Textos más populares este mes de José Fernández Bremón | pág. 6

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autor: José Fernández Bremón


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El Cirio Pascual

José Fernández Bremón


Cuento


I

La cerería de Pascual López era en 1763 una de las más acreditadas de Madrid: un portal grande conducía de frente al obrador, lleno de operarios de ambos sexos; maestras y oficialas doblaban, torcían los hilos y hacían las presillas de las mechas, que algunos aprendices untaban de cera para endurecerlas, colgándolas después en mazos o alrededor de los arillos; más allá, la cera, hirviendo en ollas de cobre para purificarse, caía en los braseros, y los oficiales, sacando el líquido en cazos puntiagudos, lo vertían a lo largo de las mechas, dándoles a pulso el peso y forma de velas, cirios o hachas; otros aprendices, descolgando esa obra aún imperfecta, la arropaban en camas hechas con sábanas y mantas, llevándola después a los tableros, en donde otros operarios la moldeaban, bruñían y acababan.

La tienda, al lado izquierdo del portal, comunicaba con el taller por una puertecilla, y no tenía más adornos que un ancho mostrador, cajones rotulados y una severa fila de hachas colgadas de escarpias en el fondo. Detrás del mostrador Juanita la cerera enseñaba al sonreír sus dientes blancos y los hoyuelos de sus mejillas sonrosadas, y revolvía su esbelto cuerpecito con los movimientos más estudiados y graciosos. Pascual López, su marido, la miraba de reojo, pálido como sus hachas y muy intranquilo cuando el comprador tenía trazas de galán.

—¡Una cruz para difuntos! —dijo una moza lugareña.

—¿Blanca o amarilla? —respondió la cerera.

—No me han dicho más.

—¿Era el muerto soltero, casado o viudo?

—Es mi señora: la madre de mi amo.

—Entonces le pondrán una cruz amarilla, pero si la quieren de soltera se cambiará por una blanca.

Y Juanita entregó a la moza una de esas cruces de cera que en aquel tiempo se colocaban en las manos de los muertos.

Los parroquianos entraban y salían, oyéndose estas o parecidas frases:


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Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

El Dios de las Batallas

José Fernández Bremón


Cuento


Ello era que algo habíamos de adorar, después de derribado el culto católico o de estar por lo menos arrinconado en ciertas conciencias retrógradas o en el oratorio de algunas viejas tenazmente devotas. La elección de dioses ofrecía muchas dificultades: unos opinaban que se adoptase la religión de Zoroastro, pero rechazaron el culto del fuego todas las compañías de seguros contra incendios. El buey Apis ofrecía la ventaja, para un año de hambre, de poder aparecerse en forma de roast beef a sus devotos; pero tenía el inconveniente esta divinidad de verse expuesta a la mayor de las irreverencias si alguna vez encontrase a la traílla de la plaza. Recordando que los pueblos habían doblado la rodilla ante ciertos vegetales, un cocinero francés propuso el culto de la trufa: su voz fue ahogada por los partidarios del tomate y la cebolla. Un tribuno desgreñado, amenazando al cielo con los puños, aseguró que el hombre debía adorarse a sí mismo: su teoría mereció la reprobación de las mujeres. En fin, buscando dioses nuevos, sucedió lo que sucede con las formas de los trajes y las formas de gobierno: volviose la vista al pasado y decidieron los hombres elegir tres divinidades en el Olimpo, dejando a la libertad individual la creación de los dioses menores y los héroes. He aquí los númenes que obtuvieron mayoría.

Marte: fue votado por todos los hombres, exceptuando los miembros del Congreso de la paz y algunos generales.

Venus: sólo tuvo una leve oposición por parte de las feas.


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5 págs. / 9 minutos / 27 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Un Dios de Sombrero de Copa

José Fernández Bremón


Cuento


I

Los amigos de don Teótimo Gravedo llenaban los salones de su espléndida morada, atraídos por esta singular invitación:


D. T... G... pronunciará un sermón muy corto en la noche del próximo domingo, y después dará un té religioso a sus amigos. Tendrá la mayor satisfacción si se digna Vd. honrar su casa aquella noche.


