Textos más populares este mes de José Fernández Bremón disponibles | pág. 9

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autor: José Fernández Bremón textos disponibles


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Registro de Conquistas

José Fernández Bremón


Cuento


(Hace pocos días recogí en la acera de los nones de la calle de Alcalá un pliego de papel: parece ser la última parte de un libro de memorias, en que un seductor apunta sus conquistas; el libro, con esa pérdida, debe estar descabalado, y como no hay en él indicios de quién sea su dueño, y por otra parte, no es fácil que éste se declare autor de esas conquistas, no veo otra manera de restitución que publicar esos apuntes, para que pueda el seductor completar su registro pegando este artículo en las páginas que faltan, y añadiendo los apellidos que omito por respeto).


Núm. 257. Petra... Morena pálida: ojos azules, cabos negros: pecho alto, estatura regular, viuda tres veces. La conquisté en las Calatravas, robándole el pañuelo de encaje en una apretura y entregándoselo a la puerta de la iglesia, como rescatado de las manos de un ratero. Es mujer ordenada y se resiste quince días. Peligrosa porque desea casarse por cuarta vez y se enriquece con los despojos de los muertos. Cedida a un compañero a cambio del

Núm. 258. Lágrimas de... Tiene horror a lo desconocido y una inclinación involuntaria a los amigos de su amigo. Mi resistencia fue heroica y sucumbí por evitar mayores males. Alta y delgada; elegantísima. Gasté en obsequiarla quince duros y diez céntimos. Da gazpachos los viernes. Pregunta la historia de todo el que saluda a quien la acompaña. Ha recorrido medio mundo y hace redondillas libres. Una noche, al salir del teatro, tomó el brazo de un amigo mío, y no lo ha soltado todavía.


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2 págs. / 4 minutos / 20 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Amar Volando

José Fernández Bremón


Cuento, fábula


—¿Dónde dejaste aquel que te requebraba hace un momento? —dijo la oruga a la mosca.

—¿Quién?, ¿mi marido?

—¿Pues no eras soltera hace un rato?

—Es verdad; pero me he casado y soy libre otra vez.

—Luego ¿no le querías?

—Le he querido mucho; pero todo acaba tan pronto..., ya soy viuda.

—¿Ha muerto él?

—Entre nosotros el matrimonio es un abrazo; nuestra luna de miel pasa en un vuelo, y separarse un momento es enviudar. Si le veo esta tarde quizás no le conozca.

Hay muchas personas que aman de ese modo. ¿No es cierto, Magdalena?


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1 pág. / 1 minuto / 44 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Juguetes Prehistóricos

José Fernández Bremón


Cuento, fábula


Cuando el Señor creó la Tierra de la nada y sacó de la tierra todos los vivientes, el planeta estaba inmóvil en el espacio, y en aquel mundo tranquilo los hombres y los animales morían de vejez.

Satanás estaba furioso con aquel sosiego, y convocó a sus espíritus para que aquello terminara.

—¡Satanás! —le dijo el ángel Gabriel—; todo lo que intentes para destruir la Tierra se convertirá en un juego de muchachos.

El Ángel Caído, en su soberbia, no hizo caso del consejo y dijo a los diablos:

—Es preciso que destruyamos ese planeta; proponed medios.

—Sabed lo que dolería más en los cielos, que destruyeran la Tierra sus propias criaturas —dijo un demonio colorado.

—Es verdad; pero ¿quién de ellas será capaz de matar a su madre?

—¿No has reparado en una que se arrastra por los suelos?

—Es verdad: propongamos el asesinato a la culebra.

—¿Qué le ofreceremos?

—Aquello de que carezca.

Satanás voló a la Tierra, dio un silbido, y todas las culebras del mundo salieron de sus antros arrastrándose y eschucharon al demonio.

—¿Queréis tener piernas como los hombres o como los cuadrúpedos?

—¡Sí, sí! —silbaron a un tiempo todos los reptiles—. Queremos andar y no arrastrarnos.

—Pues cójase cada cual a la cola de una amiga, y rodead la Tierra y oprimidla hasta que cruja y se deshaga.

