I
Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió a
esta ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios y
admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de
Calderón:
—Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han adelantado en menos tiempo.
Y después de hablar así del paisaje, echóse a estudiar el paisanaje,
es decir, la masa popular, en la cual reside siempre, y en todas partes,
el sello típico del país, el verdadero color de localidad: pero tanto y
tanto resabio censurable encontró en él, tanta y tanta inconveniencia
admitida y respetada por el uso; tanto y tanto defecto condenable ante
el más rudimentario código de policía y buen gobierno, que, olvidado de
que semejantes contrastes son moneda corriente aun en las capitales más
importantes de España, exclamó con desaliento:
—¡Qué lástima que las costumbres populares de Santander no hayan sufrido una reforma tan radical como la ciudad misma!
Y el observador, al hablar así, estaba muy lejos de lo cierto; porque
precisamente es más notable el cambio operado aquí en las costumbres
públicas, que el que aquél admiraba tanto en la parte material de la
ciudad.
Considérese, por de pronto, que los vicios de que adolecen
actualmente las costumbres de este pueblo, no sólo han disminuido en
número, con respecto a ayer, sino en intensidad, como
diría un gacetillero hablando de las invasiones de una epidemia que se
acaba; y téngase luego muy en cuenta que en todas las escenas en que hoy
toma parte el llamado pueblo bajo, y en otras muchas más, figuraba
antes en primer término la juventud perteneciente a las clases sociales
más encopetadas.
Y no acoto con muertos, como vulgarmente se dice, pues aún no peinan
canas muchos de los personajes que llevaban la mejor parte en empresas
que más de dos veces degeneraron en trágicas.
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