I
La cerería de Pascual López era en 1763 una de las más acreditadas de
Madrid: un portal grande conducía de frente al obrador, lleno de
operarios de ambos sexos; maestras y oficialas doblaban, torcían los
hilos y hacían las presillas de las mechas, que algunos aprendices
untaban de cera para endurecerlas, colgándolas después en mazos o
alrededor de los arillos; más allá, la cera, hirviendo en ollas de cobre
para purificarse, caía en los braseros, y los oficiales, sacando el
líquido en cazos puntiagudos, lo vertían a lo largo de las mechas,
dándoles a pulso el peso y forma de velas, cirios o hachas; otros
aprendices, descolgando esa obra aún imperfecta, la arropaban en camas
hechas con sábanas y mantas, llevándola después a los tableros, en donde
otros operarios la moldeaban, bruñían y acababan.
La tienda, al lado izquierdo del portal, comunicaba con el taller por
una puertecilla, y no tenía más adornos que un ancho mostrador, cajones
rotulados y una severa fila de hachas colgadas de escarpias en el
fondo. Detrás del mostrador Juanita la cerera enseñaba al sonreír sus
dientes blancos y los hoyuelos de sus mejillas sonrosadas, y revolvía su
esbelto cuerpecito con los movimientos más estudiados y graciosos.
Pascual López, su marido, la miraba de reojo, pálido como sus hachas y
muy intranquilo cuando el comprador tenía trazas de galán.
—¡Una cruz para difuntos! —dijo una moza lugareña.
—¿Blanca o amarilla? —respondió la cerera.
—No me han dicho más.
—¿Era el muerto soltero, casado o viudo?
—Es mi señora: la madre de mi amo.
—Entonces le pondrán una cruz amarilla, pero si la quieren de soltera se cambiará por una blanca.
Y Juanita entregó a la moza una de esas cruces de cera que en aquel tiempo se colocaban en las manos de los muertos.
Los parroquianos entraban y salían, oyéndose estas o parecidas frases:
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