Trescientos millones de culebras, formando una cadena, rodearon a la Tierra dándole siete vueltas y apretándola a la vez con todos sus anillos. La Tierra, que estaba tierna todavía, se retorció de dolor y empezó a llenarse de grietas por las cuales se despeñaron las aguas, y a formar jorobas en las que se refugiaron los vivientes.

Gabriel apareció y dijo a los reptiles:

—No os soltéis y apretad firme.


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1 pág. / 2 minutos / 27 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Hombre Pájaro

José Fernández Bremón


Cuento


Caen ministerios; se elevan sobre sus ruinas otros partidos; suceden catástrofes o se realizan hechos gloriosos; y apenas se entera de ellos don Rufo, que sólo tiene con los hombres el trato indispensable para la vida. Su pasión, su interés y sus aficiones están muy altos. Si le veis cruzar las calles con la cabeza muy erguida, no le creáis orgulloso; es que examina el horizonte: si le encontráis mirando los balcones de las casas, no os figuréis que mira a las muchachas; es que pasa revista a las jaulas colgadas en los balcones: ¡oh!, si tuviera alas para para poder reunirse con los suyos; los suyos, es decir, los seres que le encantan y con quienes viviría eternamente, son los pájaros.

Habla en vez de trinar, porque también hablan las cotorras y los loros; prefiere al canto de un gran tenor el de un jilguero, y cambiaría sus dos brazos por dos alas de aguilucho.

—¿Dónde vive usted? —le preguntamos un día, y respondió humildemente:

—Tengo mi nido en la plaza de Santa Ana.

—¿Su nido?

—Es tan pequeña mi habitación que se puede decir que vivo en una jaula.

Si entra a cortarse el pelo, cuando le pregunta el oficial si le deja el tupé que lleva siempre, contesta con rapidez:

—Sí; no me corte usted la crestecita.

Llama al comedor de su casa el comedero.

Un día le oí decir a su criada:

—Es preciso que cuando yo la llame a usted, venga en un vuelo.

—Pues ni que fuera yo una alondra.

—A ver si cierra usted el pico, porque va usted tomando conmigo muchas alas.

Aunque es susceptible, no se enfada porque le llamen buitre, pavo, ni marica.

Sólo se trata con escritores por ser gente de pluma.

Una sola vez le han oído echar un requiebro, diciendo a un ama de cría:

—¡Vaya una pechuga!


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2 págs. / 4 minutos / 22 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Nacimiento de la Pulga

José Fernández Bremón


Cuento


En los primeros tiempos, cuando toda la materia fue poco a poco condensándose y tomando forma, dijo Dios al Genio de la Tierra:

—Ha llegado el momento de poblar de vivientes tu planeta: convoca a los espíritus creados para habitarla y que elijan cuerpo y manera de vivir a su gusto. Y hágase.

El Genio bajó a la Tierra para obedecer sin discutir; pero muy desconsolado, y pensando que aquel decreto iba a arruinar el planeta que se le había confiado, decía con tristeza:

—¿Habré cometido alguna falta en la distribución de montañas y llanuras, climas y paisajes, y curso y reglamento de las aguas? ¿Estarán mal calculados los movimientos de la atmósfera? ¿Parecerán mezquinos los árboles que yo creía tan gallardos, y las variedades que imaginaba tan complicadas e ingeniosas de los minerales y las plantas? Bajo el temor de haber desagradado, ahora me parece ruda y bárbara mi obra. ¡Qué pálidos, escasos y pobres son los colores que ha combinado con las vibraciones de la luz, y qué mal dispuestas me parecen las leyes del sonido, de la gravedad y del calor! Los contornos de las montañas y la forma de los continentes no tienen armonía y son extravagantes.

Y un pensamiento aún más terrible le hizo afligirse hasta el extremo.

—¿Habré revelado por torpeza el gran secreto del crear, que se me ordenó poner de manifiesto claramente, pero de modo que resultase oculto por su misma claridad? Grave ha sido mi error cuando se me manda entregar la Tierra a esos espíritus inquietos e innumerables, para que la estropeen con sus malos instintos, brutalidad, torpeza, orgullo y condiciones destructoras y malignas. Es verdad que no todos son malos, y los hay inofensivos y agradables... ¿Qué resultará?


