Marino, como ustedes saben muy bien, significa genéricamente, hombre que
se dedica á la navegación, que profesa la náutica, empleado en la
marina, etc., etc.
Pero «un marino» en Santander, hasta hace muy pocos años, hasta que
llegó á la clásica tierra de los garbanzos ese airecillo que aclimató la
crinolina en Bezana y la cerveza en San Román, significaba otra cosa
más concreta y determinada. «Un marino» significaba, precisamente, un
joven de veinte á treinta años, con patillas á la catalana, tostado de
rostro, cargado de espaldas, de andar tardo y oscilante, como buque
entre dos mares, con chaquetón pardo abotonado, gorra azul con galón de
oro y botón de ancla, corbata de seda negra al desgaire, botas de
agua, mucha greña, y cada puño como una mandarria.
«Un marino» no era capitán, ni contramaestre, ni simplemente marinero;
era, por precisión, tercero, ó examinado de segundo, ó, á lo sumo,
piloto en efectividad.
Cuando estudiaba en el Instituto, no se había embarcado jamás, y, sin
embargo, ya era tostado de color y cargado de hombros, y se balanceaba
al andar…; en fin, ya olía á brea y alquitrán. Cualquiera diría que,
como destinado á la mar, estaba construído de macho de trinquete ó de
piezas de cuaderna, y no de carne y hueso como nosotros.
Entonces se llamaba náutico, y se largaba cada piña que derrengaba.
La clase de filosofía que contaba con un par de estos alumnos que
sacase la cara por ella, ya se creía capaz de hacer frente á la
pandilla de Cuco, el del muelle de las Naos, ó al rebaño de mozos más
aguerridos de Monte.
Correrla entre nosotros, equivalía á pasar las horas de la cátedra
jugando á paso en el Prado de Viñas, ó pescando luciatos en el
Paredón, ó acometiendo alguna empresa inocente en el Alta.
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