Era don Teótimo hombre ceremonioso y circunspecto, de cara larga, nariz larga y patillas aún más largas que la cara y la nariz: su estatura era tan alta, que los pantalones mejor medidos le resultaban siempre cortos: sentado, parecía estar de pie, y de pie parecía andar en zancos. Cuando los convidados estuvieron reunidos dijo extendiendo sus brazos por encima de toda la reunión:

—Señores: Todos habéis notado que la fe desparece y lo habréis observado con dolor, porque me consta que todos sois deístas. Los cultos antiguos están en oposición con las ideas nuevas: son religiones para las mujeres y los niños. Acaso os decidiríais, para restaurar el sentimiento religioso, a practicar cualquiera de los ritos conocidos, pero sois gentes ocupadas; mientras se oye una misa se puede hacer un préstamo al Gobierno. Lejos de nosotros ahuyentar del mundo la idea de Dios, sombra benéfica, que da resignación al pobre y protege nuestras arcas. Dios nos ha hecho grandes servicios cuando era poderoso entre los hombres: no podemos abandonarle en la desgracia.


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Dominio público
9 págs. / 15 minutos / 20 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Las Pantorrillas

José Fernández Bremón


Cuento


Él. —Vengo indignado de Biarritz. Sabe usted que no soy hombre a la moda, sino que fui por mis negocios. ¿Y cómo dirá usted que han dado en vestir allí los elegantes? Pues una boina en la cabeza, americana abierta sin chaleco, camisa de color, pantalón corto, zapato de campo y medias negras para lucir la pantorrilla. ¿Le parece a usted traje varonil?

Yo. —¿Y qué encuentra usted de afeminado en ese modo de vestir?

Él. —¿Es propio de hombre llevar las piernas al aire?

Yo. —De quien no es propio es de señoras: sólo suelen hacer en favor nuestro una excepción las bailarinas y el coro de señoras cuando el autor lo exige.

Él. —El hombre no debe hacer gala de sus piernas, que pertenecen al dominio privado: hace tres cuartos de siglo que la pantorrilla quedó envuelta en una funda, y hay exceso y atrevimiento en lucirla descaradamente.

Yo. —Niego todo lo dicho: es cierto que el pantalón largo desfiguró nuestras extremidades, deformando la base natural del cuerpo, y aprisionó nuestra pantorrilla aunque no había cometido ningún delito. Pero siempre hubo una protesta formidable contra esa injusticia: los funcionarios de Palacio y la Guardia Civil en traje de gala, el clero, los maragatos, los toreros y el fornido aragonés lucieron libremente sus robustas pantorrillas. ¿Cree usted que un montañés de Huesca resulta afeminado por enseñar la media azul que envuelve su pierna poderosa?

Él. —No todos tienen esas pantorrillas presentables.

Yo. —Hablara usted claro de una vez. Luego el pantalón largo es una coquetería para disimular un defecto muy frecuente y para engañar al público. Usted tiene algo que ocultar.

Él. —No personalicemos. Las pantorrillas del hombre de este siglo son sagradas.


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1 pág. / 3 minutos / 18 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Las Lágrimas de Momo

José Fernández Bremón


Cuento


Júpiter se aburría en el cielo desde que no bajaba a la tierra por no dar celos a Juno. En vano procuraba Momo divertirle haciendo muecas y extravagantes contorsiones: el dios de la risa, humillado y entristecido, hizo pedazos el aro de cascabeles, y se retiró a una apartada viña de los Campos Elíseos, donde se pasaba las horas muertas comiendo pámpanos y echando lagrimones.

Entristeciose el Empíreo con la ausencia del payaso de los dioses. La misma Noche, que antes tenía la apariencia de una viuda enlutada, quedó más lúgubre y más triste, aumentándose las sombras en su rostro. En vano cantaban, bailaban y recitaban versos las nueve Musas para regocijar el Olimpo. Sólo parecían satisfechas de aquella tristeza general la vengativa Némesis, la destructora Parca, las Furias y Medusa, que se pasaba a contrapelo las manos por la cabeza para que se agitasen y silbaran sus trenzas de serpientes.

Plutón y Proserpina abreviaban sus visitas para regresar a los Infiernos, que estaban más alegres que el Olimpo: allí al menos los recibía el Cancerbero ladrando de alegría con todas sus bocas. Las Horas daban vuelta a su devanadera bostezando. Venus no llamaba a los amorcillos para que le atusaran su cabello dorado, y en sus mejillas descuidadas nacía espesa barba.

Se llamó a Hércules para que hiciese juegos malabares con estrellas; a Proteo para que, cambiando de formas, divirtiese a los dioses, y a Mercurio para hacer suertes de escamoteo mercantil: la linda Hebe, que alegraba la vista cuando se adelantaba con la copa de néctar en la mano, resbaló por el cielo rompiendo su copa en la cabeza de una harpía que atronó con sus alaridos el Olimpo.


