de pie parecía andar en zancos. Cuando los convidados estuvieron reunidos dijo extendiendo sus brazos por encima de toda la reunión:

—Señores: Todos habéis notado que la fe desparece y lo habréis observado con dolor, porque me consta que todos sois deístas. Los cultos antiguos están en oposición con las ideas nuevas: son religiones para las mujeres y los niños. Acaso os decidiríais, para restaurar el sentimiento religioso, a practicar cualquiera de los ritos conocidos, pero sois gentes ocupadas; mientras se oye una misa se puede hacer un préstamo al Gobierno. Lejos de nosotros ahuyentar del mundo la idea de Dios, sombra benéfica, que da resignación al pobre y protege nuestras arcas. Dios nos ha hecho grandes servicios cuando era poderoso entre los hombres: no podemos abandonarle en la desgracia.


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9 págs. / 15 minutos / 20 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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