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2 págs. / 4 minutos / 17 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La Cadena y el Bozal

José Fernández Bremón


Cuento


Una de estas noches, los ratones más viejos de la Biblioteca Nacional, es decir, los ratones más sabios de España, disputaban en el despacho del señor Tamayo para explicar un hecho anómalo, que preocupaba al numeroso pueblo ratonil que se desarrolla en aquel destartalado edificio. El caso era el siguiente: varios ratoncillos habían visto en la portería superior un perro encadenado y con un aparato metálico en la boca, y que iba conducido por un hombre.

Cuando habló el concienzudo Fo, callaron todos los ratones: los unos para saborear, los otros para roer su discurso.

—El perro —dijo Fo— es el amigo del hombre: la cadena, instrumento de esclavitud: hierro que oprime la boca no puede ser sino mordaza: he oído quejarse a un redactor en la sala de periódicos de que trataban de amordazar a la prensa. Y siendo incompatibles la amistad entre el perro y el hombre y las cadenas y mordazas, deduzco de todos los datos expuestos, que ése debe ser un perro condenado a presidio por delito de imprenta.

—Con permiso del respetable Fo —dijo un ratón llamado Fa—. Los periodistas hablan de mordaza en sentido figurado: si su señoría leyese periódicos en vez de roer sus márgenes, hallaría en ellos la explicación del caso. Ese perro lleva bozal y cadena en cumplimiento de un bando del alcalde...

No pudo concluir, porque le interrumpieron los murmullos: su explicación resultaba incomprensible.

—¿Para qué le pondrían ese bozal? —dijo el agudo Fi.

—Para que no muerda.

—¡Absurdo! Si los hombres fueran tan precavidos, atarían las manos a los lectores de la Biblioteca para que no arrancasen las estampas a los libros.

—¡Que hable Fe! ¡Que hable Fe!


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1 pág. / 2 minutos / 16 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Paraíso de los Animales

José Fernández Bremón


Cuento


I

—Todas las criaturas reciben impresiones de lo sobrenatural, más o menos empequeñecidas, según su sensibilidad y facultades. Hasta las ostras que rociamos de limón tienen su ideal, su aspiración, o si quiere usted su Paraíso. Cuando yo era chinche, me paseaba en sueños sobre la inmensa espalda de un gigante dormido, y le sacaba a caños la sangre con una trompa de elefante.

—¿Dice usted que ha sido chinche? —exclamé, mirando a don Heliodoro con lástima y recelo.

—Y he sido cabra, pájaro y lagarto... No cavile usted. Los antiguos encantadores tenían el poder de transformar en animales a las personas; la ciencia humana había perdido aquel secreto y hoy lo ha recobrado y nos puede embrutecer de un modo científico.

Yo callaba y seguía mirando a mi amigo con asombro: éste lo notó.


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4 págs. / 8 minutos / 30 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Mojiganga

José Fernández Bremón


Cuento


I

—Madre Zanca —dijo una muchacha rubia que representaba quince años—, es una pobre la que llama, y quiere que le digáis la buena ventura de limosna.

—Respóndele que no se la he querido decir a un caballero con guantes de ámbar, plumas en el sombrero y muchos doblones en el cinto. Hoy no trabajo.

—Dice que lo hagáis por caridad.

—Dale con el plumero.

—¿Con el mango?

—No: con la pluma, así se espanta a las moscas.

La muchacha volvió a salir, y se oyó a lo lejos el claro timbre de su voz, mezclada con otra algo cascada.

—¡Blanca! Basta de conversación y cierra la cancela —gritó con su voz hombruna la tía Zancadilla.

—Es que os ha echado una maldición esa pícara gitana.

—Pues no se la devuelvo, porque hace tiempo que no maldigo gratis.

Y se asomó al cierre de cristales para verla, pero la distrajo de su idea la vista de un jinete muy galán que entraba por la estrecha callejuela.