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2 págs. / 4 minutos / 20 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Pendiente de una Cuerda

José Fernández Bremón


Cuento


I

Ricardo Blásez no podía resignarse a vivir en un mundo tan indiferente con el genio. ¿Qué le importaba ser comprendido de tres o cuatro compañeros de clase que aseguraban a sus versos la inmortalidad, si sólo había vendido cuatro ejemplares de sus Nitroglicerinas, colección de poesías amargas, en que renegaba de las mujeres y los hombres? Y no era un soñador: había procurado estudiar experimentalmente la vida, como convenía a un hombre de su época, que sabe la obligación social de todo joven de ideas elevadas: ser moderno. Porque decía, y decía muy bien:

—Si no somos modernos los jóvenes, ¿quién lo será en nuestro tiempo?

»¡Nuestro tiempo! —añadía con desdén—. ¿Acaso lo es la época en que podíamos disfrutar de la vida, si todo nos lo encontramos ocupado? No hay casa que no tenga su dueño, mujer que no tenga marido o amante, destino sin su funcionario correspondiente, carrera que no tenga completo el escalafón, ni utilidad que no esté acaparada. He venido a habitar en una sociedad donde no quepo, a menos que me resigne a llevar espuertas de tierra para que otros se hagan casas. Todo el que llega a los cuarenta años pertenece a otro tiempo, no tiene derecho para influir en el nuestro, y decorosamente debería suicidarse para dejar paso a los que vienen. ¿Por qué se obstinan en vivir, si todo lo que poseen y ocupan son nuestras vacantes naturales? ¡Jamás! Jamás llegará la verdadera edad moderna, mientras sean los viejos árbitros del mundo. Ya lo he dicho en la siguiente


NITROGLICERINA

El mundo está caduco y de su vieja mole
podrido el armazón:
hay que prenderle fuego
y edificarlo luego:
hace falta una nueva creación.

La historia es un cadáver, un sueño lo pasado
que no ha de revivir:
¡abajo ese esqueleto!,
que ya palpita en feto
y empieza a rebullirse el porvenir.


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9 págs. / 17 minutos / 18 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Paraíso de los Animales

José Fernández Bremón


Cuento


I

—Todas las criaturas reciben impresiones de lo sobrenatural, más o menos empequeñecidas, según su sensibilidad y facultades. Hasta las ostras que rociamos de limón tienen su ideal, su aspiración, o si quiere usted su Paraíso. Cuando yo era chinche, me paseaba en sueños sobre la inmensa espalda de un gigante dormido, y le sacaba a caños la sangre con una trompa de elefante.

—¿Dice usted que ha sido chinche? —exclamé, mirando a don Heliodoro con lástima y recelo.

—Y he sido cabra, pájaro y lagarto... No cavile usted. Los antiguos encantadores tenían el poder de transformar en animales a las personas; la ciencia humana había perdido aquel secreto y hoy lo ha recobrado y nos puede embrutecer de un modo científico.

Yo callaba y seguía mirando a mi amigo con asombro: éste lo notó.


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4 págs. / 8 minutos / 30 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Mojiganga

José Fernández Bremón


Cuento


I

—Madre Zanca —dijo una muchacha rubia que representaba quince años—, es una pobre la que llama, y quiere que le digáis la buena ventura de limosna.

—Respóndele que no se la he querido decir a un caballero con guantes de ámbar, plumas en el sombrero y muchos doblones en el cinto. Hoy no trabajo.

—Dice que lo hagáis por caridad.

—Dale con el plumero.

—¿Con el mango?

—No: con la pluma, así se espanta a las moscas.

La muchacha volvió a salir, y se oyó a lo lejos el claro timbre de su voz, mezclada con otra algo cascada.

—¡Blanca! Basta de conversación y cierra la cancela —gritó con su voz hombruna la tía Zancadilla.

—Es que os ha echado una maldición esa pícara gitana.

—Pues no se la devuelvo, porque hace tiempo que no maldigo gratis.

Y se asomó al cierre de cristales para verla, pero la distrajo de su idea la vista de un jinete muy galán que entraba por la estrecha callejuela.

—¡Blanca! ¡Guiomar! ¡Inés! ¡Estrella! Niñas, aquí todas, que don Luis viene a caballo —gritó la madre Zanca.

Don Luis plantó el caballo ante el balcón, donde se habían apiñado con la vieja seis mocitas liadas como amorcillos; pero, en vez de apearse, dijo con mal humor:

—No me aguardéis: salgo en este momento de Toledo, de orden de mi tío el corregidor, con una escolta que he de alcanzar en diez minutos.

