(Continuación)
Y escribo continuación, porque lo va a ser este cuento, de una anécdota muy conocida; la siguiente:
Enseñaba su padre a un pollo de gorrión el arte de vivir, y le decía:
—Cuando veas que un muchacho se inclina para tomar una piedra, huye, que es para tirártela.
Y replicó el polluelo:
—Padre, ¿y si el muchacho lleva la piedra en el bolsillo?
—Anda, hijo, y vive por tu cuenta —contestó el gorrión padre—, que quien hace esa observación no necesita lecciones de vivir.
Concluyen algunos sus cuentos firmando un chascarrillo ajeno; empiezo
el mío con una anécdota que no sé de quién es, pero no me la atribuyo.
I
He averiguado el nombre de aquel gorrioncillo: se llamaba Piquirrí, y
fue uno de los doctores más famosos del claustro madrileño que celebra
sus juntas en los tejados de la Universidad Central. Expongan otros el
plan de estudios de esos pájaros, que es siempre el mismo, porque se
hizo bien desde el principio y no hay necesidad de variarlo: sólo diré
que el profesor explica e interroga a sus discípulos, y es preguntado
por ellos a capricho; hay exámenes de fin de curso, pero empiezan por
examinar los alumnos al maestro: pocos resisten a la prueba. La facultad
más apreciada es la de Experiencia, por ser la más aplicable a la vida y la que más falta a los jóvenes.
II
El sabio Piquirrí acabó así su lección, haciendo cátedra del caballete de un tejado:
—Toda precaución es poca con el hombre; comparado con él, es
inofensivo el gato, y el milano es un pardillo. A ver, señor Plumillas,
¿qué haría usted para precaverse de una pedrea?
—Irme a otro barrio.
—¿Y usted, pájaro Pinto, qué método seguiría para picotear los cañamones de una jaula?
—Vería si estaban cerradas las vidrieras del balcón.
—¿Nada más?
—Y si lo estaban las maderas.
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