—¡Blanca! ¡Guiomar! ¡Inés! ¡Estrella! Niñas, aquí todas, que don Luis viene a caballo —gritó la madre Zanca.

Don Luis plantó el caballo ante el balcón, donde se habían apiñado con la vieja seis mocitas liadas como amorcillos; pero, en vez de apearse, dijo con mal humor:

—No me aguardéis: salgo en este momento de Toledo, de orden de mi tío el corregidor, con una escolta que he de alcanzar en diez minutos.

—¿Ocurre algo?

—Se sabe que la reina está de parto y no hay avisos de Madrid: voy a reconocer el camino, por si lo han interceptado los bandidos. Ni una palabra más. Adiós, Estrella: tú eres mi lucero: Guiomar del alma: Blanca mía, compadecedme y bebed a mi salud. ¡Ah! Nadie sepa que he venido.

Salió el caballo al trote, las niñas agitaron los pañuelos, retirándose contrariadas, mientras que un viejo corchete, que había escuchado la conversación, oculto en un zaguán, murmuraba para sí:


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5 págs. / 9 minutos / 26 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Romance del Astrólogo

José Fernández Bremón


Cuento


El crimen se cometió en un buhardillón de la calle de Toledo en 1680; pero no constan los nombres de los reos en el catálogo de ajusticiados, que sigue a la interesante Memoria histórica de la Real Archicofradía de la Caridad y Paz, escrita por don Mariano de la Loma y Noriega, por empezar la lista el 29 de agosto de 1687. El asesinado fue un infeliz astrólogo, y el primer sentenciado con motivo de aquel crimen un tal Tiburcio, rico tabernero de la calle de Toledo, que fue ahorcado en el sitio de costumbre, es decir, en la plaza Mayor, y encubado después, porque resultó que el astrólogo había sido clérigo. El castigo del encubamiento consistía en depositar el cuerpo en un tonel y arrojarlo al Manzanares; pero los Hermanos de la Caridad y los de la Paz, cofradías distintas en aquel tiempo, tenían cuerdas prevenidas, extraían del agua el tonel, depositaban el cadáver en un ataúd y lo llevaban a enterrar a la parroquia de San Ginés si era reo de horca, o a la de San Miguel, en la plazuela de este nombre, si era reo de garrote. Los vendedores de la plazuela de San Miguel no saben acaso que despachan sus mercancías cerca de un antiguo cementerio de ajusticiados, ni las devotas que atraviesan el atrio de San Ginés sospechan que pisan las tumbas de los ahorcados en los siglos anteriores y principios de este siglo.

I

Roque el carnicero, en la taberna de Tiburcio, el mismo día en que éste había sido ajusticiado, procuraba consolar a la viuda.


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6 págs. / 10 minutos / 22 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La Buena Dicha

José Fernández Bremón


Cuento


I

—¡Vamos! —decía el sacristán de las Descalzas Reales a los pobres que pedían a la puerta—, que voy a cerrar. Idos enfrente, a San Martín; es la hora de la sopa. Hoy ha sido buen día, ¿no es verdad? Ha repartido entre vosotros un real de a ocho la dama de los chapines con virillas de oro.

—¡A la sopa! —dijo un lego benito saliendo de la iglesia de las Descalzas—. Ya van a repartirla en mi convento.

Los pobres atravesaron corriendo la plazuela, parándose en la puerta de San Martín mientras el sacristán decía al lego:

—Qué bien huele vuestra ropa, hermano.

—Ya lo creo; desde que entró en Madrid la peste, sólo me lavo con agua de rosa y hojas de violeta, y nunca abandono este saquito lleno de sándalo y azafrán, almizcle y estoraque. Pero ya di los escapularios de parte de mi abad a sus hijas de confesión, sor María de Austria y sor Margarita de la Cruz, la hija y nieta de Carlos V. Qué monjas: la una ha sido emperatriz, la otra no ha querido ser reina de España, casándose con su tío don Felipe II, que Dios nos conserve; es verdad que el rey está algo estropeado...

—Escondeos, que vuestro abad sale de San Martín, no os vea aquí hablando.


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Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 18 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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