—¿Ocurre algo?

—Se sabe que la reina está de parto y no hay avisos de Madrid: voy a reconocer el camino, por si lo han interceptado los bandidos. Ni una palabra más. Adiós, Estrella: tú eres mi lucero: Guiomar del alma: Blanca mía, compadecedme y bebed a mi salud. ¡Ah! Nadie sepa que he venido.

Salió el caballo al trote, las niñas agitaron los pañuelos, retirándose contrariadas, mientras que un viejo corchete, que había escuchado la conversación, oculto en un zaguán, murmuraba para sí:


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5 págs. / 9 minutos / 26 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Hada y el Poeta

José Fernández Bremón


Cuento


I

Un bosque impenetrable de limoneros y naranjos, de magnolias y laureles, rodea el pintoresco lago de las hadas. Los pájaros son su alada servidumbre; los caballitos del diablo patinando sobre el agua llevan y traen recados de una orilla a otra, mientras las hadas se divierten o trabajan, según su inclinación: unas extraen de las flores las esencias que perfuman los harenes, o la miel, las medicinas y venenos; otras, entrelazadas, danzan por el aire, o deshojan flores, para leer en ellas cuentos e historias que los hombres no saben descifrar; otras extienden sus cabellos al sol para teñírselos de rubio, y las más viejas hilan el agua con ruecas y husos diminutos, y hacen esos preciosos encajes que llaman espuma los profanos, y que retiran al instante hacia el fondo aprendices invisibles, para que el aire no los manche ni deshaga, y confeccionen con ellos las huríes los trajes de su eterna luna de miel.

Una gorriona pizpireta, con el pecho cubierto por un delantal blanco, bajó de un vuelo hasta un corro de hadas, y dijo en su lenguaje:

—Hadas y señoras mías; un poeta se encomienda a vuestras gracias, porque desea alcanzar una.

—¿Es musulmán?

—Cristiano madrileño.

—Dile que no estamos en casa. ¿Qué esperas? Veo que te ha sobornado, comilona. ¡Vuela ya! Aguarda. ¿Cómo se llama?

—Pedro Sinigual.

—No le conozco.

—Ni nosotras.

—Abre el registro de los dones y mira si está ese nombre entre los dotados con el don de poesía.

—No está —dijo un hada después de hojear una magnolia—, no tiene licencia para hacer versos.

—Comprendido; es algún infeliz que después de invocar a las musas inútilmente y de darse al diablo, que no le haría caso, recurre a nosotras para que le demos título y derechos de poeta.

—¡Ja, ja ja!

—¿Puede hablar un pájaro? —dijo con humildad la gorriona.


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Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Sacrificio de Venus

José Fernández Bremón


Cuento


Al comenzar el siglo XVII, la calle que hoy se llama en Madrid del Ave María se llamaba calle del Barranco: aún a principios del siglo pasado existía en la de la Esperanza una imagen de Nuestra Señora de ese título, colocada por el venerable siervo de Dios fray Simón de Rojas, y que dio nombre a esa calle. Cuando aquel santo varón vino a Madrid, reinaba ya Felipe III y el lupanar que existía en el Barranco estaba convertido en la callejuela de la Rosa. Los vecinos del Barranco, en unión del virtuoso fundador de la congregación de Esclavos del Dulce Nombre de María, pusieron bajo el patronato de la Virgen aquella calle, para hacerle perder su mala fama, colocando estampas del Ave María en sus puertas, e ingresando en la hermandad, en que era obligatorio a los cofrades decir Ave María setenta y dos veces diarias, y servirse de aquella salutación siempre que se encontraban. El venerable Rojas fue el autor de aquella reforma en las costumbres: todo Madrid, desde el Consejo de Castilla y el Ayuntamiento, hasta el pueblo que derribó las puertas de la Trinidad, para hacer reliquias con los hábitos del padre Rojas, el día de su muerte, le tuvieron por santo: y los vecinos del barrio del Ave María le consagraron una calle, que se llama de San Simón en honor suyo: es decir, le proclamaron santo ciento diez años antes de que Roma le declarase venerable: tuvo gran influencia el ilustre vallisoletano: su consejo pesó mucho en el ánimo de Felipe III para la expulsión de los moriscos, y en el reinado siguiente para impedir la boda de la hermana de Felipe IV con el príncipe de Gales, luego Carlos I, a quien sus vasallos cortaron la cabeza.


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6 págs. / 10 minutos / 19 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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